NO se me quita de la cabeza la fotografía, obtenida el miércoles pasado, en la que siete portavoces parlamentarios, todos menos el del PP, representantes de diez partidos políticos, escenificaban su total rechazo al grupo que preside Mariano Rajoy. Nada más lejano al espíritu de la Transición, cuando, sin exclusiones apriorísticas, pudo hablarse de reconciliación nacional y vocación de convivencia. Esa misma penosa sensación se me reprodujo este último domingo. En una entrevista publicada en «La Vanguardia», el ex presidente de la Generalitat y hoy director espiritual de Convergencia, Jordi Pujol, asegura que «con el PP no se puede pactar porque ha provocado una fractura muy profunda, que no es solamente política, sino moral». ¡Una fractura con CiU y con Cataluña!

En otros tiempos, durante la primera legislatura de José María Aznar, CiU fue un apoyo fundamental del PP, y alguna vez he escrito -medio en serio, medio en broma- que el éxito de esa legislatura se sustentó en el hecho de que Pujol actuara como «jefe de gabinete» del Gobierno aznarí. Ahora el mismo Pujol entiende que pactar con el PP es también «moralmente imposible». ¿Qué es lo que pasa? En principio, la zafiedad parlamentaria de que hacen gala Ángel Acebes y Eduardo Zaplana no parece motivo para tanto enfrentamiento aunque, la verdad, sí justifica una cierta irritación. Además, en rara coincidencia, Mariano Rajoy anuncia el paso de la «crítica a secas» al apunte de «soluciones».

En política la casualidad no existe. El azar, que tiende a sabio, bordea los escenarios políticos para no entrar en ellos. Sabe que incluso él, tan liviano y neutral, podría salir trasquilado en un mundo de principios mutables, ética difusa y en el que las conveniencias de cada momento privan sobre los supuestos de la Historia. El mal llamado «proceso de paz», esa gran confusión de Zapatero entre sus deseos y la realidad, ha sido el punto de mayor fricción y el factor de la máxima distancia entre los dos grandes partidos nacionales; pero ETA se ha manifestado y tres de sus mortales mensajeros han advertido, protegidos por la pasividad de las Fuerzas de Seguridad de dos administraciones del Estado, que la violencia se perpetuará hasta la independencia del País Vasco.

Supongo que todos, desde el PSOE a CiU, serán capaces de explicar con cierto pormenor las razones de un enfrentamiento sañudo que no soy capaz de entender a partir de los datos disponibles; pero, aunque sólo sea por el interés común, bueno sería «por si acaso» -que las elecciones las carga el diablo- que CiU rebajase su irritación con el PP y que, para mejor luchar contra ETA, el PSOE y sus compañeros de rechazo invitaran a Rajoy a una sesión fotográfica sin exclusiones. Ignorar media España, cualquiera de sus dos mitades, es temerario y se termina pagando.