Cuarenta y ocho horas después del posado de tres etarras con capucha, Batasuna, por boca de Joseba Permach, remataba la faena. Fija las condiciones que debe cumplir el Gobierno para desbloquear el “proceso”. Que se lleve el debate a la raíz del problema (autodeterminación y territorialidad). Y que el Estado deje de molestar a la izquierda abertzale y los presos de Eta.

¿Y el Gobierno no pone condiciones? Bueno, de aquella manera, según se quiera interpretar a Zapatero cuando anuncia su voluntad inequívoca de recorrer este camino con “firmeza” en el mantenimiento de su doble exigencia de “legalidad” y “renuncia a la violencia”. Aunque no habla de bloqueo, sino de esperanza en el éxito de un “proceso” que será “largo, duro y difícil”.

Puede que no sea “bloqueo” la palabra justa para definir el llamado proceso de “paz”, o de “solución del conflicto”, según nos pongamos a un lado o al otro de la raya. Después de los últimos incidentes de recorrido y un vistazo a la trastienda de la operación, la palabra es “barullo”. O sus sinónimos alineados de este modo: confusión, bronca, lío, desorden, bochinche, desbarajuste, tumulto, Diagnóstico aplicable a ambos bandos.

El barullo se contagia. Después del numerito de los encapuchados, no acertamos a descifrar la estrategia de Eta-Batasuna. Es normal en ese mundo siniestro donde el reparto de papeles parece sometido a serias turbulencias. Pero la confusión resulta insoportable a este lado de la raya, donde incluso los pesimistas deseamos que el Gobierno acierte en la definitiva pacificación del País Vasco.

Viene esto a cuento de la dispersión de mensajes oficiales tras el jarro de agua fría de Eta sobre la paciencia democrática de Zapatero en forma de comunicado. Mientras fuentes de Moncloa quitaban importancia a lo que solo valoran como la escenificación de una “bravata”, el ministro del Interior, Pérez Rubalcaba, lo interpretaba como un “chantaje” inadmisible.

Si ponemos eso en relación con la marcha del “proceso”, nos vuelve a salir al paso la divergencia. Según fuentes próximas al presidente del Gobierno, Zapatero opina que la súbita aparición de los pistoleros de ETA no afecta a sus planes para intentar el fin de la violencia. Eso no se acomoda en absoluto a las declaraciones de Rubalcaba, cuando ayer sentenciaba que “el diálogo es incompatible con el chantaje”.

Por no ahondar en la divergencia, o al menos la descoordinación que se adivina si en Moncloa se filtra una inminente ronda de contactos del ministro del Interior con los grupos parlamentarios para informarles sobre el estado de la cuestión, cuando ya los portavoces de esos grupos sabían por el propio ministro que esos encuentros quedan aplazados sine die.

Una de dos. O el Gobierno improvisa sobre la marcha o hay mala comunicación entre el presidente y el ministro. Como lo segundo no es creíble, habrá que pensar en lo primero. Hay una tercera explicación que habita en la mente de Mariano Rajoy en forma de pedrada contra Zapatero. Suele comentar con su gente que, en materia de política antiterrorista, se fía mucho más de Rubalcaba que de Zapatero. Se comprende que puede ser una maldad propia de vísperas electorales, como cuando Zapatero comenta en privado que no se reúne con Rajoy por no perjudicarle.