Lo más bonito de la Festa de la Rosa socialista no es ver juntos y bien avenidos a los compañeros Zapatero, Maragall y Montilla, cosa que pronto veremos en más de una ocasión. Lo más bonito es que hay que ir a la Pineda de Gavà y compartir ensalada, paella, butifarra, vino, gaseosa, caña y carajillo con las compañeras y compañeros. Es una sensación que nos rejuvenece, porque, por un día, la Pineda de Gavà vuelve a ser aquella playa del Baix Llobregat donde el siglo pasado la clase obrera del cinturón rojo instalaba su mesita, sacaba su nevera y compartía fiambrera, vino y gaseosa. La diferencia es que entonces no mandaban los socialistas y la Pineda no estaba tan ordenada, se podía hacer fuego, no había contenedores, ni vallas, ni servicio de orden, ni miembros del aparato, ni nada de nada. Y se podía debatir con una compañera bajo un pino a pesar de su padre sindicalista o su hermana feminista, y hasta se podía fumar, beber y conducir.

Pero los tiempos han cambiado tanto que, escuchando a ZP, a Maragall - que fue el último en llegar y el primero en marcharse- y a Montilla - que se quedó entre su gente de toda la vida-, parece ser que durante el franquismo y los 23 años de CiU y PP, por no haber y no hacer, no hubo ni se hizo ni una playa, ni una pineda, ni una España plural ni una Catalunya abierta. Y es en esa pineda de nuestra juventud y de nuestros primeros amores ideológicos donde se ve aquel socialismo popular en el que Montilla es Pepe y el rey de la fiesta, por muy republicano que sea. Y también se ve que ni Maragall, ni Tura, ni Castells, ni la gente guapa del PSC, se quedan ni un ratito para saludar a la concurrencia, que se dio la gran comilona sin estrellas Michelín y la remató con torneos de dominó. En cuanto al jamón que se sorteó, le tocó a un compañero de l´Hospitalet al que deseamos buen provecho, aunque el jamón debe ser de las pocas cosas que no inventaron los socialistas.