Rebajas impositivas. La globalización facilita a las empresas la búsqueda del domicilio fiscal más favorable. Los Estados compiten ante esta movilidad con rebajas del impuesto de sociedades. Una espiral que se acelerará con la armonización de la base imponible y puede transformar el modelo fiscal de la UE
Los países de la Unión Europea se han precipitado en una frenética carrera de rebajas fiscales para mantener o atraer la inversión de las empresas. La reducción de la carga fiscal a las empresas, si entra en una espiral descontrolada, puede acarrear graves consecuencias para la financiación del modelo social europeo. Y en último extremo puede provocar un traslado de la presión fiscal hacia trabajadores y consumidores, cuyo poder individual de negociación es infinitamente menor que el de las multinacionales.
Los síntomas de esta acelerada competencia son cada vez más evidentes. En 1999, cuando arrancó la Unión Monetaria Europea, el tipo medio del impuesto de sociedades en los 15 países que entonces formaban la Unión Europea era del 34,7%, con un máximo del 52,35% en Alemania. Sólo dos años después, cuando ni siquiera circulaba todavía físicamente el euro, el máximo ya había caído hasta el 40,25% de Italia, con una media del 33,1%.
La creciente integración económica de Europa, como se había previsto desde los primeros estudios sobre el mercado único y la unión monetaria, comenzaba a reflejarse en una competencia fiscal entre los países que habían perdido las armas de la devaluación y los aranceles comerciales.
Pero dos factores que los precursores del euro probablemente ni siquiera atisbaban, como han sido la globalización y la desaparición de la Unión Soviética, han acelerado la presión competitiva sobre las economías industriales de la vieja Europa. La globalización facilita de manera radical la deslocalización de la producción, brindando a las grandes compañías una poderosa baza para imponer a su fuerza laboral menos salario y/o jornadas más largas y arrancar de las autoridades de Hacienda importantes rebajas fiscales.
La tendencia ha permito al sector industrial del G-7 pasar de ser deudor a nadar en la abundancia de la liquidez, según indica el Fondo Monetario Internacional. Esta institución atribuye los ingentes ahorros de las empresas 'a los bajos tipos de interés y a la reducción generalizada en los pagos de impuestos de sociedades'.
El rojo, en cambio, tiñe los Presupuestos de las grandes potencias europeas (Alemania, Francia, Reino Unido, Italia), así como de EE UU y Japón. En la zona euro, que un día soñó con lograr en el nuevo siglo al mito del equilibrio fiscal, el déficit público se mantiene desde el año 2000 por encima del 2% del producto interior bruto.
En Europa, además, la caída del muro de Berlín en 1989 desencadenó de manera casi inmediata en los países de la antigua Unión Soviética una estampida hacia el tipo único en el impuesto sobre la renta, la rebaja del impuesto de sociedades (en Rusia es de sólo el 13%) y la exención fiscal para los beneficios de las multinacionales no repatriados. Las alarmas saltaron en Europa cuando muchos de esos oasis fiscales se integraron en la Unión en mayo de 2004. Dos años después de la ampliación del club hacia Europa central y del Este, la media del impuesto de sociedades entre los socios veteranos caía hasta el 25,9% (29,7% en la zona euro), mientras en los 10 nuevos socios se situaba en el 18,2%. Así, el tipo medio del impuesto de sociedades ha caído en la UE más de ocho puntos porcentuales en siete años.
Berlín y París ya han esgrimido la posibilidad de suspender el trasvase de fondos estructurales hacia los países que, a su juicio, incurran en dumping fiscal. La amenaza, probablemente, nunca se cumpla. Pero revela la inquietud de esas capitales sobre la posibilidad de que se repita el ejemplo de Irlanda, un país que se permitió reducir drásticamente su impuesto de sociedades mientras recibía importantes transferencias de Bruselas financiadas, en gran parte, por contribuyentes holandeses o alemanes.
El fenómeno irlandés puede repetirse en Europa del Este, pero multiplicado por 10. Entre 2007 y 2013, los fondos comunitarios darán a esos socios una munición de más de 150.000 millones de euros para potenciar su convergencia económica con el resto de la UE. La CE ya ha aprobado normas para impedir que las empresas beneficiarias de fondos en los antiguos socios se trasladen ahora al Este a la búsqueda de nuevos subsidios.
Pero la huida de las inversiones hacia los territorios fiscales más suaves parece imparable. Aunque el tipo de imposición no es el primer determinante de las empresas a la hora de ubicar su producción (en el sector manufacturero, sobre todo, prima más la cercanía a los mercados), lo cierto es que un estudio de la Comisión Europea calcula que cada punto porcentual de reducción en el impuesto de sociedades de un país aumenta en un 4,2% la probabilidad de que una multinacional lo elija como destino.
El impacto es aún mayor en el sector servicios, especialmente, en todos aquellos vinculados a las nuevas tecnologías que no necesitan una representación geográfica próxima a sus clientes. Una simple reducción del impuesto sobre el valora añadido (IVA) convirtió a un lugar tan alejado como el archipiélago portugués de Madeira en un destino predilecto para compañías de telecomunicaciones e internet.
El Tribunal de la Unión Europea, en una sentencia favorable al traslado de domicilio de la multinacional Cadbury Schweppes desde el Reino Unido a Irlanda, acaba de avalar esta trashumancia fiscal siempre que la compañía pueda demostrar una actividad real en el nuevo domicilio.
Y en otra sentencia, esta vez sobre el régimen fiscal de las Azores, el mismo Tribunal ha reconocido el derecho de las Administraciones infraestatales a modificar el tipo del impuesto de sociedades, lo que puede aumentar el número de competidores en la carrera hacia la reducción del impuesto de sociedades.
El énfasis en los tipos de imposición, sin embargo, hace olvidar que la UE dispone de un margen amplísimo para reducir la carga fiscal de las empresas sin mermar los ingresos de las Haciendas públicas. Por lo pronto, se podrían reajustar las cargas sociales que soportan las empresas, que en el caso de sectores con mano de obra intensiva suelen ser más onerosas que las fiscales.
También hay espacio para la tijera en el papeleo y el asesoramiento fiscal. Un reciente análisis del Centre for European Policy Studies, un instituto de estudios independiente con sede en Bruselas, calcula que 'la jungla fiscal de 25 regímenes distintos' le cuesta a las empresas europeas 'entre 4.300 y 8.600 millones de euros anuales'.
Una armonización de la base imponible, como la que defiende en estas mismas páginas el comisario europeo de Fiscalidad, László Kovács, contribuiría a reducir drásticamente esa factura. Pero Kovács vaticina que esa transparencia incentivará aún más la competencia fiscal dentro de la UE. El impuesto de sociedades, por tanto, parece que no dejará de menguar.
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