Las encuestas indican que el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, ganará las elecciones del próximo domingo rotundamente, a pesar de las acusaciones de corrupción que lanzan sus adversarios sobre su persona, su partido y sus colaboradores. Pero Lula vencerá sin el concurso de algunos nombres célebres que ahora se sienten desencantados y apoyan a Heloisa Helena, candidata del Frente de Izquierda, coalición de socialistas y comunistas. Figuras como el lingüista norteamericano Noam Chomsky, el cineasta británico Ken Loach o el sociólogo francés Michael Lowy, entre otros, han criticado que el ex sindicalista haya seguido "un típico camino social liberal, decepcionando a millones de personas que esperaban un cambio social y político radical, así como a otros millones que esperaban en Brasil un impulso de la lucha antiimperialista".
Según los sondeos, la candidata de los que hoy se desmarcan de Lula podría conseguir hasta un 9% de los votos. Es el síndrome, tan conocido también en nuestros pagos, del "pocos pero buenos". El atractivo que ejerce la cosa grupuscular entre los intelectuales no caduca y es universal. La llamada de la pureza y de la coherencia siempre ha tenido mucho prestigio entre aquellos que observan el juego político desde la barrera académica, artística o mediática. En este entorno, la capacidad de decepcionarse con los líderes cotiza al alza, de tal modo que los eternos aspirantes a gobernar y los perdedores reiterados acaban siendo el gran modelo, pues nunca caen del pedestal. Salvando todas las enormes distancias habidas, lo de Lula es algo equivalente a lo que le ocurrió, en su día, a Felipe González, quien dejó de contar con el favor de cantantes, cineastas, escritores, pintores y pensadores. Eran tiempos en los que el comunista Anguita y el conservador Aznar empezaron a ampliar con caras nuevas e impensadas sus respectivas escuderías de sabios. Quizás no las recuerden, pero las hubo.
El problema de muchos intelectuales dolidos con un líder determinado es que, tarde o temprano, se dan cuenta amargamente de que no les hacen mucho caso. Ni al tomar decisiones ni al cerrar presupuestos. Y lo llevan mal. Esperan amor, craso error. Claro que hay excepciones. Recuerden que el presidente venezolano Hugo Chávez, en su impagable y reciente monologo ante la Asamblea General de la ONU, recomendó vivamente el libro Hegemonía o supervivencia,de Chomsky. Lo hizo en la misma intervención en la que informó al mundo de que el demonio se llama George W. Bush, por si acaso. El intelectual progresista necesita cariño: Chomsky ya no ama a Lula, pero Chávez ama a Chomsky. Es bonito.

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