Si el Gobierno quería confirmar la "voluntad inequívoca" de abandonar las armas por parte de ETA antes de tratar directamente con la banda, ha hecho un pan de obleas. Previsible, si tenemos en cuenta que prácticamente todas las intervenciones de Rodríguez Zapatero tienden a mejorar la autoestima de la banda terrorista y su entorno político.
"Confirmamos el compromiso de seguir luchando firmemente, con las armas en la mano, hasta conseguir la independencia y el socialismo en Euskal Herria". El recado nos llegó este fin de semana desde Oyarzun en boca de tres encapuchados. Efectivamente, no solo iban con las armas en la mano sino que las dispararon al aire para se viera que las tienen engrasadas y a punto.
O sea, leña al mono hasta la victoria final. Justo la confirmación diametralmente contraria a la esperada por el mismo Zapatero, que dice seguir trabajando por la paz y nos anima a preservar la esperanza con democrática paciencia. Ése es el discurso que genera auténticos subidones en el ánimo de esta gente y les hace sentir que valió la pena ese rastro de sangre y miseria moral que dejaron en nuestra reciente historia.
Quienes hemos sido reticentes con esta extraña operación teóricamente pacificadora de Zapatero desde el principio, aunque le hayamos deseado suerte y se la seguimos deseando, tenemos poco que añadir. Los hechos hablan por sí mismos. Ni siquiera nos queda el recurso de distinguir entre ETA y Batasuna, pues son una misma cosa con los papeles repartidos. Eso sí, la vanguardia siempre estuvo ocupada por el brazo armado.
Ese reparto de papeles -toca paso atrás de los Otegi, Barrena, Permach y compañía-, volvió a escenificarse en un acto de exaltación nacionalista celebrado el sábado en el monte Aritxulegui (Guipúzcoa) con arreglo a una vieja y siniestra puesta en escena. Como si no hubiera pasado el tiempo. Esta vez, la irrupción de los 'gudaris' tenía por objeto lamentar que el "alto el fuego permanente" no se haya retribuido debidamente por el Gobierno de Madrid.
¿Qué está pasando? ETA-Batasuna no ha sabido interpretar los ritos de apareamiento del Gobierno. O al revés. El resultado ofrece una situación de evidente bloqueo. Lógico. Es normal entre dos interlocutores que pretenden entenderse sin haber fijado previamente el objetivo o la meta común. "Paz", dicen unos. "Solución del conflicto", dicen otros. Es la mercancía venden a su respectiva clientelas. Hacen como si repudiaran la del contrario pero permiten que la siga despachando a manos llenas.
El juego permite suponer que Batasuna no dará un paso más si no se forma su famosa mesa política, donde espera quedar legalizada de hecho -el encuentro con los socialistas vascos de Patxi López no le pareció suficiente-, al ser reconocida como un partido más por el resto de las formaciones. Y el Gobierno tampoco se moverá si antes Batasuna no se incorpora a la normalidad democrática con arreglo a lo dispuesto en la Ley de Partidos, lo que entre otras cosas incluye la renuncia a la violencia.
Lo único positivo es el malestar que se detecta en la izquierda abertzale, donde se culpa al Gobierno del bloqueo. No es mala señal. Para echarse a temblar es cuando sale Otegi glosando la valentía de Zapatero y diciendo que las cosas van por buen camino. Lagarto, lagarto.

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