Ingleses, franceses y españoles, de Luis Racionero en La Vanguardia
Madariaga analizó los caracteres nacionales de estos tres países en los años veinte, cuando aún se creía en los caracteres nacionales, una noción que cayó en desgracia junto con el concepto de raza, por causa del pésimo uso dado a este último por los alemanes, que se creyeron una raza aparte. Según el ensayista español, que los había tratado en Ginebra cuando fue delegado a la Sociedad de las Naciones, los ingleses son hombres de acción, los franceses de pensamiento y los españoles de pasión.
Cuando se entra en estos términos, lo primero que cabe advertir es que se está hablando en promedios, salvando numerosas excepciones, pues de otro modo sería imposible referirse a ingleses o franceses y se debería hablar del señor tal y la señora cual. De modo que, generalizando, Madariaga construye un retrato robot de los tres países cuyos idiomas hablaba, dando pie, por cierto, a la inmerecida pulla de Unamuno: "No sabe nada en tres idiomas". Mi pregunta es: ¿cómo podemos haber cambiado tanto los españoles? ¿Ha sido el desarrollo económico o acaso la televisión? Porque de hombres - y por tanto mujeres (pues a los hombres los hacen las madres)- de pasión, hemos pasado a peseteros y cotillas, materialistas y chismosos. Nada que ver con don Pelayo, el Cid, Guzmán el Bueno, Moscardó o el alcalde de Zalamea.
Los ingleses siguen siendo hombres de acción, como pudo comprobar Europa con alivio ante la imponente avalancha armada de los nazis alemanes. Sin la serenidad, determinación, organización y valentía de los ingleses, Europa hubiese acabado marcando el paso de la oca, dirigida por hombres de disciplina. El prototipo de ese talante activo inglés fue, evidentemente, sir Winston Churchill, y la prueba del pragmatismo de este pueblo que actúa sobre la base de que "no hay que cruzar el puente hasta llegar a él" es que echaron a Churchill del gobierno en cuanto hubo ganado la guerra. Semejante ingratitud sería impensable en España, que soportó a Fernando VII y gritó "vivan las cadenas". Los ingleses son hombres de acción porque viven en el día a día, sin planes preconcebidos, ni siquiera una constitución escrita. Para la acción, como dice muy bien el libro del samurái, hay que estar aquí, ahora, vivir plenamente el instante.
Y lo que aparta de la plenitud vital del instante es el pensamiento, que es lo que les sobra a los franceses. Observen que la palabra que más les gusta a los franceses es lucidité,la lucidez (a los españoles la que más les gusta es rigor).La lucidez es la facultad de clarear el pensamiento, la capacidad de analizar las ideas - que no los hechos- con orden y lógica, dando un nombre preciso a cada cosa o situación. Por ejemplo, si usted en una cena no sabe contestar a una broma y la respuesta ideal le viene cuando se está marchando de la reunión eso, en francés, se define como esprit d´escalier,ingenio de escalera. Para los franceses, lo que se nombra está entendido. Tremendo error, claro está, que no cometen los ingleses, conscientes del abismo insalvable que separa la realidad de las palabras. "Words, words, words" (Hamlet,2.2.192) escribió, displicente, Shakespeare. Les mots,apuntó devotamente Sartre.
¿Y dónde quedamos los españoles? ¿Ni acción, ni pensamiento? Eso va a días: como señaló muy bien Marías, los españoles nos debatimos entre el marasmo y el espasmo, al torpor de siglos en somnolencia ASTROMUJOFF puede seguir una revuelta activísima y catastrófica. La acción a saltos y el pensamiento más bien oscuro, al modo de Eugenio d´Ors, que le preguntó a su secretaria si un artículo estaba claro, y como ella le respondió que mucho, le ordenó: "Pues oscurézcalo un poco". La superficialidad española confunde la profundidad con lo enrevesado. No es así: lo sencillo puede estar confuso y lo complicado explicarse claro. La verdad nace antes del error que de la confusión. El pensamiento español no suele ser claro porque aquí nacemos todos enseñados y tenemos en la punta de la lengua el "ya lo sé", con lo cual uno se pierde por vías mal señalizadas y no entiende ni el recibo de la luz.
Pero ¿nos queda nuestra maravillosa pasión? Como diría Max Weber, la pasión es incompatible con el desarrollo económico que exige racionalidad, puntualidad, constancia y regularidad, todas ellas cualidades opuestas al apasionamiento. Nótese que los crímenes de violencia doméstica no son pasionales sino neuróticos o angustiados, no por amor sino más bien por odio o hastío. En vez de pasión tenemos chismorreo y cotilleo de patio de vecinos en los canales de televisión. ¿Es ése el precio del desarrollo económico? Se me antoja demasiado alto, aunque seamos el décimo país en riqueza del mundo. ¿Qué es mejor, la nevera o la pasión de Carmen? Forzado a elegir yo me quedaría con la nevera.
Desde que Madariaga escribió su brillante ensayo, los ingleses han sabido mantener su espléndido aislamiento, cambiando el imperio por las redes financieras de la City londinense - como los romanos cambiaron su imperio por el papado-, los franceses han visto disminuir su influencia relativa en el mundo y los españoles hemos salido del atraso subdesarrollado para convertirnos en un país rico, moderno y europeizado. Lo que queda de los caracteres nacionales es ya algo residual, debido al desarrollo que iguala los estilos de vida - los hoteles y centros comerciales son iguales en todas partes- y a la difusión masificada de viajes, música, cine, libros y programas de televisión. Hoy día resulta muy difícil escribir un libro como el de Madariaga, incluso un capítulo o un artículo.

leon dijo
Dichos castellanos anti- Perfida Albion: todo ingles pariente de Drake es, vete a cobrar al Banco de Londres, yo no quiero amores ingleses......
27 Septiembre 2006 | 08:51 PM