Gallardón es que no para. A la amenidad de sus obras completas, con mucho cancán de grúas, le ha puesto ahora una noche en blanco, que ha sido 200 noches, pero en una sola. Hemos tenido el Museo del Prado ejerciendo de after. La cosa era entrar en cualquier Museo, previa cola del Joy Eslava, a hora punta, entre cincuentonas de corrala y ninfas de botellón. No cree uno que estas vistosas monstruosidades principien a hacer costumbres culturales entre el peatonaje, pero sí dan la medida y la verdad, tan clamorosas, del menú cultural de la ciudad, y de lo mucho que el personal agradece que todo eso se ofrezca bajo un memorable desmelene de luz y de color. Madrid sostiene, a diario, una nutrida y casi secreta oferta cultural. Y digo casi secreta porque el vicio de la cultura es un vicio solitario y minoritario, que ahora se hace populoso y municipal, por énfasis del alcalde, por algarabía del vecindario, y por alegre participación de artistas de vitola diversa. Lo de que la oferta cultural se agolpa nutrida es obvio, porque esta Noche Blanca resulta una especie de luna de miel del noviazgo, no siempre cultivado, entre los museos y el personal. Lo que tenemos, más o menos, pero metido en verbena. Teníamos 200 noches de pintura o poesía, pero nos faltaba esta noche única. Lo que pasa con Madrid es que Madrid no nos deja ver Madrid, y esta Noche pone en blanco, o sea, en claro, los muchos días que se nos van sin hacernos cultos. Doscientas noches, sí, pero en una sola noche. Casi no nos cabe en Madrid el Madrid que tenemos.

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