La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

25 Septiembre 2006

Cuando el grajo vuela bajo, de Xosé Luís Barreiro Rivas en La Voz de Galicia

EN LOS DÍAS de primavera, a rebufo de la agenda catalana, los políticos gallegos sólo hablaban del Estatuto de nación. Hoy, en cambio, con las lluvias de otoño, el Estatuto se ve descolorido, mientras los periódicos se llenan con disertaciones improvisadas y polémicas lamentables sobre los incendios forestales.

Hace tres años nos sorprendió Aznar con el regalo de un AVE a Bilbao, que pasó a convertirse en un objetivo prioritario al amparo del fenecido Plan Galicia. Nuestra única aportación a este proyecto fue la polémica localista -¡faltaría más!- sobre si este cohete rodante debía entrar en Galicia por Santiago o darse un paseo por Ferrol. Y en esas andábamos cuando habló la UE y, poniendo sobre la mesa el famoso Vigo-Oporto, nos cambió de prioridad. Aunque esta prioridad tampoco duró mucho, porque Portugal no estaba por la labor. Y por eso hemos vuelto a situar en el centro de la agenda gallega el «túnel de Lubián», que ya tiene categoría de borrador de pre-ante-proyecto , y se espera que esté en servicio antes de que se termine de redactar el proyecto.

Hace un año la conselleira Táboas andaba metida en harina con un esperanzador plan interdepartamental para vertebrar el espacio atlántico en función de sus comunicaciones y de los usos racionales del suelo. Pero alguien habló en Murcia del exceso inmobiliario, y toda Galicia empezó a vacunarse contra una presunta marbellización -¡quen nos dera!- que va a ser atajada antes de que nadie la haya definido y sin que dispongamos de un diagnóstico real de nuestros problemas urbanísticos.

Con el mismo donaire que comentamos han pasado por nuestra agenda colectiva las nuevas tecnologías, el I+D+i, la reactivación del medio rural, la ordenación de los recursos del Sergas, la reconversión de la Ciudad de la Cultura, y un largo etcétera, sin que nada consiga permanecer en el imaginario colectivo como palanca de un cambio que se resiste largamente. Y eso es tanto como decir que la política gallega carece de hoja de ruta, que la agenda se hace sin criterios de prioridad y permanencia y por el simple procedimiento del estímulo-respuesta, y que nadie tiene en la cabeza el paradigma de un país que camine ordenadamente hacia su futuro. Por eso tenemos la impresión de padecer una política pobre, que se resuelve, hoy como ayer, en abundante clientelismo, localismo y choromiqueo.

Este es nuestro problema principal: que carecemos de un discurso que eleve el nivel de nuestra política y la adhesión de la ciudadanía, e inserte nuestros esfuerzos públicos y privados en un proyecto realista y con sentido. Porque una buena agenda nunca puede crearse a base de respuestas ingeniosas a estímulos circunstanciales.

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