Las palabras del Papa han servido como acicate para desencadenar otra nueva situación, tan desdichada como muchas anteriores, de atávico anacronismo y de mezquino simplismo generalizador. Son situaciones ya malas en sí mismas, pero es todavía peor que suelen derivar en irreductibles planteamientos maniqueístas y de ahí no salen. En consecuencia, resulta imposible la argumentación auténtica y la aportación de posibles explicaciones y soluciones. Trataré de evitar tales riesgos.

Me parece que el Papa ha cometido un error inicial que, finalmente, ha llegado a causar una ofensa. Estoy convencido de que no sería ésa su intención, y no se me alcanza tampoco cuál pudo ser su propósito, pero ése ha sido el resultado. Extraña sobremanera tal proceder en alguien como él: intelectual sólido, investigador riguroso, teólogo de alcurnia y competente, tanto en los aspectos dogmáticos cuanto en los históricos, escritor experimentado en los mecanismos de la exposición, de la expresión y del estilo, hombre de conciencia. No cabe olvidar tampoco, sin embargo, que el cardenal Ratzinger no se ha distinguido precisamente, dentro del propio catolicismo, por el talante aperturista y tolerante. Expresarse de una manera que permita establecer una vinculación directa, absoluta e inevitable, entre islam y violencia es siempre, en cualquier circunstancia, no sólo un error básico sino también un falseamiento de la realidad islámica, en su genuina trama conceptual y en su desarrollo histórico. Insisto en que ésa no ha sido seguramente la intención del Papa, pero las consecuencias de ese desliz eran fácilmente calculables. Como hombre de conciencia que es, solamente a él corresponde valorar y decidir si las explicaciones y excusas que ha ofrecido hasta ahora son suficientes o no, y actuar en consecuencia.

Por parte musulmana, es un gran error volver a ser rehenes del literalismo oscurantista, del peor tradicionalismo de raíz inmovilista, del fervor visceral, del radicalismo irreflexivo. Resulta también otra forma de transgredir el islam genuino y creador. Seguir comportándose así les perjudica gravísimamente, y quizá sin posible remedio. Han de evitar seguir cayendo en esa torpeza, en esa tentación, en esa trampa. Porque también son trampas que les tienden, de múltiples procedencias y con perversas intenciones, excelentemente manufacturadas además en la mayoría de los casos. Conviene aclarar lo siguiente: aunque se nos quiera hacer creer que ésa ha sido hasta ahora la relación única y predominante que se ha producido en su vastísimo y sumamente complejo y plural espacio, no ha sido así. Basta con leer con regularidad, atención y experiencia, en toda su variada gama, la prensa diaria en lengua árabe -cosa que yo hago cotidianamente- para comprobar con claridad y abundancia que «de todo hay en el jardín de Alláh». Lamento no aducir testimonios similares en otras lenguas propias del islam, pero creo que basta de momento con aquél. La reflexión sobre el yihad (¡por favor, en masculino!) es propia del islam y muy antigua en su seno. Tengo ante mí ahora mismo un largo artículo, publicado el pasado jueves 21, que empieza titulándose así: «¿Cuándo leerán los musulmanes su Libro a compás de la historia, y no solamente sobre juicios eternos que no tienen relación con el lugar y el tiempo? Hay que hacer una relectura de la idea del yihad».

En el convulso y desconcertado mundo actual sólo nos queda un camino, si de verdad pensamos en la humanidad toda: el diálogo sincero y abierto, el mutuo reconocimiento y la concesión recíproca equivalente. Recordemos de paso algo fundamental, pero casi siempre olvidado, o desconocido: el islam recibe y acepta parte del contenido del cristianismo -y no sólo por motivos cronológicos-, pero el cristianismo no le corresponde de manera simétrica y similar. Jesús, por ejemplo, es un profeta respetadísimo para el islam. La imagen acuñada de Muhámmad -Mahoma- en el cristianismo, es la de un impostor vituperable. Quizá esto pueda servir para explicar en parte tantos repetidos desencuentros, sumamente dañinos para todos.

Pedro Martínez Montávez es arabista y profesor emérito de la Universidad Autónoma de Madrid.

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