WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

En principio, hay motivos para la estupefacción por lo ocurrido a causa de las palabras del Papa. ¿Estamos realmente en el siglo XXI? Luego, se impone despojarse del vicio que contrajo el mundo occidental de creer a ciegas en la linealidad del progreso. Entendido no sólo en un sentido material, sino también, tal vez sobre todo, como la creciente extensión de la capacidad crítica, intelectual y moral de entender, encaminar y resolver las contradicciones y conflictos inherentes a la condición humana. Las atrocidades del siglo XX aportaron suficientes razones para desechar este optimismo de raíz decimonónica.

En Occidente, la magnitud del crecimiento económico, la democratización y el masificado acceso al disfrute de bienes materiales ocasionan la confianza en que los horrores de las dos guerras mundiales, del nazismo y el comunismo fueron un desdichado accidente. Pero existen demasiados indicios de que vivimos bajo un espejismo del que es de temer que no nos va a ahorrar una salida amarga.

En ocasiones se trata de hechos a la vista, como el trasiego de migraciones. En otras, de algún acontecimiento aparentemente baladí que adquiere proporciones desmesuradas. Veamos. El Papa Ratzinger, teólogo católico de altura, diserta en el recinto académico de la Universidad alemana de Ratisbona. Habla un sabio para sabios, gente especializada. Tema: razón y fe. Y en el curso de la erudita exposición, hace una referencia histórica al debate en la edad media entre un emperador de Bizancio y un culto oponente persa. Son pocas líneas en un texto amplio, de riguroso contenido intelectual. Pero de pronto, saltan del ámbito minoritario del aula universitaria a conmover a millones de personas. Ira, indignación entre los musulmanes. Quema de iglesias, manifestaciones populares, réplicas de imanes y ulemas en las mezquitas. Y perplejidad, dudas, temor en países de mayoría cristiana. ¿Era prudente, era conveniente aquella frase del Pontífice ante un auditorio de universitarios alemanes?

E, inmediatamente, surgen las grandes cuestiones: choque de civilizaciones, cómo no; sentimientos de culpa; críticas a la arrogancia del etnocentrismo occidental, del eurocentrismo, o, simplemente, explicaciones de que a un Papa abierto al diálogo interreligioso ha sucedido otro conservador, aferrado a un dogmatismo inactual. Hay quienes estiman políticamente desacertado "ofender" a los musulmanes; y quienes opinan que éstos se ofenden por la incapacidad de entender la libertad de expresión, la tolerancia. Y aquel sobrentendido o alarmado "los tenemos aquí". Aquello de que Europa es ya Eurabia.

En el lado musulmán, griterío, violencia. Y las protestas de gente de autoridad, a veces desorbitadas. En boca del guía de la revolución islámica de Irán, referencia a la consabida conjura judeo-norteamericana que ha empujado al Papa. Desde Al Qaeda: "Ocuparemos Roma...".

Estamos en el año 2006 y las palabras de Manuel II Paleólogo recobran una resonancia casi universal. Son: "Mahoma ha traído al mundo cosas malvadas e inhumanas como la directiva de difundir por la espada la fe que él predicaba". Tenía sus motivos para decirlo, puesto que ya por la espada los musulmanes habían conquistado toda la orilla sur del Mediterráneo, incluida España, casi toda el Asia occidental y estaban en la tarea de hacer lo mismo con lo que quedaba del imperio bizantino, que consiguieron bien pronto con la victoria contra el segundo sucesor de Manuel II.

La historia es así. Y lo de traerla a colación en la actualidad es o una buena o mala costumbre de todos los tiempos. El Papa lo ha hecho a su manera, que será políticamente oportuna o no. Pero que la guerra en nombre de Alá es válida lo reclaman y revalidan con la práctica del terrorismo sectores muy violentos del islam. Y en la exégesis de los textos sagrados musulmanes es ambivalente el sentido de la yihad como esfuerzo espiritual y como guerra santa. ¿Ahora es respuesta a los desniveles económicos y sociales respecto a un Occidente que tantas veces no cumple lo que predica? ¿Por qué se elude atribuir al mismo islam causas internas de su situación, retraerle el uso de prácticas y leyes inadmisibles?

Existe la interpretación de que el mundo musulmán busca el despertar y la recuperación de la dignidad en lo más hondo de su identidad, la religión. También la que expone el arabista norteamericano Bernard Lewis, según la cual a los musulmanes les ha faltado el proceso de secularización de Occidente. En términos concretos, las experiencias que aportaron a Europa el Renacimiento, la Reforma, la Ilustración, la revolución francesa. Yse insiste en que, posiblemente por esto mismo, en el mundo musulmán no fructifica la autocrítica, motor de todo avance. Razones poco aptas para fermentar en sociedades desencantadas de las experiencias vividas en el contacto con Occidente, en los intentos de modernización entendida como occidentalización. ¿Qué quiere decir ponerse al día, a tenor de los tiempos? Es la gran cuestión. Con el misterio de la creencia religiosa por delante, la pregunta puede parecer sin sentido.

Pero volvamos al tema. No al de fe y razón, que lleva siglos sin resolverse. Al de la guerra santa. Ninguna religión monoteísta puede tirar la primera piedra. Guerras de religión han sido constantes. Entre las distintas confesiones y en el seno de cada una de ellas, ¿no se matan en Iraq por el mismo Dios suníes y chiíes, no atentan mutuamente contra sus respectivas mezquitas? Ahora el cristianismo ha acallado el ardor guerrero. Y puede mostrar las caras de la paz, la justicia, la caridad, el hermanamiento y la piedad. Se acoge así a varias de las exigencias y razones de ser de las religiones del Libro, pero excluyendo la santificación de la guerra, la violencia, la crueldad y la opresión.

En cambio, en sectores de creencia musulmana existe muy vivo el convencimiento de que hay que combatir por Dios contra los enemigos de la fe. Así vale el trato de Gran Satán que Occidente recibe como un mal sueño del que no sabe cómo librarse. Hay el buenismo que ahora tiene tantos partidarios y detractores. Es lo del diálogo de civilizaciones. Y, por otra parte, la advertencia del tan citado choque de civilizaciones que George W. Bush - ferviente evangelista neocon-concibe como lucha por civilizar... a los musulmanes, se entiende.

De un lado y del otro se levantan voces recriminatorias, amenazadoras, apaciguadoras, temerosas, conciliatorias. Pero existe un ámbito de expectante silencio. El gran mudo. La mayoría o minoría silenciosa de la que no se sabe si es lo uno o lo otro precisamente porque calla. Quienes viven en quietud la fe, sin más. O aquellos que la tienen más o menos implícita. Y los agnósticos, no creyentes, ateos, escépticos. Son los que apuestan por la laicidad como garantía del cumplimiento de algunas conquistas ineludibles para la convivencia que consisten en exigir sobre todo la validez de las libertades y derechos fundamentales que tantas luchas y sacrificios han costado. Principios válidos hasta para el desarrollo aceptable de las creencias religiosas. Y en esto es irrenunciable que valgan un sí y un no, lo aceptable y lo rechazable. Una frontera intraspasable.

Sólo dejando bien clara la prioridad de esta premisa cabe hablar de causas del desentendimiento, responsabilidades, inculpaciones y exculpaciones, desigualdades. Y desbrozar qué conflictos de fondo han alimentado la ola de fundamentalismo islámico y su vertiente terrorista.