Existen algunas teorías sobre en qué momento el mensaje del PP en Cataluña comenzó a desintonizarse. Quiero decir, a tener tantas interferencias en la onda que, aunque el mensaje fuera sólido, argumentado e inteligente, el ruido de fondo lo hacía inteligible.

Yo tengo la mía que es tan válida o fugaz como el lector quiera.Corría el año 2000. Las excelentes relaciones entre el gobierno de Aznar y el de Pujol eran muy evidentes. Habían comenzado cuatro años antes con los pactos del Majéstic y hablando catalán en la intimidad. Se llegaba a un punto álgido de traspasos, con responsabilidades muy importantes como el despliegue de los Mossos.España y Cataluña vivían un momento plácido. Algunos hasta llegamos a pensar que el país estaba cambiando y que podríamos empezar a dejar de perder el tiempo en cuestiones identitarias.

Pero las cosas se torcieron. Dos fueron los problemas: Aznar afirmó en el Congreso que el Estado ya estaba construido, que era como decir que la formación de las autonomías había finalizado.Los nacionalistas saltaron al día siguiente de forma suave pero firme. A partir de ahí, sólo hubo que dejar que las declaraciones fueran calentando el ambiente.

A pesar de ello, el debate no había llegado a la calle. Los artículos de opinión se cruzaban, las tertulias se calentaban, pero la opinión pública no era muy consciente de todo ello. Mientras esto ocurría, en el Congreso se debatían las matrículas con el CAT». Los argumentos a favor y en contra se multiplicaban. El sector automovilístico estaba en contra. Los nacionalistas apretaban y comenzaban a generar una sensación adversa y de contrariedad.Diarios como el Avui se volcaron en contra de lo que era, según su opinión, una forma de imperialismo español. Los argumentos de un lado y del otro fueron muy variopintos. El mejor, que las matrículas no tenían espacio suficiente para tanta información.El debate entonces llegó a la calle.

Sostengo que ahí comenzó la ruptura entre el PP y Cataluña. Porque el partido de Aznar había logrado en las elecciones del 2000 casi 700.000 votos catalanes. Papeletas que debieron llegar de otros espacios liberales y socialdemócratas catalanes. Aquellas elecciones representaron la primera mayoría absoluta en 12 años.

Desde un punto pragmático, las matrículas les costaron caras al PP. Aunque sea cierto que con la negación del CAT en el coche consolido un voto popular en el resto de España, también dejó en evidencia que, en condiciones normales, que el 11-M no se dieron, el PP gana en gobierno si Cataluña le responde.

Me figuro que Josep Piqué estaría bastante de acuerdo con este análisis. Estar de acuerdo significa que es consciente de la dificultad de la normalidad de su partido en Cataluña y de que volver a situarlo en el 2000 pasa por volver a caminar por un desierto, que ya les resulta cansino. Con un problema añadido: en su partido no todo el mundo es de su cuerda.

Ante este panorama el candidato popular afronta unas nuevas elecciones catalanas. Tiene algo a su favor: los tensos debates del Estatut le han dado una voz propia. Una luz que está bien resumida en su frase de campaña, al utilizar «el sentido común». El PP catalán ha sido el único que ha puesto algo de coherencia en la distorsión de estos últimos años, sin defender algunos de los argumentos utilizados por sus entrañables amigos Angel Acebes y Eduardo Zaplana.

A pesar de esa mala sintonía, patente en ocasiones, ahora algo olvidada, Piqué no quiere renunciar a los votos que sabe que logran los dos políticos entre el electorado catalán. Porque ese es el secreto de Piqué para estas elecciones, recuperar el voto que es del PP en las generales y prescinde de su partido en la autonómicas.

Por ello, me extrañó lo mal que recibía Acebes la pregunta que le hice en un encuentro con varios periodistas en Barcelona sobre su presencia en la campaña de Piqué. «Esa pregunta sólo me la hacen ustedes en Barcelona. A partir de ahora les diré que no lo sé».

Pues la pregunta era importante por interés de estrategia. Porque aquí interesa si Acebes, Zaplana, Bono e Ibarra decidirán hacer campaña. En los últimos cuatro años ha sido así, aunque ahora, los dos últimos estén medio retirados. Los cuatro conectan con el electorado que vota en las generales y no en las catalanas.De esta forma se puede percibir el grado de penetración en el territorio.

En definitiva, Josep Piqué no lo tiene fácil. Pero creo que puede dar una pequeña sorpresa. Sobre todo porque para hacer la operación aritmética de los diputados finales, no sólo deben preocuparle los votos logrados, sino también los votos perdidos. O sea, la abstención. La del PP y la que se espera en el resto de las fuerzas políticas catalanas. Que aquí no se salva nadie. Y aunque se ha puesto las pilas con sus militantes de base y ha decidido pisar territorio, las cosas son difíciles para el de Vilanova.Sobre todo si habla tanto de pactar con Artur Mas, pese a que sea sin firmar un cheque en blanco. En definitiva, al final es mejor convertirse en una mosca cojonera, más que en un tierno cordero amordazado por las exigencias del guión.

alex.salmon@elmundo.es

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