No han dejado de sorprenderme estos días los argumentos que los defensores de la ‘verdad oficial’, la izquierda radical que nos gobierna y el nacionalismo separatista que nos divide, han utilizado contra el PP y su empeño en preguntar sobre aquellos interrogantes que la investigación de los atentados del 11-M ha dejado sin resolver, a saber, que tanto el PP como los medios que se esfuerzan por saber la verdad incurren en un peligroso ejercicio de desestabilización que afectaría a las instituciones estatales, en cuya defensa salieron el pasado miércoles los grupos parlamentarios accionados por el resorte del miedo. Lo digo porque tanto énfasis en este argumento me recuerda a aquel “todo por el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado” que hizo del fascismo una de las ideologías más perversas del Siglo XX. La izquierda, como le pasó a Mussolini, se ha encontrado un Estado muy bien construido precisamente por las ideas que combate, es decir, la democracia liberal, y es en ese ring en el que se está librando una de las batallas más encarnizadas de nuestra reciente historia.
El 11-M, siendo la razón de que hoy estemos asistiendo a esa lucha ideológica por la libertad, no debe ocultar la gravedad de lo que a su alrededor está ocurriendo. Es importante conocer los detalles de cómo se produjeron esos atentados, saber las causas, encarcelar a los culpables... Lo es, entre otras cosas, porque las víctimas requieren un pago justo a su sacrificio, y sus familiares una reparación que en ningún caso sustituye la ausencia del ser querido. Pero en lo que no puede convertirse el 11-M es en una obsesión. Desde estas líneas he defendido en innumerables ocasiones el trabajo de los medios y de los periodistas que han volcado todos sus esfuerzos en conocer la verdad del 11-M, pero si de algo me ha convencido la experiencia de años, es de que nunca un partido político con aspiración a gobernar debe dejarse guiar por la estrategia que le marquen los medios de comunicación, sean lo afines que éstos sean. Los periodistas debemos dedicarnos a lo nuestro, que es la búsqueda de la verdad, y los políticos a lo suyo, que es gestionarla.
Tengo la certeza de que Mariano Rajoy sabe que esto es así, y de ahí que desde su púlpito de presidente del PP y candidato a la Presidencia del Gobierno haya optado por marginar el 11-M a un segundo plano, dedicando la mayor parte de sus esfuerzos a presentarse como alternativa a un Gobierno inoperante, frívolo y revanchista. La tarea esencial de un político debe ser trabajar activamente en la resolución de los problemas de los ciudadanos y en la búsqueda de mejores condiciones de vida para todos. ¿Significa eso abandonar las dudas y los interrogantes que plantea el 11-M? En absoluto. Las últimas revelaciones han puesto de manifiesto, al menos, algo muy grave: desde los servicios de información de Interior se ha trabajado para falsear y ocultar pruebas al juez, pruebas que podrían incriminar a ETA en la masacre. Lo que ha pedido Rajoy es que se investiguen esos hechos. Esa, y no otra, debe ser la reacción de un político responsable. Esa, y la de que su partido exija explicaciones en la sede de la Soberanía Popular, es decir, el Parlamento.
¿Todos de acuerdo? No. Esta postura es la que comparten la mayor parte de las personas que integran el entorno de Mariano Rajoy, pero no es la que defienden todos los líderes de su partido y, sobre todo, no es la que determinados medios de comunicación esperan del presidente del PP. De hecho, en los últimos meses antes del paréntesis del verano, las presiones sobre el líder del centro-derecha español fueron brutales, hasta el punto de que en esas semanas estivales volvió a hablarse de conspiraciones internas para minar su liderazgo, conspiraciones alentadas desde ciertos entornos mediáticos. Lo cierto es que Rajoy reflexionó en su retiro gallego, y ha vuelto de las vacaciones estivales decidido a llevar adelante su proyecto político, contra viento y marea, y si sale bien, sale bien, y sino habrá que soportar otra legislatura de Rodríguez, con todo lo que ello implica de retroceso en las libertades y los principios democráticos. Pero el político gallego tiene todo el derecho del mundo, después de haber sostenido su partido durante dos años evitando fracturas y guerras cainitas propias de la derecha, a intentarlo dejándose guiar por su intuición, y eso es algo que a Rajoy le sobra, además de arte en el manejo de los tiempos. Con todo, el líder del PP es un político de los que saben escuchar y no desprecian nunca un buen consejo.
El modo en que Rajoy ha arrancado el curso político hace pensar en un cambio sustancial de la estrategia. Rajoy se presenta como alternativa y como un político capaz de gestionar la res pública. De entrada, el PP ha mordido con fuerza en uno de los puntos –de los muchos que tiene- flacos de este Gobierno, la inmigración, y lo ha hecho presentando propuestas y llevando a Bruselas un informe de situación que las autoridades de la UE han alabado por su seriedad y aportación positiva a las políticas comunitarias sobre el asunto. Bien es cierto que Rajoy conoce el tema a fondo. Pero en los próximos meses el PP hará lo mismo en otros asuntos como la seguridad ciudadana o la economía, cuestiones que preocupan, y mucho, a ciudadanos que han visto como sus hipotecas, en un año, se han puesto por las nubes. Ese es el escenario, lo he dicho más veces en estas líneas, en el que Rajoy sabe moverse con soltura, mucho mejor que en el de la crítica mordaz. Construir en lugar de destruir. En ese escenario, el 11-M es una cuestión compleja de gestionar porque el líder del PP no quiere transmitir la imagen de cabreo por el resultado del 14-M –además es que no lo está-, pero al mismo tiempo las revelaciones periodísticas exigen la apertura de nuevas líneas de investigación y de explicación de lo sucedido.
Curiosamente, sin embargo, el modo antidemocrático en que el Gobierno y los demás partidos del arco parlamentario han reaccionado a la simple petición de explicaciones por parte del PP, ha reforzado el liderazgo de Rajoy, y ha servido para que algunas críticas de los sectores más próximos al entorno mediático se atenúen. Hoy por hoy, nadie en el PP cuestiona el liderazgo de Rajoy. La cercanía de las primeras jornadas electorales después de algo más de dos años sin que los ciudadanos fueran llamados a las urnas, sirve también para atemperar algunas ambiciones personales. Las elecciones catalanas van a ser un test importante para el PP, aunque tampoco tan relevante como la cita de mayo próximo, pero servirá para tomar la temperatura dentro y fuera del partido de la calle Génova. Además, el líder del PP está consiguiendo atraer de nuevo a su causa a algunos de los ‘desterrados’ tras la derrota del 14-M. Pocos días después del paréntesis estival, mis fuentes me alertaban sobre una posible vuelta a la primera línea política de Rodrigo Rato, gerente del Fondo Monetario Internacional. Es posible que sea así, pero no como oposición a Rajoy, sino de acuerdo con éste. Ambos hablan casi a diario, y Rajoy hace gala de seguir los consejos de quien fuera su rival en la carrera sucesoria, sobre todo en materia de política económica.
Los próximos meses van a ser esenciales para confirmar si Mariano Rajoy tiene opciones de ganar las elecciones generales, o no. La investigación periodística del 11-M va a seguir avanzando y aportando sorpresas que van a contribuir a afianzar la idea de que, cuando menos, ha habido una trama de ocultaciones, falsedades y mentiras. Pero, al mismo tiempo, parece inevitable que este Gobierno siga metiéndose en todos los charcos sin saber como salir de ellos, creando cada vez nuevos problemas a los ciudadanos, incapaz de resolverlos, y ahondando en los motivos de división y enfrentamiento que han caracterizado la peor legislatura democrática que estamos padeciendo. He sostenido que el 11-M puede ser la tumba política de Rodríguez, pero eso no significa que tenga que ser lo que le dé la victoria al PP. Es más, no lo creo. Lo que le dará la victoria al PP será que los ciudadanos vean en el partido de centro derecha una opción de Gobierno capaz de gestionar sus problemas y darles solución. Si Rajoy es capaz de combinar la crítica firme a un Gobierno a la deriva con la oferta constructiva a los ciudadanos, habrá recorrido tres cuartas partes del camino para ser presidente del Gobierno. Las obsesiones, por el contrario, suelen ser malas compañeras.
fquevedo@elconfidencial.com

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