No hay nada más irresistible y fatal que un lugar común: tiene todos los requisitos del prejuicio, pero adornado con la unanimidad de la opinión pública, aquella que da por buena y cierta una idea más allá de cualquier análisis o prueba contrastada. Incluso a pesar de las pruebas que puedan desmentirla. Lugar común por excelencia de parte de la intelectualidad bienpensante de hoy es calificar de "populistas" a políticos de América Latina, como Hugo Chávez y Evo Morales. El calificativo precede a la argumentación como un heraldo apocalíptico y exime a quien lo usa de la obligación de argumentar. Dichos políticos son populistas porque lo son y basta con oírlos hablar para estar seguro de ello. Toda una declaración de fe en las apariencias.

Mario Vargas Llosa, que es de los pocos que ha argumentado ese lugar común, descalifica a Morales por "racista" y a Chávez por "militarote golpista". Más perezosos intelectualmente, otros han abundado en comentarios sobre el famoso jersey que vestía Morales, más propios de una reunión de señoras del madrileño barrio de Salamanca que de sesudos escritores y periodistas. Y, rizando el rizo, a quienes desde la izquierda han defendido en Europa el derecho de ambos dirigentes a tener políticas alternativas se les ha tildado de paternalistas cuando no de añorantes del estalinismo. Ejemplos de la doble vara de medir con que se mesuran las cosas de América.

Más allá del acuerdo o desacuerdo con las políticas emprendidas por los presidentes electos de Bolivia y Venezuela, llama la atención el irritado desprecio con que se les critica. En la base de ese discurso crítico predominante está la negativa a aceptarlos como miembros en pie de igualdad de la comunidad política iberoamericana. Lo son de hecho (sus países participan en organismos internacionales), pero bajo sospecha, como si fueran indeseables colados subrepticiamente, con sus malos modos y aspecto vulgar, en un elegante club de gente de orden.

Y aquí el lenguaje resulta revelador. Si uno busca en los diccionarios, la palabra populismo se define como "tendencia a prestar especial atención al pueblo y a cuanto se refiere a él", y también como "actitud del que defiende los intereses del pueblo con la intención de atraer su apoyo para conseguir poder". En ambos casos, con sentido despreciativo.

PRESTAR atención al pueblo está mal visto, toda una paradoja en unas sociedades democráticas que afirman que el poder reside en la soberanía popular. El pueblo es, pues, teóricamente soberano, pero indeseable como protagonista. Es pueblo cuando se trata de legitimar el poder, pero se le considera como populacho (que es la palabra que se esconde tras el uso del término populista como descalificación) si alguien se preocupa especialmente por él. Una curiosa nueva versión del principio del absolutismo decimonónico que cabría reformular como todo en nombre del pueblo, pero sin el pueblo.

Ese tufo clasista, que impregna el uso del término populista , se percibe también en discursos como los de buena parte de la oposición venezolana, que acusa al Gobierno de Chávez de comprar el voto de los más pobres con medidas demagógicas del tipo de hacer operar gratuitamente en Cuba a quienes padecen graves enfermedades oculares. Parece claro que, para cierta gente, lo que tienen que hacer los pobres es quedarse en sus casas con su ceguera, disfrutando de la miseria secular en que viven, y dejarse de votar a quienes tan malintencionadamente solucionan sus problemas. Y no deja de sorprender tanto énfasis en la demagogia de los líderes boliviano y venezolano, cuando la retórica de la clase política en toda Latinoamérica se caracteriza, ya sea de izquierdas o de derechas, por la grandilocuencia.

POR OTRA parte, quienes se mofan de Chávez y Morales conceden a cada expresión de estos un valor absoluto en tanto que relativizan los actos de quienes se les oponen. Si Chávez usa una retórica revolucionaria, dan por hecho que se trata de un dictador, mientras que la oposición venezolana, que organizó un golpe de Estado contra el Gobierno elegido, pasa a ser presentada como víctima de la más extraordinaria dictadura que vieron los tiempos, la única en la que la inmensa mayoría de los medios de comunicación están en manos de una oposición que, además, goza de estatuto legal.

Nadie dudará de que América Latina tiene la asignatura pendiente del reparto mínimamente justo de la riqueza. Morales y Chávez han tomado medidas que dan ya beneficios palpables, como la alfabetización en Venezuela.

Pero si es necesario criticar los riesgos de esas políticas, su descalificación apocalíptica --aunque vestida de discurso democrático-- no revela sino la actitud intolerante de quien la emplea. Hoy se critica sin piedad los regímenes de partido único, pero se trata de imponer un régimen internacional de sistema económico y social único. Aceptar que otras políticas son posibles sería una buena manera de contribuir a asentar efectivamente la democracia en América Latina.

José Manuel Fajardo. Escritor.