EL CORREO CATALAN

Querido J:

Yo tenía 16 años cuando ejecutaron a Salvador Puig Antich, y aquel mediodía estaba en la librería Cinc d'Oros, que era un lugar donde se conseguían libros y noticias. Me acuerdo del rostro de aquella mujer y de su resignada desesperación.

- Sí, lo han matado. Esta mañana.

El amigo que me acompañaba guarda un recuerdo vago de la escena. Pero acierta sobre lo que sentíamos.

- Fue un chasco.

Es una palabra pequeña y escasamente heroica, aunque muy precisa. Empezando por el mismo Puig Antich, y teniendo en cuenta los testimonios de quienes estuvieron con él hasta poco antes del final, pocos creían que la condena de muerte se cumpliría. Es obvio que la pena de muerte seguía vigente en España. Y que meses antes los terroristas etarras habían asesinado a Carrero Blanco, con lo que el endurecimiento era previsible. Por último, las autoridades de la dictadura habían intentado asociar el caso Puig Antich a la delincuencia común. No repararon en medios, como debes recordar. Hasta el punto de que tampoco perdonaron la vida de un ciudadano de la República Democrática Alemana (durante muchos años llamado Heinz Chez hasta que el periodista Ribenbauer le devolvió la cuna en su libro El silencio de Georg), condenado por el asesinato de un guardia civil: la torna, en la tremenda, veraz y catalana lengua de Boadella. La asociación con la delincuencia común era, de todos modos, parcial. Digamos que era el tipo de justificación que el régimen necesitaba ante intercesiones tipo Pablo VI: pero convivía, sin duda, con la del escarmiento político. En fin: lo cierto es que la otra noche fui a ver Salvador, la película que evoca la vida y la muerte de Puig Antich.

La película tiene un interés puramente sentimental. Ni su estética ni sus objetivos se alejan de los de cualquier telenovela. Es un típico producto de la factoría biempensante y banal de la televisión catalana, y de la nación que la paga. El caso de Puig Antich daría para una y para muchas películas de cine político. Pero en Cataluña el cine político es una quimera. El cine político (entendiéndolo como un producto al margen de la propaganda) necesita la independencia de modo imperativo. Y los créditos de Salvador demuestran que casi todas las instituciones catalanas de bien han pagado la película. Entre ellas destaca el proyecto para la llamada recuperación de la llamada Memoria Histórica que dirige el consejero Joan Saura, postcomunista. Es una financiación muy compatible con el escaso interés que la película manifiesta por una de las características de la conducta política de Puig Antich y del Movimiento Ibérico de Liberación al que pertenecía: su desprecio por la oposición al franquismo. Luego remataré este asunto.

Respecto a cuestiones gramaticales, da un cierto apuro comprobar en qué suerte de éxito han acabado los antiguos movimientos modernos de Manuel Huerga. La película sólo se sostiene por los hechos. En primer lugar, porque son hechos: es decir, algo que sucedió. Basta imaginar quién la aguantaría, y quién la lloraría si Puig Antich fuera un personaje de ficción: como tantas otras veces la Historia y el espectador que la conoce aportan al planísimo relato las dos dimensiones que le faltan. Luego está la evidencia de que estos hechos giran en torno a la disposición semihumana de la pena de muerte. Su productor ha dicho, precisamente, que es una película en contra de la pena de muerte. Lástima de su calado: «La pena de muerte es cruel», dice Salvador, y dice bien. Las convenciones telenovélicas le impiden ir mucho más allá. Hay lágrimas; pero muy limpias, sin vómito. Las convenciones obligan a algo más. Por ejemplo, a la conversión de Puig Antich en el buen fantasma, un hombre cuya conducta apenas presenta motivaciones relevantes. La metáfora crucial es el momento del tiroteo. Huerga resuelve la escena a la manera d'orsiana, es decir, oscureciéndola. Una ensalada de tiros, de sangre y de huidizos movimientos de cámara le permiten soslayar lo esencial: o sea, que Puig Antich, ya inmovilizado por los policías, pudo zafarse de ellos y hacer uso de una de las dos pistolas que llevaba para disparar a bocajarro contra el que tenía enfrente. Puede especularse con que alguna bala disparada en la refriega por la Policía impactase con mortales consecuencias en el cuerpo del joven policía Anguas. Incluso puede especularse con que las balas disparadas por Puig Antich no fueran mortales de necesidad. Los hechos fueron establecidos y juzgados por una dictadura y con las garantías de una dictadura. Pero eso es irrelevante desde el punto de vista de la construcción del personaje: Puig Antich era un militante de la lucha armada que, atrapado en un portal, decide morir matando. Su actitud no es la del antifranquismo, que no llevaba pistola, porque sólo una pequeña parte del antifranquismo creía en la utilidad política de la violencia.

Hablé de todo esto con el ex dirigente comunista Antoni Gutiérrez Díaz, que en aquel tiempo era el responsable fáctico de la Asamblea de Catalunya. Todo lo que me dijo me pareció razonable: «A Puig Antich lo mató Franco y es miserable decir que hubo una responsabilidad, por omisión, de la oposición antifranquista. La oposición era una minoría. Buena parte de esa minoría (yo mismo) estaba en la cárcel. ¡El año 1974, y en la cárcel! Por si fuera poco, toda la actividad de la oposición ponía el acento en la palabra pacífica: la Huelga Nacional Pacífica era nuestro principal proyecto. Las actividades armadas se rechazaban. No hubo una sola manifestación en defensa de Puig Antich. Era la minoría de la minoría, y murió políticamente solo y aislado.»

Y es justamente aquí donde el melodrama exhibe su rostro embaucador. La condena no produjo ninguna reconsideración por parte de la sociedad barcelonesa del caso Puig Antich, ni mucho menos corrigió su marginal lugar en el mundo. La pena de muerte, su barbarie, no activó un milagro donde confluyeran el valor y la piedad. No puso en primer plano, como hace la película, el crimen de lesa humanidad que iba a cometerse. Siguió rigiendo lo principal: que Puig Antich era un hombre solo, que murió como vivió. No tenía partido, y mucho menos tenía el nacionalismo detrás. Como lo tuvieron los condenados de Burgos. O como lo tuvo, aunque persiguiéndole, el redactor-jefe Luis Galinsoga, de La Vanguardia Española, que envió a los catalanes a la mierda, en una iglesia. El que acabó en la mierda, por así decirlo, fue Galinsoga, a manos de una burguesía en pie (o de rodillas en el reclinatorio).

Da risa, una risa trágica, ver a Puig Antich convertido en una suerte de símbolo antifranquista. Y estupor causa que no haya un solo plano que refleje la pasividad y, finalmente, el chasco (más terrible esa palabra cuanto más la pongo al lado de los hechos) de la sociedad catalana ante la ejecución del muchacho. El plano era sencillo. Si metafórico: un lento travelling por el Ensanche de ventanas cerradas en la noche. Si algo más documentado, cuatro pases, incluso expresionistas (al estilo de los de la captura en el portal), de la fiesta tan chic y agradable que daban en La Oca (pronúnciese Laooooca) mientras el Gobierno daba el enterado, y que reunió a una serie de periodistas e intelectuales de izquierdas conjurados para el lanzamiento de la revista Por Favor, cuya cabecera sí fue (y crece cada día) un símbolo.

Sigue con salud

A.

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