La curva J, de Xavier Batalla en La Vanguardia
George W. Bush introdujo después del 11 de septiembre tres cambios sustanciales en la estrategia de Estados Unidos. Aumentó la desconfianza de Washington en los organismos internacionales, amplió el derecho al ataque preventivo como autodefensa hasta convertirlo en una doctrina ofensiva y, finalmente, cuando las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein no aparecieron, abogó por la democratización por las bravas como solución al terrorismo en Oriente Medio.
Theodore Roosevelt, a principios del siglo XX, convenció al Congreso de la necesidad de imponer la hegemonía estadounidense en el hemisferio occidental, pero no logró disipar la desconfianza interna hacia el equilibrio de poder, política realista atribuida al maquiavelismo europeo. Woodrow Wilson impulsó una transformación del sistema internacional basada en la democracia y los organismos internacionales, pero su ambición naufragó en un océano aislacionista. Y Franklin D. Roosevelt aprovechó Pearl Harbor para comprometer a Estados Unidos en el multilateralismo. Para el historiador John Gadis, Roosevelt, combinando el idealismo de Wilson con una visión realista, expandió la hegemonía estadounidense huyendo tanto del aislacionismo como del unilateralismo (The United States and the origins of the cold war,2000). El presidente Roosevelt inició, de esta manera, una estrategia que duró medio siglo, en parte porque su sucesor, Harry Truman, la adaptó a la guerra fría.
Bush también pretende transformar el mundo. Para después de la guerra fría, Bush cree tener otro principio organizador. "Wilsonismo con botas", ha escrito el francés Pierre Hassner para explicar la estrategia con la que Bush ha arrinconado la doctrina que George Kennan formuló para la guerra fría. La política de la contención más disuasión duró cuatro decenios, pero Bush, impaciente, se cansó de aplicarla a Saddam Hussein.
Cinco años después del 11 de septiembre, la estrategia de Bush, sin embargo, no ha hecho el mundo más seguro. Estados Unidos no ha sufrido otro atentado terrorista, pero la escena internacional es caótica y la democratización de Oriente Medio sigue siendo una revolución pendiente, como ha reconocido Bush esta semana ante la Asamblea General de la ONU. El pasado junio, Condoleezza Rice, secretaria de Estado, afirmó en la American University de El Cairo: "Durante sesenta años, mi país, Estados Unidos, ha preferido la estabilidad a costa de la democracia en esta región, y no se ha conseguido ninguna de las dos cosas. Ahora, hemos optado por otro camino: apoyamos las aspiraciones democráticas". Bush ha insistido esta semana en el tema, pero moderadamente.
Los hechos son tozudos. Las elecciones celebradas en el mundo árabe han dibujado un panorama que no es el previsto por los neoconservadores. En Egipto, los Hermanos Musulmanes han multiplicado sus escaños pese a ser ilegales. En Palestina, Hamas obtuvo la mayoría absoluta en el Parlamento. En Iraq, los islamistas chiíes dominan el nuevo Gobierno. Yen Líbano, Hezbollah, grupo terrorista apoyado por Irán, ha logrado entrar en el Gobierno. Es decir, las elecciones no siempre hacen más amigos.
¿Cómo los régimenes de Oriente Medio podrán conciliar la fe con la razón democrática? Ian Bremmer, presidente de Eurasia Group, compañía especializada en advertir sobre los riesgos políticos, ha buscado la respuesta con lo que denomina la curva J,una vieja idea que ha recuperado en su libro The J curve: a new way to understand why nations rise and fall (2006). La curva J se forma con el cruce de los datos apuntados en dos ejes: el eje x, que mide la apertura política de un gobierno, y el eje y, que indica el grado de estabilidad del país. Las conclusiones a las que ha llegado Bremmer son las siguientes: primero, la curva indica que regímenes como los de Corea del Norte o Cuba son mucho más estables que determinados países con un sistema más abierto; segundo, la transición de estos regímenes cerrados hacia la democracia sólo se dará "en un periodo de peligrosa inestabilidad", y tercero, un régimen poco abierto políticamente, que se situará en la parte izquierda de la curva J, es mucho más fácil que aumente su estabilidad si se endurece que si se liberaliza.
Bremmer arremete contra quienes pretenden ahorrarse una transición democrática, banderilla destinada a la Administración Bush, inicialmente convencida de que la democracia entre los árabes era simplemente liquidar a Saddam. Bremmer, por el contrario, cree inevitable una transición y considera contraproducentes las sanciones económicas y el aislamiento de los regímenes dictatoriales. Por eso propone el diálogo y el intercambio, como el palo y la zanahoria, para lograr una gradual liberalización. Bush ha afirmado ahora, cuando le quedan 28 meses en la presidencia, que "Occidente no está en guerra contra el islam" y que hay que apoyar a "moderados y reformistas en Oriente Medio". Los remedios de Bremmer suenan razonables, pero exigen mucho tiempo y paciencia. Nunca ha sido fácil cambiar el mundo.
