A primeros de junio, la Fundación Alternativas me hizo el honor de invitarme a un seminario que se celebró en Mérida, dentro de unas jornadas itinerantes por distintas autonomías, bajo el significativo título de «La España plural». De cuanto se dijo sobre la presente situación política de Extremadura, así como de su papel en el conjunto del país, se barruntaba una necesidad de respuesta ante dos nuevas realidades incuestionables. Primero, ante los cambios ya iniciados en el llamado modelo territorial de España. Segundo, ante el hecho de que, a partir de la victoria de Zapatero en 2004, una nueva generación había llegado al poder.
Extremadura, como Asturias, no había asumido ninguna iniciativa en el proceso de reforma de su Estatuto de Autonomía. Ni siquiera se había debatido a fondo acerca de la conveniencia de ese posible cambio. Extremadura, también como Asturias, no había hecho el relevo generacional en su Gobierno. Se imponía, pues, la necesidad de reflexión y de debate.
En el tiempo transcurrido desde entonces, con la decisión tomada por Ibarra, se abre la posibilidad de un relevo generacional, no necesariamente menos importante que la eventual alternancia de los partidos en liza. En cuanto a su Estatuto, podría darse por seguro que la posible reforma no será abordada hasta la próxima legislatura autonómica, que comenzará antes de un año. Se abren, pues, expectativas para esta tierra con la marcha de Ibarra.
La retirada del actual presidente de Extremadura confirma la jubilación política de la generación sesentayochista, cuyo icono mayor, que dirían los pedantes, fue Felipe González. Pero, más allá del juicio que nos pueda merecer la obra política de esa generación, lo más esencial en este momento es que con su retirada pasa a la historia la forma de hacer política que, con sus vaivenes y períodos, se vino haciendo desde el 82 a esta parte por parte del PSOE.
Es sobradamente conocida la tendencia de Ibarra al periodismo declarativo más demagógico. Estamos hablando de un político que se mostró, como mínimo, comprensivo con el terrorismo de Estado. Estamos hablando de un político cuya idea de España apenas dejaba sitio para la pluralidad. Estamos hablando de un político que no se mostró jamás crítico con la corrupción generalizada que tuvo lugar en el felipismo. No es ése el Ibarra que más nos puede interesar, entre otras cosas, porque su discurso en tal sentido nunca dejó lugar a interpretaciones más allá de una literalidad bastante ramplona por lo demás.
Lo que más interés suscita con respecto a este hombre es la labor que hizo puertas adentro. Los datos son inequívocos en cuanto a que siempre contó con el respaldo electoral de su ciudadanía. Ahora bien, cabe preguntarse qué proyectos políticos se plantearán en esta tierra a partir de ahora. No cabe ninguna duda de que no se le podrá negar el apoyo solidario del resto de España, lo que no es óbice para que haya una decidida voluntad de progreso, así como de la búsqueda de acomodo y de encaje en la España que se forjará cuando se consoliden las reformas estatutarias que ya están en marcha.
Este hombre, en su periodismo declarativo, fue un jabalí de la política, se decantó por un discurso celtibérico que rozó lo insuperable. ¿Y ahora? Acaso se ponga de relieve con más claridad que nunca que, de todos los desequilibrios existentes en este país, el que tiene más difícil solución es el derivado de aquella improvisación que supuso el llamado «café para todos» del ya legendario ministro Clavero.
A la nueva generación que está en el poder le toca recomponer el tinglado. Y a la izquierda le corresponde poner sobre la mesa una idea de España que en su momento tuvo, pero que lleva décadas sepultada, no sólo las que se corresponden con el franquismo.
Y ese proyecto de España precisa del concurso de aquellas tierras y de aquellos dirigentes que intenten conjugar los llamados «hechos diferenciales» con una empresa común que busque equilibrar las aspiraciones particulares con los afanes comunes.
El equilibrio de este país no llegará mientras sólo estén sobre el tapete los particularismos que en su momento denunció Ortega. Al otro lado de la balanza tiene que ir lo general, lo común. Ahí es precisamente donde la izquierda tendría mucho que decir.
Por lo demás, estamos hablando de una tierra donde la historia quiso asentarse. Estamos hablando de una tierra que desparramó su genio y su ingenio universalmente. Estamos hablando de una tierra que siempre buscó una salida a través de ese océano de posibilidades que es el Atlántico. De una tierra de forjadores.
Extremadura tiene potencialmente mucho que decir. Esperemos que no tarde en hacerlo.

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