Aunque ante las próximas autonómicas el catalanismo no tiene casi nada que decir, casi cero mensaje, reafirmación y retórica aparte, cero concreción en propuestas para esta pequeña nación, el resultado va a influir muchísimo en su estado de ánimo. Según hablen las urnas, el catalanismo volverá a creer en sus capacidades motrices e intentará levantar el vuelo.
Si hablan a favor, porque si no hay inyección electoral de optimismo continuaremos igual de alicaídos durante toda la legislatura. No pierdan nunca de vista que el catalanismo ha sido y es el único motor político, el principal motor moral y social de Catalunya, y que cuando se para, como no tiene alternativa, entramos en apatía colectiva. ¿Alguien conoce a un catalanista, uno sólo, que no considere que en el asunto del Estatut no hayamos salido trasquilados, no tanto por las rebajas en sí como por la impotencia, la incapacidad de evitarlas o por lo menos de forcejear para conseguir una cierta recuperación al alza? Anonadado está, el pobre, boquiabierto, y habiéndose tragado de un bocado el Estatuto de Rubalcaba. Que el vigente sea, a pesar de ello, bastante mejor que el anterior Estatut, que fuera refrendado sin problemas, no cambia nada de lo dicho. No hablo ahora de política sino de algo anterior, la confianza psicológica que precede a la acción política. Esa confianza, al catalanismo le ha quedado por los suelos. Cómo va a proponer objetivos, con esa cara de tonto que se le ha puesto. Lo máximo que puede hacer es mantener presencia y esperar que las papeletas le devuelvan la sonrisa.
¿Qué resultados favorecerían la recuperación del pulso del catalanismo, y al revés? La pugna entre CiU y el PSC ocupa gran parte del escenario. Desde luego que si, contra todo pronóstico, Montilla consigue un resultado mejor que el de Maragall, no van a pintar bastos, pero sí se va decolorar la baraja entera. Catalunya se parecería entonces a Andalucía - autonomía no incómoda al poder central, granero asegurado de votos al PSOE a cambio de algún favor- mucho más de lo nunca imaginable. No es tan descartable que Artur Mas se supere a sí mismo y CDC saque pecho, pero eso sólo valdría si el PSC bajara lo suyo o el diferencial de diputados creciera de modo espectacular a favor de CiU. La apatía con la que se encara el proceso - tanta que iba a hablarles de otra cosa, pero al final he decidido portarme bien- llevaría a descontar, pongamos por caso, una subida de tres diputados para CiU y un descenso del mismo calibre para el PSC. Sería mucho, pero podría ser digerido con facilidad y por lo tanto no tener consecuencias. Ni que fueran cuatro arriba CiU y cuatro abajo el PSC, a no ser que la mayor parte de este diferencial se debiera a un trasvase de la izquierda hacia la derecha. Entonces sí habría vuelco, si bien el catalanismo estaría muchísimo menos satisfecho que Artur Mas. Pero si CiU subiera casi todo a costa del PP y el PSC bajara a favor de IC, el efecto político y psicológico sería escaso. No se puede descartar, pero es improbable, bastante improbable, que el catalanismo recupere fuerzas o las siga perdiendo a consecuencia del duelo Mas-Montilla. Lo predecible es que, por el desenlace de la principal batalla, el catalanismo se quede como está. Con menos variación cuanto menos cambie la distribución de escaños.
Tampoco echaría nadie las campanas a vuelo porque los partidos de obediencia catalana incrementaran su mayoría en un par o tres de diputados. Lo que en cualquier otro momento sería muy celebrado ahora no despertaría a la fea durmiente. Cinco, seis, siete, entre CiU y ERC (a condición de que ERC no bajara más de dos), entonces sí daría un brinco y se preguntaría dónde estoy, en qué paraíso artificial despierto creyéndome amodorrada GALLARDO en el cuarto oscuro.
Lo que, a mi juicio, podría conllevar mayores cambios está en los extremos. Aunque no sean extremos extremistas, ERC y el PP, al estar situados en lados opuestos del arco parlamentario, actúan en cierto modo de arbotantes. De manera que si los muros de la nave catedralicia (CiU y PSC) no se desplazan mucho, las variaciones de los contrafuertes pasan a ser lo más significativo. Veamos. Si el PP no baja, con la que le ha caído y le cae, señal de que en el futuro crecerá, a no ser que el catalanismo siga aletargado. Si en el otro lado baja ERC, por poco que sea, el mensaje para el catalanismo será de espera y aguarda. Si el PP baja algo y Esquerra se queda más o menos donde está, pequeña inyección de moral vitaminada. Al revés, si el PP se mantiene y ERC baja, manto invernal de cuatro años. Sólo si Esquerra subiera y bajara el PP, el catalanismo se pondría de nuevo las pilas, los dos grandes se desperezarían y empezarían a competir para diseñar nuevas cotas de autogobierno. Pero eso sería tan extraordinario que ni lo sueña la fea durmiente. Sí parece inexorable, en cambio, que el nacionalismo vaya incrementando su mayoría, se encuentre o no en fase depresiva.

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