Mi respeto para todas las creencias de todas y cada una de las personas. Dicho esto, me parece que es necesario dejar claro que los errores son errores y que hay que reconocerlos como tales, a no ser que no se quiera hacerlo. Me refiero a esa desgraciada cita que hizo Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) ante un auditorio científico en la Universidad de Ratisbona, una cita de un personaje del siglo XIV que hablaba de la yihad y el Corán, en términos de poca racionalidad.

Una buena parte del mundo sabe quién es Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, y también sabe lo que es un erudito; él también lo sabe, claro, y no resistió a la tentación de mostrarlo ante un auditorio de científicos con tan mala pata que escogió unas frases de un personaje del siglo XIV para descalificar de alguna manera al islam.

No se han hecho esperar las respuestas airadas del mundo musulmán. Tal como está el mundo ahora, con las tensiones abiertas en Oriente Medio que han obligado a interponer una fuerza internacional entre Israel y Líbano en un intento de contener la escalada de odio que ha destruido buena parte de aquel país; tal como está la sensibilización de la población mundial con respecto a los atentados terroristas cometidos por algunos fanáticos de cualquier creencia, sólo faltaba que Joseph Ratzinger se permitiera esas licencias de mostrar su erudición,por decirlo de alguna manera. El narcisismo otra vez, sea Papa o persona de a pie - da lo mismo-, sigue las mismas reglas; en medio del baño de masas rendidas se baja la guardia y el inconsciente sale a pasear y dice lo que seguramente piensa. Sigmund Freud tiene razón una vez más.

Lo preocupante del caso es precisamente que Joseph Ratzinger haya escogido ese personaje y esa frase descalificadora para mostrar su erudición. No es casual.

El portavoz del Vaticano se ha apresurado a decir que el Papa no quería ofender a nadie, tan sólo quería descalificar la violencia como método. Bueno, pues si eso es así, podría empezar por pedir perdón por lo que la Iglesia católica ha hecho a sus gentes a lo largo de la historia, empezando por las cruzadas en la edad media, la Inquisición, la quema de mujeres como brujas cuando no eran dóciles a sus mandatos y el cómplice silencio de Pío XII durante el nazismo entre otras muchas cosas.

Primum non nocere (en primer lugar, no hacer daño); ésa es la máxima por la que se guían desde siempre los profesionales de la medicina. Lo mismo se podría aplicar a las religiones, pero parece que el poder que da el estar al frente de una jerarquía, sea la que sea, no casa bien con esa máxima tan modestamente humana.

A veces, una añora enormemente a un Juan XXIII que era la imagen de la concordia entre las gentes. Daba igual si se era creyente o no, la hombría de bien que transmitía aquella persona trascendía el ámbito de las religiones y de las jerarquías.

De cualquier manera, cuando uno tiene un lugar en un centro de poder, si se quiere ser útil al mundo se debería tener más en cuenta lo que pasa en derredor y mesurar las palabras y el impacto que puedan tener. A no ser que se quieran decir expresamente y, en este caso, ya no valdría la excusa de no querer herir a nadie; prefiero pensar que la frase extemporánea ha sido un lapsus del inconsciente. Los lapsus ponen de manifiesto por dónde van los pensamientos y no es tranquilizador que el máximo jerarca de una Iglesia se muestre tan poco ecuménico.

Error político aparte, eso es lo preocupante.