Ahmed Tommouhi fue puesto en libertad el pasado lunes, después de pasar más de 13 años en la cárcel. La terrible novedad es que su prisión fue injusta. Había sido acusado de diversas violaciones, en procesos plagados de irregularidades, cuyo examen ha de avergonzar al Estado de Derecho. En la única de las acusaciones en que fue posible cotejar su ADN se demostró que el criminal era otro. Las irregularidades de su condena llegaron al extremo de que el fiscal de la Audiencia de Barcelona y el Tribunal Supremo pidieron su indulto. El Gobierno nunca lo concedió: ni éste ni los anteriores gobiernos. Durante estas dos décadas Tommouhi renunció a cualquier tipo de beneficios penitenciarios, incluyendo el tercer grado.
Igualmente se negó a pedir el indulto. Incluso esta extraña y anacrónica forma de honor acabó volviéndose en su contra, en nuestro mundo deshonrado. Hace unos meses, el propio ministro de Justicia, tras aplicarme un patético discursillo sobre la responsabilidad de los gobernantes en asuntos tan gravísimos, creyó haber hallado la prueba (filosofal) de la culpabilidad de Tommouhi: «Mire, fíjese en el detalle, tan significativo: no colabora». En efecto: nunca en 13 años, hijo malogrado de una dignidad premoderna, Tommouhi colaboró en la imposible tarea de saberse culpable.

Haré una afirmación del tipo de las que están a la moda: de la cruel injusticia cometida con Tommouhi tienen la culpa las mujeres. Ya sé que no sólo es una afirmación a la moda, sino estúpida. El problema para los/las que lo detecten es que tendrán que arrostrar simultáneamente la estupidez de todas las afirmaciones de ese tipo: entre ellas la que hace a las mujeres víctimas indiscriminadas de una oscura violencia de género, masculina por supuesto. Como sé que no van a arriarse del burro, yo no voy a ser menos y así seguiremos hasta el fin del artículo. Tommouhi fue condenado por el incierto testimonio de unas víctimas en un reconocimiento que fue más bien un descubrimiento. Cuando fue posible cotejarlo con una prueba objetiva la acusación se deshizo. Ha permanecido en la cárcel, a pesar de la opinión contraria de fiscales y magistrados, porque la desidia y la cobardía política de quienes no han querido encararse con la incorrección, tan impopular, de poner en la calle a un condenado por violación. Sé que durante años muchas mujeres violadas han visto cómo sus criminales, perfectamente reconocidos por ellas, escapaban de la Justicia porque el testimonio de la víctimas se consideraba insuficiente. El péndulo está ahora en el otro lado. Bien está. Pero las mujeres (sigo con la sinécdoque, como les gusta) habrían de saber que los 13 años robados a Tommouhi también forman parte del precio de su libertad.

(Coda: «¿En que se parecen usted y el señor Tommouhi? En que ambos son inocentes. ¿En qué se diferencian? En que a él le encontraron un parecido con un violador y a usted, de momento, no.» Manuel Borraz, en www.geocities.com/eva_bobrow/Tommouhi.html).

© Mundinteractivos, S.A.