Fui a ver Salvador con mi hija de doce años y salimos los dos emocionados y con pocas ganas de hablar, aunque convenimos que de eso se trataba, de hablar sobre ello. Llegamos a casa, busqué el libro La torna de la torna y nos lo leímos, uno después del otro, de un tirón. La torna de la torna es obra de Carlota Tolosa, el colectivo de estudiantes de la Autònoma que bajo la batuta de Ramon Barnils hizo, pocos años después del día fatídico de 1974, una investigación seria sobre los hechos ocurridos, sobre el MIL, sobre las sombras de la acusación y la parodia del juicio, sobre los últimos días y horas de Puig Antich antes de la ejecución. Necesitaba el contraste de este gran libro, seco y cortante, con la película de Roures y de Huerga (y de Escribano y de Arcarazo) para encontrar aquello que no estaba en el filme, para intentar comprender mejor esta sensación paradójica que Salvador me produce: es una película útil, clarificadora, y al mismo tiempo es una encrucijada sobre las dificultades de transmitir las claves políticas y emocionales de una época que es también la de ahora.
El libro me dio una primera pista: los capítulos dedicados a la vida interna del MIL, con sus ideas, sus discusiones, sus textos y panfletos, la manera de imprimirlos y de distribuirlos, no tienen ningún clímax dramático, pero son, en cambio, esenciales para intentar comprender cómo es la vida interna de un grupo armado. Filmar esta vivencia es uno de los grandes retos del cine político moderno que busca la revisión de la militancia radical de los años setenta. Marco Bellocchio consiguió acercarse mucho a ello con Buongiorno notte,con una estrategia narrativa inversa a la de Salvador:allí se rehúyen todos los momentos de alta temperatura dramática (la muerte de Aldo Moro, el destino de los brigadistas) para intentar hacer comprender la cotidianidad de este grupo, sus dudas y sus convicciones, su antiheroísmo.
El otro gran reto que debe afrontar un filme como Salvador es hacer comprender la calaña del enemigo contra el que se erige este grupo armado, el del MIL, y las contradicciones con otros grupos que buscan cosas parecidas por otros medios. Es decir, cómo hacer sentir el pulso del Estado policial franquista, cuál es su asfixia, cómo hacer comprender el abanico de actitudes políticas para derribarlo. Ante un reto similar, Ken Loach en El viento que agita la cebada opta por la contundencia: en los primeros diez minutos de película ya entiendes que los ocupantes británicos son unos asesinos de crueldad infinita ante los que sólo existe la solución de responderles con las mismas armas, a sangre y fuego. En Salvador,la identificación de este enemigo es mucho más matizada y poco compartible emocionalmente: los grises cargando en una manifestación en la plaza Universitat no se diferencian en nada de los policías que, ayer mismo, cargaban contra otros jóvenes en Budapest. Esta visualización de la crueldad de un régimen ahogante sólo se produce en el interior del microcosmos de la cárcel, en las horas de espera ante la muerte. Allí, entre los funcionarios que se alegran por el destino trágico de Salvador, podemos sentir este clamor indignado ante la injusticia, aunque todos sepamos que esta crueldad organizada no es sólo propiedad de los regímenes autoritarios.
Salvador es, pues, una película que, aunque no lo pretenda, convoca al debate. Su vocación primordial es golpear la conciencia, hacer enmudecer al público, dejarle con la conmoción y el dolor interior, llevarlo hasta el extremo de la empatía emocional. Pero, como se puede comprobar por las opiniones cruzadas, y respetuosas, que suscita, esta estructura paroxística no agota su contenido. Y como ocurre algunas veces, sus limitaciones emergen como algo tan interesante como sus logros. Porque son dilemas sobre la representación de nuestro tiempo. Y sobre sus límites.

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