El 11 de septiembre del 2003, como también hice después, escribí una serie de artículos que preten- dían examinar quién era esa gente que había atentado contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y por qué estaba dispuesta a batallar contra el poder y la influencia de EEUU en Oriente Próximo, y de una forma particular en Arabia Saudí, patria de Osama bin Laden y cuna de los santos lugares islámicos.
Se trataba de gente utópica y de gran radicalismo religioso, sin ninguna posibilidad de éxito en su intento de recrear en nuestros días su visión del mundo árabe durante aquellos años en que los seguidores de Mahoma salieron de Arabia hacia Irak, arrebataron Siria y Jerusalén al Imperio Romano de oriente, conquistaron Egipto y Persia, y crearon un imperio mediterráneo que con el tiempo se extendió hasta los Pirineos y Viena.

Unos hombres, armados con cúteres y bombas, que no iban a reconstruir ese imperio, como tampoco lo iban a hacer los militantes de Bin Laden desde sus grutas afganas, aunque a juzgar por los discursos del presidente George W. Bush de los últimos días sobre el "islamofascismo", él sí piensa que podrían hacerlo si este noviembre no saliera reelegido el Congreso Republicano.

A estos nuevos islamistas no les preocupaba Israel, sino el islam (su integridad, su pureza, su futuro... y sus enemigos). Sus creencias hallan su origen en el movimiento de reforma musulmana wahabí del siglo XVIII, que postulaba que todo cambio o añadidura al islamismo efectuado desde el tercer siglo islámico (el siglo IX de nuestra era) era ilegítimo y debía ser eliminado.

Uno de mis lectores del Chicago Tribune me mandó un furioso correo electrónico en septiembre del 2001 en el que me preguntaba por qué seguía dando la vara con el trasfondo histórico y cultural del tema. "¿Está intentando racionalizar el asesinato de 6.000 inocentes?", preguntaba (aún no estaba claro el número exacto de víctimas). Dijo que a él no le importaba quiénes eran los terroristas ni por qué hacían esto. Que él clamaba venganza. Y si yo me empeñaba en explicar quiénes eran, entonces yo debía de estar de su lado...

HE AQUÍ una reacción comprensible, aunque destructiva, porque fue también la de la Casa Blanca, que lanzó al Gobierno hacia una carrera que, cinco años después, ha generado guerras que EEUU está perdiendo en Irak y Afganistán, y pronto, posiblemente, en Irán o incluso Siria.

Mi lector de Chicago no tenía ningún interés por saber quién era esa gente, como tampoco lo tuvo la Casa Blanca. Y, en cambio, el Gobierno de EEUU sabía muchas cosas de Al Qaeda --en definitiva, un resultado de una iniciativa de la CIA en Afganistán durante la ocupación soviética--. La CIA y el Departamento de Estado lo sabían todo del auge y la influencia de las corrientes fundamentalistas islámicas en Oriente Próximo y en otros sitios, como lo sabían la policía y los servicios de seguridad de varios países europeos, así como algunos especialistas académicos en EEUU y Europa.

Estos conocimientos, al parecer, no tenían ningún interés para la Casa Blanca. Richard Cheney y Donald Rumsfeld, por su parte, ya tenían claro que querían invadir Irak, por motivos aún no reconocidos. Una evaluación realista de la amenaza del terrorismo, que nada tenía que ver con Irak (como Bush y Cheney han admitido cinco años más tarde), habría mostrado esa amenaza como modesta y potencialmente controlable, como ha demostrado ser.

El presidente Bush y Karl Rove, su gestor de propaganda, prefirieron el modelo de la guerra fría global --la "larga guerra"-- susceptible de ser presentado al público americano como una "lucha por el mundo", al estilo de lo que pretendió el comunismo, para así movilizar a los americanos alrededor de un Bush tocado con su cazadora de piloto.

Parece inevitable que Irak, como Estado, quede roto, sumergido en la violencia sectaria y en el terrorismo, en condiciones peores que las que tenía bajo la dictadura secular de Sadam Husein (un régimen que habría acabado al morir él, o cuando hubiera sido derrocado por un golpe de Estado, o una revuelta, como ha pasado con todos los líderes anteriores del Irak moderno).

Afganistán vuelve a ser el principal productor mundial de opio, un país dominado por señores de la guerra, con los talibanes reinstalados y controlando una gran parte del país más allá de Kabul; su Gobierno es débil, y las fuerzas americanas y de la OTAN luchan por reforzar la autoridad de Kabul.
Los que sienten una especial debilidad por las teorías conspirativas, en las que los protagonistas son el petróleo e Israel, deberían considerar que ahora Irak producirá poco o ningún petróleo para EEUU, o para cualquier país, durante unos cuantos años, y que la monarquía saudí y los gobiernos productores de crudo en el Golfo han sido nuevamente amenazados por militantes fundamentalistas.

SADAM ha sido eliminado como amenaza lejana de Israel, y aquel círculo que formaban una serie de estados y movimientos violentos de persuasión chií ha sido reemplazado. Hoy Hizbulá ha puesto a Israel bajo el fuego de sus misiles, y ha humillado al Ejército hebreo. Esto, en parte, es culpa de los geopolíticos amateurs de la iniciativa neoconservadora New American Century (el nuevo siglo americano) y sus aliados en Washington. A Israel no le convienen amigos de este estilo, ni Bush, quien, gracias a su ayuda, el día del quinto aniversario de los ataques del 11-S daba la impresión, más que nunca, de que acabará su mandato como el presidente más desastroso de la historia de EEUU.

William Pfaff. Analista político estadounidense.

®Traducción de Toni Tobella.