CANELA FINA

Hierven las lágrimas sobre la piel del artista, pura sangre de la moda, que derrama una lluvia de diosas en la pasarela. Es el fulgor del oro fundido, las caderas furtivas del otoño, la abdicación del mar en las tarimas. Hay como una hoguera de ojos encendidos durante el desfile, el público atónito, escrutando las telas y la soledad de las adolescentes enjauladas. Vuelve Ezra Pound entre los trajes, Quasimodo en la tarde que se hace de repente, Alberti aterido.
Cruje la piel de las modelos como el pan caliente. El desdén de Bimba Bosé es el dios de los sonetos del amor oscuro de Federico García Lorca, la red azul de los párpados, la palabra lastrada del rocío de Gamoneda, la androginia consagrada en el altar. Brilla la piel solícita del aire en la apoteosis de las telas mientras, con voz trémula, canta Cavafis los cuerpos de esmeralda y musgo que desfilan como un río.

David Delfín es el fulgor en la pasarela, la tijera incandescente, el aspaviento de la provocación, el sollozo coital. Es el Picasso de la moda. He dicho alguna vez que tiene la apariencia limonar del pillete de barrio. Desde que asistí al desfile de su consagración -moda, música, pintura, poesía, danza, arte- en la galería Soledad Lorenzo, he seguido a este artista ávido y recental. Ay, aquel centauro de Calíope, aquella falda que caminaba sola cubriendo a la modelo contorsionista Olaia. Ay, aquellos vestidos horca, aquellos desnudos corbata. Ay, las carnes entumecidas, los altivos rabeles de la negritud, los inacabables muslos, los vestidos incesantes de la imaginación, el fuego de los colores y los volúmenes. Ay, las espadas como labios de Aleixandre, la plaza soleada de los vientres desvelados, los pechos melancólicos, bajo las transparencias, del verso de Octavio Paz, dos iglesias donde oficia la sangre sus misterios paralelos.

No hay rastro de ceniza en la moda de David Delfín, que se orgasma con la tembladera del desfile, sino clave venturosa de la vida, lluvia del azogue y los cuchillos, aceñas clandestinas en el tiempo del desamor. Los vestidos no son sudarios habitados sino alborada y sementera. Parpadean los diseños del genio creador. Bimba Bosé, mi amor, es la música del vértigo y el olvido. Bajo la miel silenciosa de su piel arde la saliva de la alheña y el corazón desmenuzado. ¡Qué voz la de sus venas desgarradas, qué ardor el de su cuerpo estremecido, que suaves sus pisadas, sus pisadas!

La crítica especializada -con Pedro Narváez, el mejor de todos, a la cabeza y la triste ausencia de la inolvidada Silvia Castillo- señalará los aciertos de David Delfín, al que pisa los talones mi admirada Amaya Arzuaga, y también sus defectos, que los tiene. Pero nada puede fragilizar la calidad del genio instalada en el arte puro por encima de las modas y los modos.

Asistí como todos los años al desfile de David Delfín, abarrotado de público y expectación. La inteligencia y la eficacia de Fermín Lucas y la sensibilidad de Cuca Solana han edificado en el Retiro una carpa espléndida a la que no falta nada. David Delfín, con esa sorna interna que le transpira los ojos, llevó a la pasarela la máxima provocación: este año decidió no provocar. Desfiló, con algún convencionalismo, la caravana de los vestidos de la sencillez y la imaginación. David Delfín es también el estupor de la memoria, el terso cuerpo erecto de la diosa esquiva, la máscara de la agria tradición, la rosa abierta de los pétalos carnales, olvidada ya la huella fugitiva de los albañales, el rastro de los antiguos andrajos, el tacto tembloroso de la sangre nueva.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.

© Mundinteractivos, S.A.