En estas tierras del Principado hubo un tiempo en el que el mundo parecía que iba a acabarse porque Iberia había decidido dejar de volar a Asturias porque había encargado esos servicios a Aviaco, que era compañía suya, y que luego reintegró en su seno. Las fuerzas vivas interpretaron el cambio como un desprecio a la región, como que éramos de segunda. En la realidad no cambiaba nada: solo la pintura de los aviones y la gestión comercial bajo la misma bandera de la entonces compañía pública. Muchos de aquellos que entonces protestaban acaloradamente son ahora los que defienden con más ahínco la presencia de compañías de bajo coste en el aeropuerto asturiano. Compañías que, por lo general, lo primero que piden son subvenciones a los gobiernos regionales. A poco que les rueden bien las cosas terminarán por expulsar del lugar a Iberia y a los operadores tradicionales.

ESTE ES UN ejemplo muy evidente de las muchas contradicciones con las que nos hemos topado de bruces los asturianos en los años de la democracia. Han sido tantos los giros y tan radicales que cualquiera con buena memoria sonrojaría a la mayor parte de los opinantes habituales de la región que convierten lo blanco en negro con facilidad pasmosa. Y, sin embargo, ninguno se inmuta ni se da por aludido.

En el mundo de la publicidad la obsesión de los creativos es dar con aquellos ciudadanos que marcan la pauta, que ejercen influencia sobre los demás para crear estados y corrientes de opinión. En Asturias eso tiene una solución fácil en el ámbito político y económico. Desde hace años marcan esa pauta unos pocos que se han ido manteniendo en el candelero al margen de la enorme evolución social de la región.

GENTES QUE además se entretienen con disputas entre ellos que, desde tiempo atrás, carecen de interés para el resto de los ciudadanos. Que gobiernen unos u otros casi ha sido secundario en estos años. Al fin y al cabo bien sabe todo el mundo que, desde el primer momento, partidos, sindicatos y otros poderes han intentado, por las buenas o por las malas, que el poder estuviera siempre fuera del ámbito de la administración. Y casi lo han conseguido.

Este de los aviones no es asunto baladí. Refleja una manera de pensar retrógrada y aldeana. No solo porque las opiniones sobre el comportamiento de los viajeros suelen ser poco fundadas cuando no directamente temerarias por parte de quienes las exponen, sino porque justamente quienes se llenan la boca con que sea el mercado el que regule la vida económica, en los servicios aéreos defienden con pasión las ayudas públicas. Por qué hay que subvencionar a una compañía extranjera para que enlace Asturias con otros destinos? Solo por la funesta manía de comparar con otras comunidades. Pues bien muchos de esos que aprueban que el Gobierno destine cantidades importantes para tales fines suelen rasgarse las vestiduras ante otras muchas subvenciones más necesarias para el buen funcionamiento de la vida social y económica de Asturias.

En España se ha instalado un papanatismo comparativo entre comunidades autónomas que ha alterado el sentido más elemental del comportamiento político. No hay gobierno que resista las presiones de quienes le afean su conducta por no ser tan ágil y despierto como el de Cataluña, Cantabria o Galicia. Bajo esa premisa no hay manera de gobernar, máxime cuando se está hablando de asuntos con mucha relevancia en los medios de comunicación y entre los políticos pero de escasísimo peso en la realidad.

En los últimos años del gobierno de Pedro de Silva se intentó poner en marcha una conexión por ferry entre Gijón y Lorient, en la Bretaña francesa. Una idea muy bien intencionada y bonita pero que no resistía el más mínimo examen comercial. Antes de que el proyecto echara a andar un grupo de periodistas asturianos visitamos en Roscoff a los propietarios de la empresa que desde hace más de tres décadas une Santander con Plymouth en el suroeste de Inglaterra. Nosotros preguntamos entusiasmados por qué ellos no eran partícipes de aquella línea. Aquellos curtidos propietarios franceses fueron bastante lacónicos en su respuesta: nosotros no participamos, vinieron a decir, en propuestas de carácter político que quedan bien ante la opinión pública pero no son rentables. En efecto la conexión fue un fracaso rotundo del que se ha dejado de hablar para siempre.

Pues eso. No parece que estén los tiempos para gastar esfuerzo, y sobre todo dinero, en propuestas atípicas que contradicen los postulados más elementales de quienes las propugnan. Ya está bien de dar cobertura y apoyo a empresas que vienen del exterior, están el tiempo justo para percibir las ayudas y luego se van. Hay muchos, pero muchos pequeños empresarios asturianos y bastantes ciudadanos que saben por experiencia que lo que no puedas resolver por ti mismo no va a venir nadie desde fuera a arreglártelo. Y por tanto, más rigor a la hora de gobernar y menos papanatismo entre los opinantes que suelen repetir las tonterías al uso sin contrastarlas. Aunque solo sea por no contradecirse.

Mario Bango. Periodista.