ESAS cintas de Marbella, con su crudo lenguaje de mangantes sin tapujos, son todo un retrato de época. Como lo fueron en su momento las del «caso Ollero», tan parecidas, y antes las del «caso Naseiro», en las que se oía a un futuro prohombre decir aquello de «yo estoy en la política para hacerme rico». En ambos precedentes, las escuchas acabaron anuladas por defecto de forma, y sus protagonistas absueltos, pero jamás podrán eludir la condena moral de su desvergonzada indecencia. «Dos o tres golpes más y me retiro», decía un comisionista de la trama del Cacerolo. «Hay que coger el dinero, que esto se acaba», urgía en Marbella un concejalillo venal. Y García Marcos, la política presa que se autodenominaba presa política, sentencia en una frase para la historia de la infamia: «Yo, papel que hago, papel que cobro».

Quizá lo más grave, lo más doloroso de toda esta procaz compraventa de voluntades sea la evidencia descarnada de la trastienda pestilente de nuestra escena pública. Cada vez que la policía pega la oreja a los teléfonos de unos próceres, lo que se oye es el ruido de unas cañerías saturadas por el fango de la corrupción y la mentira. Tipos con apariencia respetable que roban a dos manos, representantes públicos entregados a la orgía de la conspiración, desvergonzados dirigentes que manejan como feriantes de barraca el guiñol de la actividad política. Guiones de tan manifiesta brutalidad, de tan palmaria crudeza, que ni siquiera servirían como boceto de un esperpento; si acaso, de una comedia macabra y nihilista sobre la débil encarnadura moral de la condición humana.

Ésas son, sin embargo, las verdaderas voces de nuestro sistema político. Las que llaman «comemierdas y figurones» a los concejales por no ser lo bastante diligentes en el latrocinio, las que manifiestan un burdo y cruel desprecio por los funcionarios que intentan siquiera salvaguardar las apariencias, las que, como en Hungría, ponen de manifiesto el embuste masivo que sirve de pantalla contra la zozobra del pueblo. Pobres húngaros, por cierto, que aún se escandalizan con una ira ingenua al descubrir que los Gobiernos mienten.

Porque los verdaderos comemierdas, los figurones de este siniestro bululú de perversiones, somos en realidad nosotros, los ciudadanos, que con nuestro voto y nuestros impuestos sostenemos una estructura corrompida que nos utiliza como carne de cañón. Detrás del escenario político donde se representa una ficción democrática se oculta una tramoya de conspiraciones de salón y restaurante, una tropilla de expertos demagogos enredados en querellas de ambición, de poder o de dinero. A veces, nos cabreamos sorprendidos cuando se manifiesta el pico de esta sórdida certeza que no nos gusta admitir: somos comparsas de un teatrillo podrido que nos muestra un reparto de títeres para encandilarnos mientras sus verdaderos dueños nos birlan la cartera y, lo que es mucho peor, nos arrebatan la inocencia.