LA investigación policial abierta sobre el ex conseller de la Generalitat Antoni Fernández Teixidó para conocer cuál es el grado de relación que mantiene con un presunto miembro de la mafia rusa debería ser, en estos momentos, algo más que un simple quebradero de cabeza para Artur Mas. Yno tanto porque existan pruebas fehacientes que le obliguen a apartarlo de la lista de Convergència i Unió -ocupa el noveno lugar por Barcelona-, sino porque en el mejor de los casos corre el riesgo de que el asunto gravite como un péndulo informativo durante toda la campaña electoral. Sin que haya datos acusatorios, lo cierto es que en su primera intervención pública, una vez se conoció la investigación policial, Teixidó aseguró que su única relación con Malchas Tetruaschvili se limitaba a una colaboración exclusiva en la orientación general y estratégica de su compañía. No parece que esta declaración incluya, como luego se ha sabido, gestiones en la Delegación del Gobierno con este ciudadano georgiano para regularizar un número relevante de sin papeles. La actividad política tiene, seguramente, más riesgos que otras profesiones y el descrédito que muchas veces la envuelve sitúa a los hombre públicos en un punto de indefensión. De ahí que lo que tenga que hacer Mas no sea seguramente fácil. Pero la pelota también está en el terreno de Teixidó, que debe calibrar el daño que puede llegar a hacer a Convergència i Unió.
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