Más allá de las salas de su museo, en reservas y gabinetes bajo llave, el monasterio de Montserrat guarda tesoros ocultos. Algunos llevan siglos durmiendo en las dependencias monacales. Otros acaban de incorporarse a sus fondos, fruto de donaciones particulares, y permanecen a la espera de estudio, restauración y clasificación. Paseando por la reserva del Museu de Montserrat con su director, el padre Josep de C. Laplana, descubro algunas de las últimas piezas llegadas a la casa, hace apenas un mes: un hermoso y fresco retrato del poeta López Picó, firmado por Sunyer; un óleo pintado por Rusiñol en la catedral de Tarragona (La font gran del claustre,1897); un notable Opisso a todo color que recrea un mitin anarquista; dieciocho dibujos de Dalí a lápiz, fechados en los primeros veinte...
El padre Laplana, de cierto parecido físico al actor Bob Hoskins, derrocha a partes iguales erudición y entusiasmo durante este paseo. Describe cuadros, cita autores, los relaciona entre sí, discute atribuciones y da pruebas de una cultura plástica vastísima. A él se debe, en buena medida, la iniciativa de desvelar la importante colección de grabados del arquitecto veneciano Giovanni Battista Piranesi (1720-1778) conservada en el cenobio de Montserrat; de un Piranesi que está considerado, con Durero, Rembrandt, Goya y Picasso, como uno de los grandes de tal técnica, y el único que se dedicó en exclusiva a ella. Esta iniciativa, comisariada por el galerista Artur Ramón Navarro, y con el apoyo del Banc Sabadell y el Museu de Montserrat, se materializará el próximo día 17 de octubre en la sala de exposiciones del Banco Herrero de Oviedo. Más tarde, en febrero del 2007, podrá verse en Sabadell y, a continuación, quizás, en París.
La muestra Los Piranesi de Montserrat estará integrada por unos sesenta grabados, que proceden de todas sus series mayores - en especial, de las célebres Vistas romanas-,exceptuando la que consagró a las cárceles: torturadas arquitecturas y dramáticas iluminaciones, a medio camino entre Escher y la escenografía operística, que anticipan atmósferas del cine expresionista. También se mostrará en dicha exposición una primera edición del piranesiano libro Il Campo Marzio dell´Antica Roma.
Dos preguntas surgen, de modo espontáneo, ante la noticia de este tesoro custodiado en Montserrat. La primera es: ¿cómo llegaron tantos grabados de Piranesi al monasterio? Y la segunda: ¿por qué? "Llegaron aquí - dice el padre Laplana, contestando a la primera- de la mano del padre Bonaventura Ubach, que los adquirió a libreros y anticuarios romanos entre 1917 y 1920, por encargo del padre Antoni Tobella, a la sazón bibliotecario del monasterio". La respuesta a la segunda podríamos hallarla en el texto Romani sumus (somos romanos) firmado por Josep Maria Soler, abad de Montserrat, en el catálogo de la inminente exposición. "En cierto sentido, los que hemos hecho de la Regla Benedictina un estilo de vida somos cives romani.Roma es más antigua y tiene más solera que el mismo Pontificado Romano (...), que es el que es porque Roma era Roma, algo más que una ciudad, algo más que un fenómeno social y político...".
Esta profesión de romanidad tiene su muy ilustrativo correlato en la rendida admiración que sintió Piranesi por Roma. De ahí la abundancia de su obra en Montserrat: pocos artistas han vivido tan entregados a una ciudad como
Piranesi a Roma. Aunque nacido en Venecia, este excepcional grabador se instaló a los veinte años en la capital italiana, y ya no la abandonaría (salvo para breves escapadas a Nápoles, Pompeya, Herculano y a su ciudad natal). En Roma, Piranesi se aplicó en la realización de aguafuertes, al objeto de fijar unas vistas que luego eran adquiridas por los turistas de la época, como si de unas primeras postales se tratara. Ahora bien, su ambición era más alta. Enamorado de la ciudad, Piranesi pretendía, al tiempo que inventariaba sus tesoros y documentaba su esplendor arquitectónico, urbano y arqueológico, magnificar su encanto. Y por ello en sus grabados la embellecía con templos, palacios, teatros y monumentos existentes tan sólo en su desbordante imaginación. Así nos legó, junto a imágenes relativamente naturalistas, como las de la isla Tiberina, otras en las que edificios reales como el Panteón o el Coliseo aparecen rodeados de construcciones fantásticas cuya ordenada disposición evoca el mito de la ciudad ideal.
Los Piranesi que ahora saldrán a la luz son tan sólo una pequeña parte del patrimonio que, discretamente, atesora Montserrat. Si en su museo se exponen unas 300 piezas, en la reserva de éste se guardan cerca de 3.000. Yen el recóndito gabinete de grabados, al que el padre Laplana me conduce tras visitar dicha reserva, se guardan muchas más. Según el libro de registro del gabinete, abierto sobre una mesa, con la tinta de las últimas inscripciones todavía fresca, el número de obras allí censadas asciende - ascendía el pasado lunes- a 18.133. El padre Laplana se mueve por tales dependencias con soltura: consulta ficheros, abre cajones y extrae maravillas: desde un Mantegna de gusto renacentista hasta otro de aire flamenco. Lleva muchos años realizando aquí tareas de estudio, y se halla como pez en el agua: "Salgo poco del monasterio, y sigo el consejo del abad Aureli M. Escarré: ´Trabajo de hormiga y visión de águila´", dice definiendo su rumbo vital. "Tenemos también - prosigue- obras de Durero (catorce, creo), de Cranach (unas veinte), de Rembrandt y Rubens. Guardamos unas sesenta obras de Goya. Yno faltan grabados del japonés Hokusai o de autores más recientes, como Picasso... Ahora mostraremos nuestros Piranesi. Pero ésta es sólo una de las opciones posibles. Con nuestros fondos, podríamos organizar una exposición sobre el gran grabado de todos los tiempos...".

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