Las novedades en el frente de la guerra digital se suceden. Un cuarto de siglo después de sus primeros combates, los eternos antagonistas Steve Apple Jobs y Bill Microsoft Gates vuelven a enfrentarse. Lo que ahora está en juego es el consumo de música y, sobre todo, de cine. A finales del siglo pasado, la vuelta al ruedo de Jobs con el iPod fue sonada, hasta el punto de que su reproductor de mp3 ya es tan genérico como la wamba, el rotring o el cacaolat. La semana pasada Jobs anunció un cambio de pantalla en la operación iPod, con la presentación en sociedad del iTV, un aparato que conecta inalámbricamente ordenador y televisión para poder consumir películas descargadas desde iTunes. Cuarenta y ocho horas después, Gates contraatacó con el Zune, que amenaza con ser el regalo de estas Navidades: un reproductor que permite el intercambio de canciones entre usuarios. Tal como están las cosas, el teléfono móvil cada vez se parecerá más a una navaja suiza. ¿Para qué llevar móvil, agenda electrónica, iPod, reloj y cámara digital si cabe todo en un aparato? En función de cómo se resuelvan los primeros escarceos de esta nueva batalla, ya hay quien ve a Jobs y a Gates lanzándose a la piscina de la telefonía. Tal vez la elección entre iPhone o Zunephone reedite la disyuntiva histórica entre Mac o PC.

Por lo pronto, la primera víctima es el cable. La mayoría de dispositivos que aparecen en el mercado son inalámbricos. Ose conectan mediante rayos infrarrojos o a través de las azuladas ondas de la tecnología Bluetooth. Ni el iTV ni el Zune requieren cable, como tampoco los manos libres que permiten usar el móvil en el coche legalmente. Los ordenadores portátiles de nueva generación están equipados para conectarse sin cables a la red y cada vez hay más zonas wi-fi que lo permiten en hoteles, aeropuertos, bibliotecas o centros de negocio. El retroceso del cable empieza a ser tan preocupante como el de la ballena o el oso. Incluso la televisión por ídem, que parecía destinada a garantizar su pervivencia como especie, está en cuestión. Aquí nadie enchufa nada, de lo que se deduce que el mundo se está llenando de ondas. Pronto los únicos enchufados serán los electrodomésticos, y no todos, porque las batidoras ya han entrado en el fascinante mundo del rey vikingo Harald Bluetooth. ¿Qué ha sido de aquellos estudios apocalípticos que anunciaban que las ondas de la telefonía móvil perjudicaban seriamente nuestra salud? Cada día debemos exponernos a x rayos, donde x es una incógnita de valor creciente. ¿Seguro que nuestro organismo no lo acusará?

Mi amigo Oriol Comas, experto en juegos y más amante del átomo que del bit, desconfía de los hornos microondas, hasta el punto de elegir los bares según donde lo tienen colocado. ¿Por qué no exigir una zona libre de ondas? Tal como va todo, puede que la mera existencia de cables sea una garantía de salud. Me lo digo y me lo repito mientras escribo a dos metros de una miniexcavadora con matrícula CAT (por Caterpillar, no crean) operada por unos señores que desde hace tres meses agujerean cada metro de acera de mi barrio para cablearnos, dicen, las calles, justo cuando todos los vecinos nos hemos comprado receptores de TDT para que nuestras antenas capten la televisión digital.