La seguridad energética es prioritaria para los líderes políticos mundiales y el comunicado de la reunión del G-8 en San Petersburgo contiene numerosos acuerdos al respecto. Sin embargo, omite la urgente necesidad de que los gobiernos incrementen los presupuestos para la investigación y desarrollo (I+ D) de nuevas tecnologías de la energía. Enumera una lista de actuaciones futuras basadas en el compromiso del sector privado, pero no muestra determinación alguna para impulsar, mediante una decidida intervención pública, el desarrollo acelerado de tecnologías que actualmente se hallan muy lejos de resultar comerciales.

El mundo se encuentra atenazado entre el previsto impresionante crecimiento de la demanda - cifrado en más de un 50% en los próximos 25 años- y el cambio climático emparejado en gran medida a la quema de combustibles fósiles, que hoy representan cerca del 80% del cóctel global de energías primarias. Para afrontar este doble reto, podemos pensar que basta con aplicar, de forma inmediata y a rajatabla, la totalidad del amplio abanico de políticas y medidas de las que actualmente disponen los gobiernos para disminuir el consumo de combustibles fósiles y las emisiones de gases de efecto invernadero.

Sin embargo, según la Agencia Internacional de la Energía, todas esas acciones no nos sacan del atolladero. En el 2030, podríamos reducir las emisiones de dióxido de carbono en un 16% y el consumo de hidrocarburos en algo más del 10%, pero estos porcentajes deben descontarse de unos niveles de referencia fijados por la actual rutina, que en relación con el 2003 nos conduce a un incremento de las emisiones de dióxido de carbono del 62% y a un aumento del 2% en el porcentaje de utilización de los combustibles fósiles.

Si queremos mantener un crecimiento económico ilimitado, urge una verdadera "revolución" energética, propiciada por un esfuerzo en I+ D sin precedentes e internacionalmente coordinado.

Líneas de actuación potenciales no faltan. Trabajar por la fusión nuclear, apostar por el uso "limpio" de los hidrocarburos mediante tecnologías de secuestro del CO y poner a punto una nueva generación 2 de reactores nucleares de fisión y nuevas tecnologías renovables que tal vez nos liberen de la dependencia de los combustibles fósiles.

Sin embargo, campañas de imagen y marketing aparte, existe un amplio consenso en que la comercialización a gran escala de estas tecnologías no será viable antes del 2030 y que, para hacerlas competitivas, los consumidores deberían estar dispuestos a pagar los costes íntegros de la energía, incluyendo no solo los costes ambientales, sino también la I+ D.

Y en este último punto no vamos bien. En la mayoría de los países industrializados, la inversión pública en I+ D en el sector de la energía ha caído de forma abrupta en términos reales, tras su máximo a principios de la década de los ochenta. Un estudio (www. globalchange. umd. edu/? energytrends& page= iea) de lo acontecido en 11 países, España incluida, muestra que en conjunto la inversión en las principales áreas de investigación en energía ha caído un 53% entre 1990 y el 2003. Los programas sobre combustibles fósiles y energía nuclear absorbieron cerca del 90% del citado desplome, pero las renovables también descendieron un 5%. En este asunto de la energía hablamos mucho y avanzamos poco.