Pretenden los conspiradores del 11M homologar su actuación con las denuncias, años atrás, del crimen de Estado —los GAL— y la corrupción de los gobiernos felipistas, y no es ni mucho menos igual. Entre otras cosas porque esos casos, que en su día fueron denunciados por muchos medios y por varios partidos —como IU y el PP—, estaban basados en datos y no en conjeturas. Además tenían como objetivo claro y firme de las denuncias a los propios responsables del Gobierno, del PSOE y de ciertas instituciones del Estado —Gobierno, CNI, Banco de España, Guardia Civil, etc.— con datos y hechos reales admitidos en denuncias ante la Justicia que luego fueron juzgados, probados y condenados.

Además, por aquel entonces las denuncias contaron con apoyos dentro del propio PSOE —recuérdese a Pablo Castellanos, Alonso Puerta, etc.— y con clamor social, a la vez de con una anuencia de periodistas, intelectuales y escritores de distintos medios. Ahora la cosa es muy distinta: no es la prensa contra el poder ejecutivo, sino dos jefes de medios contra la instrucción judicial de un juez, señalando de reojo al PSOE como lejana mano negra en una conspiración, de la que se intenta obtener una especie de pacto o de gran confabulación entre el terrorismo islámico y ETA, que es lo que ahora se lleva. Porque los mismos agitadores de El Mundo y la COPE ya han cambiado varias veces todas sus versiones metiendo en medio los servicios secretos de Francia, Alemania y Marruecos, al propio monarca Mohamed VI, a Rafael Vera, al PSOE, Policía y Guardia Civil.

Además, los únicos que siguen en la prensa a los agitadores son sus empleados o sus contratados, y para colmo del disparate ni siquiera existe unanimidad en el PP, como en su día fue el caso de los GAL y la corrupción. Y los que apoyan la conspiración del 11M son, casualmente, los responsables de las mentiras, Aznar, Zaplana y Acebes, que ellos lanzaron desde el Gobierno tras los atentados y que provocaron la gran indignación de los ciudadanos y la derrota del PP. Demostrando con ello los citados que están más a lo suyo, o a embarrar su gigantesco disparate de aquellas fechas, tras el que debieron dejar la vida política, que a defender un presunto interés general.

Además, en los medios de comunicación muchos profesionales y analistas aprendieron cómo los agitadores de hoy, cuando el PSOE perdió el poder en 1996, se olvidaron de manera inmediata y bochornosa de exigir responsabilidades políticas al felipismo, a cambio de recibir ellos en negocios y concesiones del Gobierno de Aznar. De ahí la insidiosa denuncia de la conspiración —cuando entonces sí hubo hechos ciertos y sus correspondientes condenas— de Anson, o el empeño de Pedro J. de disolver la AEPI para que Pujol le diera a Aznar su apoyo en la investidura como presidente del Gobierno, llegando el director de El Mundo a escribir un infame artículo —en la colección de su diario está— titulado “Borrón y cuenta nueva para Felipe González”. Algo de lo que no tardó en arrepentirse cuando meses después le sacaron el famoso vídeo sobre su vida privada y sexual, sin duda una infamia todavía mayor que fue denunciada sin tapujos por los mismos periodistas a los que Pedro J. había traicionado a cambio de instalarse cómodamente en los salones de la Moncloa junto a Aznar.

En realidad, estos dos, Pedro J. y Federico, lo que pretenden es hacerse con el control del PP, ser ellos el Polanco y Cebrián de los populares partiendo del nuevo ruido que organizan en las plataformas mediáticas que habitan que, a diferencia de Polanco y Cebrián, no son suyas. Como no es de la propiedad de ambos el PP por más que Rajoy se lo consienta y Zaplana se lo organice —hasta manifestaciones de las juventudes del PP a favor del uso de una piscina ilegal—, mientras el pasmado de Acebes lo bendice. Y todos ellos, y estos dos de especial manera, se dediquen a buscarles ayudas de todo orden para sus tinglados mediáticos a los nuevos instigadores de la conspiración del 11M. La que nada tiene que ver con las corrupciones felipistas de antaño ni con los GAL, por más que lo utilicen como coartada y como prueba flagrante de que no tienen nada más.