Alucino con la que se ha montado en torno al discurso del Papa en Ratisbona. Me surgen infinidad de dudas que me provocan multitud de perplejidades. Y me acuerdo de Oriana Fallaci para que hubiera montado la de San Quintín. Yes que vivimos en una sociedad ávida de provocadore, que, en verdad, provocan sólo por decir certezas como puños, de lo que deduzco que sus escuchantes somos unos cínicos. No sé si un provocador ha de ser profesional del periodismo o showman, o también puede ser Papa, ministro o embajador.
¿Qué diría Oriana Fallaci del follón que tenemos montado por la cita de Benedicto XVI? ¿No sería más verdad decir que habríamos utilizado su radicalidad italiana para poner en su boca lo que nosotros no nos atrevemos a exponer? ¿Y por qué no nos atrevemos a decir lo que pensamos si vivimos en una sociedad laica y democrática?
El filósofo José Antonio Marina me explicaba ayer cómo la cuestión de fondo no es el contenido del discurso de Ratzinger, con quien se puede discrepar o no, sino si el Papa es un profesor normal para dar una lección en una universidad. Habrá opiniones para todos los gustos, pero resulta curioso que la sociedad politizada no entre a este aspecto y tire por la calle de en medio.
¿Quién de todos los que hablamos de esta historia nos hemos leído el discurso enterito y despacio? ¿Cómo podemos simplificar tanto diciendo que casi un millón y medio de seguidores de Mahoma se han sentido ofendidos? ¿Seguro que ese millón largo ha leído el discurso? ¿Somos capaces de meter a todos los musulmanes en el mismo saco, como si fueran iguales los que trabajan en la construcción de nuestras ciudades que los salvajes que mataron a la monja italiana en Somalia? ¿Cuántos minutos aguantarían como uno o una más, en algunos países, la mayor parte de los que defienden determinadas posturas?
Para no ir de listo, advierto que yo me leí el discurso el martes pasado, cuando La Vanguardia lo publicó en su integridad. Alguien me comentaba días atrás que lo que nos falta a los opinadores es sentido común. Pues apelando, precisamente, a ese sentido común, pregunté en casa y en el bar y, ¡oh, sorpresa!, la gente resultó ser sincera, o dicho de otra manera, se atrevió a decir lo que nosotros no osamos escribir o comentar. Una vez más, la calle va por delante.
Imagino que la gran ventaja de Oriana Fallaci es que sabía la que se le venía encima y que no le importaba ser una más de la calle. Por eso, la Fallaci decía lo que le daba la gana a sabiendas de que ser políticamente correcto debería ser decir su verdad y no morderse la lengua, no sé si por miedo, cobardía o falso sentido democrático.
En absoluto estoy de acuerdo con todo lo que firmaba y afirmaba la fallecida periodista, pero sí quiero estar de acuerdo con la gente a la que he preguntado estos días y que, como la mayoría de nosotros, no se ha leído el discurso de Ratisbona. A pesar de todo lo dicho, me queda el gran interrogante de este lío y que, digo yo, debería ser el fondo de la cuestión: ¿Acaso no estamos de acuerdo con que a través de la violencia, yihad,guerra santa o cruzada, no se debe difundir la religión? ¿Entonces, a qué viene todo esto? Lo dicho, no entiendo nada.
Moratinos, en alza Cuentan en el palacio de la Moncloa que a veces la política hace justicia, y en particular se refieren al ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, Miguel Ángel Moratinos. En la presidencia del Gobierno consideran que el jefe de la diplomacia fue injustamente tratado en la primera mitad de la legislatura, pero que los éxitos en el dossier de Gibraltar y en la guerra de Líbano han hecho que se ponga a cada uno en su sitio.
La política exterior en el PP Los expertos en materia internacional que buscan por la sede central del PP alguien que les haga caso aseguran que no forman parte de las prioridades de la dirección del partido, como demuestra que nunca, hasta ahora, se haya reunido el comité de exteriores de la calle Génova. En lo más alto del PP se advierte que las elecciones se ganarán, o no, en Andalucía, Valencia y Madrid, y que eso de viajar fuera de España quedaría para después.
Españoles sin americanos Los soldados españoles que se la juegan a diario en Afganistán advierten que ya veían venir el incremento de la tensión, pero que, a diferencia de lo acontecido en otras misiones, ahora existe la ventaja de que en su zona de influencia no comparten misiones directas con los marines norteamericanos. La experiencia de Nayaf y Diuaniya en Iraq fue muy difícil, según cuentan estos militares, porque los marines "iban a lo suyo", sin coordinarse.

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