Los millones de húngaros que votaron a Gyurcsany se sienten traicionados por el incumplimiento de las promesas electorales.
Los pecados del corazón y de la bragueta siempre me han parecido los menos graves en los políticos. Es tan difícil encontrar a un político enamorado y sincero, y que lo reconozca en público, que cuando surge uno, la oposición y la prensa lo suelen machacar sin misericordia.
En el primer ministro húngaro, Ferenc Gyurcsany, Europa tiene hoy una ave rara que, en un ataque de sinceridad, tras su victoria en las elecciones de abril, confesó ante los diputados de su partido socialista dos pecados gravísimos: «Hemos mentido durante los últimos 18-24 meses... por la mañana, por la tarde y por la noche» y «no podemos citar una sola medida gubernamental de la que podamos sentirnos orgullosos».
«La hemos jodido y no un poco, mucho», añadió en una grabación publicada el pasado domingo, medio año después de los hechos. «Ningún país europeo ha actuado de forma tan estúpida». Se refería, sobre todo, a la economía: un déficit presupuestario del 8% del PIB, el más elevado por habitante de toda la Unión Europea; una economía que crece la mitad, aproximadamente, que la República Checa y Eslovaquia, sin el dinamismo ni la dimensión del mercado polaco; un sistema fiscal que espanta a los inversores; una diplomacia irrelevante, y uno de los índices de corrupción más altos del continente.
La situación es tan grave que la UE está pensando en aplazar el ingreso de Hungría en el euro al menos hasta 2014. Gyurcsany y sus asesores siempre han dicho que están en condiciones de entrar en el eurogrupo en 2010.
De haber sabido lo que pensaba su primer ministro, multimillonario de 45 años, los millones de húngaros que reeligieron a la coalición de socialistas y liberales -es el primer Gobierno húngaro reelegido desde la recuperación de la democracia en 1990- le habrían dado una patada y, aunque de mala gana, habrían devuelto el poder a Viktor Urban, presidente de la Alianza Cívica (Fidesz), conservadora.
¿Qué primer ministro de qué país se habría atrevido primero a reconocer algo tan fuerte ante sus seguidores y, segundo, a colocar la transcripción completa en su página de internet por si alguno no lo hubiese leído en la prensa de la oposición o escuchado en la radio? Este comportamiento hace pensar a muchos que la filtración se hizo con su autorización. De ser así, sólo caben dos lecturas: a 10 días de elecciones locales, Gyurcsany sabe que va a perder por goleada y ha decidido tirar la toalla o, tras preguntar a sus expertos en opinión pública, está convencido de que, sacando a la luz su sorprendente confesión de primavera, rompe el discurso de la campaña con la esperanza de recuperar algunos votos entre quienes ven en su sinceridad un propósito firme de enmienda.
Afirmar, como hizo ayer el primer ministro, que las manifestaciones del lunes exigiendo su dimisión han sido «la noche más larga y oscura» desde el final del comunismo es un poco exagerado, pero tampoco se debe subestimar la gravedad de lo sucedido.
Según las agencias, en las protestas pacíficas del lunes ante el Parlamento participaron unas 10.000 personas. Los violentos que acabaron apedreando y quemando el edificio de la televisión no llegaban a 200, pero el mal de fondo que esa minoría expresa lo comparten millones de húngaros, cabreados por el incumplimiento por Gyurcsany de su principal promesa electoral.
Prometió reducir impuestos, pero, forzado a frenar el déficit, los ha subido y ha recortado los presupuestos para 2007 en 4.600 millones dólares. De lo contrario, el déficit se dispararía por encima del 10%. Si a ello añadimos las subidas de las matrículas universitarias y de algunos productos básicos, es fácil entender la caída en picado de la popularidad del Gobierno (de un 40 a un 25%) desde las elecciones de abril y la violencia de algunos de los manifestantes del lunes.
En muchos aspectos Gyurcsany recuerda a Silvio Berlusconi: su fortuna, sus coches de lujo, casado tres veces, hasta cuatro conferencias muchos días, villas de lujo, lengua viperina, amigo de emociones fuertes... Los socialistas no le echarán porque le necesitan para seguir gobernando y sus salidas de tono, que a cualquier otro le habrían costado el cargo, a él parecen reforzarle.
En una encuesta de Szonda Ipsos publicada ayer, un 43% pide su dimisión y un 47% prefiere que siga. Ya quisieran muchos dirigentes europeos menos sinceros obtener esos resultados tras reconocer que su gestión ha sido un desastre.
El ejemplo de la revolución de 1956
«Nada como esto ha pasado desde 1956», comentaba uno de los jóvenes participantes en las protestas de ayer a la agencia Reuters. El muchacho evocaba la primera revuelta popular contra Moscú en un país de la órbita soviética. Comenzó el 23 de octubre con una manifestación estudiantil, en la que se acabó pidiendo libertad de expresión, libertad de prensa y elecciones libres, y concluyó el 4 de noviembre con la entrada del Ejército Rojo. Cientos de miles de húngaros secundaron hace 40 años aquella revuelta, que desembocó en la designación del reformista Imre Nagy como jefe del Gobierno. Duró 10 días en el poder. A finales de los 80, los homenajes a Nagy, fusilado en 1958, fueron el punto de partida de los acontecimientos que desembocaron en la caída del Muro de Berlín. Sin embargo, el primer ministro húngaro, Ferenc Gyurcsany, negó cualquier parangón con los sucesos de 1956. «Esto no es una revolución. Esto no es 1956, sino una traición a nuestra gran historia nacional», declaró Gyurcsany, quien dijo que se sentía «avergonzado» de la imagen que se estaba dando de su país.
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