Está muy bien que Juan Carlos Rodríguez Ibarra deje la presidencia de Extremadura y que lo haga por motivos de salud, lo que se entiende y parece cierto. Aunque tendría sobrados motivos para haber dejado el cargo hace ya mucho tiempo, y recientemente con motivo de sus públicas y privadas discrepancias con el modelo de la España federal que abandera el líder del PSOE y presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, quien no está dejando en el PSOE títere con cabeza —Bono, Vázquez, Ibarra, etc.— en su partido para seguir en su empeño de reforma constitucional encubierta, su pacto con los nacionalistas y su galopada hacia no se sabe dónde con tal de permanecer en el poder.

Ni Extremadura ni España se pierden nada con la salida de Ibarra, un personaje de corte populista y un pésimo gestor que después de veinticuatro años de Gobierno va a dejar a Extremadura en el furgón de cola de las Autonomías españolas. Estamos ante el final de un personaje que ha justificado el crimen de Estado de los GAL —a cuyos condenados por el Tribunal Supremo ha hecho homenajes fascistoides— y la corrupción del tiempo de Felipe González y del Alfonso Guerra, este último su aliado en el PSOE, donde los dos han sido perdedores frente al felipismo primero y frente a Zapatero después, que los dejó en muy escasa minoría en el Comité Federal del partido, a pesar de que, como se dice, los votos del guerrismo fueron cruciales para derrotar al manchego Bono y ofrecer a Zapatero la dirección del PSOE.

El mismo Zapatero que ha metido al partido en la reforma constitucional encubierta, que Ibarra denunció a raíz del nuevo Estatuto catalán, el que luego se tragaron, uno a uno, González, Guerra, Vázquez, Leguina, Bono y el propio Ibarra en contra de lo que ellos habían dicho y defendido, y con el solo argumento de la unidad del partido, por encima del interés general de España y de la legalidad, para no abrirle la puerta al PP. Es decir, por causa de oportunidad política y no por cuestión de principios, ni por lealtad.

Rodríguez Ibarra, además, se va mintiendo. Por la mañana y antes decía que se iba por motivos de salud y por la tarde afirmaba que se iba por ¡generosidad! hacia su partido para que otros le sustituyan, cuando en el PSOE extremeño no existe —porque él mismo lo impidió— una alternativa de prestigio, y ahora la tendrán que fabricar desde el inmenso poder clientelista electoral del PSOE en esa región, que eso sí que es cierto que lo ha trabajado bien Ibarra.

Un político que con su marcha deja al guerrismo bajo mínimos en el PSOE, a la vez que culmina el relevo generacional en este partido donde han caído numerosos barones del inicio de la transición, como los ya citados más Maragall, y que ahora navega hacia no se sabe dónde con un único capitán, Zapatero, y su grumete, Blanco, los que no parecen tener a su lado ni competencia ni ayuda, salvo la que les ofrece el PP desde su propia debilidad.

Lo llamativo de la despedida de Ibarra es que anuncia que se va, pero se queda ocho meses más en el cargo para pilotar a su sucesor en el PSOE extremeño, recordando lo que hizo Aznar en el PP, o González en el PSOE desde cierta distancia. Y veremos si al final no se arrepiente de su espantada y rectifica para decir que se queda un poco más.

Extremadura sigue a la cola de España, tal y como él la encontró cuando la empezó a gobernar con el “socialismo de Puerto Hurraco”, que es como tildaban los felipistas a sus diatribas guerristas años atrás. Y a España, a la que dice que defendió con unos discursos más patrioteros que patriotas, al final también le dio la espalda tragándose sin remilgos el Estatuto catalán. Está bien que se vaya, aunque sólo sea para descansar.