Salvador (Puig Antich), segundo largometraje de Manuel Huerga, está rodado -bien- como un documental, pero no lo es. Es una película política y a la par, el recuerdo tembloroso de una época y unas circunstancias que muchos vivimos, más o menos, con la edad del trágico protagonista. Por ello nos costará ser objetivos, desde cualquier lado.
Fueron años de apasionada lucha por la libertad y la justicia por parte de una juventud, que algunos profesores añoran, comprometida, interesada en la vida, en la cultura, en el saber, en el sexo, en la libertad de nuevo, apasionadamente, con el bendito riesgo de equivocarse (porque si no no habría libertad) propio de los 20 años rebeldes... ¿Y toda la juventud era así? No, por supuesto. Había legiones de adocenados y dormidos como siempre, pero ellos parecían quedar tristemente fuera del clima general, entre la política marxista-acratoide de Mayo del 68 y los vitales y hermosos afanes de la contracultura; como la chica liberada de la película que se lo monta con Salvador fumando un porro y escuchando a Leonard Cohen, mientras sueña en los paraísos hippies de la desconexión con el maldito sistema, en este caso con Goa, las playas de La India. En este contexto, llega a decir: ¿Para qué querríamos electricidad?
Y eso que estábamos en España, donde todo era recortado y era menos. Menos el milagro económico (Italia y Alemania, como eran democracias, lo tuvieron mejor), menos la libertad cultural, moral o sexual -los obispos vigilaban casi tanto como hoy- y menos o nada la libertad política y civil, que aquí desencadenó a la postre el horror terrorista, que vivieron también -en otro contexto- Alemania e Italia. El franquismo no solucionó nada y aplazó casi todos los problemas que no resolvió; aún estamos en ello. Pero si los chicos de la Universidad éramos totalmente antifranquistas (sin armas), muchos de nuestros padres, sin ser devotos del Caudillo, parecían haber aceptado aquello como un mal menor, «para que no haya otra guerra». El miedo ensucia, pringa y mata las almas. La policía política del franquismo queda muy mal en esta película, pero todos sabíamos quién era Billy el Niño, de la Social, porque teníamos amigos que habían sufrido humillación y tortura en los calabozos. No era mentira.
Salvador Puig Antich se equivocó -como sus amigos- al responder con violencia a la violencia. Pues una dictadura es mucha violencia, y la había, no fue un sueño del cardenal Gomá haciendo el saludo romano. Y la película de Huerga es dura, bastante, cuando enseña el horror de la pena de muerte legal -en frío- y más con garrote vil, un siniestro artilugio medieval y macabro, que vuelve bálsamo el fusil y la guillotina. Un mundo de esperanza y locura, de hermosa juventud, que España vivió mal, a remolque, casi sin palabra propia. Ojalá los jóvenes que vean este filme (los que no vivieron aquel tiempo) salgan con asco generalizado: por la ácrata locura terrorista, que nada soluciona, y por el diverso horror franquista que tanto nos manchó a todos. Ojalá la película sirva para asco general. Será otro modo de compromiso.
© Mundinteractivos, S.A.

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