Sorprende la celeridad con la que los recientes acuerdos firmados por Miguel Angel Moratinos, Geoffrey Hoon y Peter Caruana sobre Gibraltar han pasado por la crónica política. Apenas una hoja del calendario, algunos editoriales en la misma jornada de ayer y a otra cosa. Como si a la Prensa y a la clase política les diera pereza volver a las andadas de un asunto otrora tan sensible como este verso suelto del orgullo nacional.

Hay otra explicación, pero es mucho más desalentadora. La que se recuesta en el pragmatismo, la real-politik, el gato blanco o negro que caza ratones. Zapatero puede haber sacrificado razones de fondo a la rentabilidad inmediata. O sea, a por el huevo sin tocar el fuero. Por no tocar, no se toca ni el código telefónico propio de la colonia (350), que a partir de ahora podremos utilizar desde este lado de la verja como desde cualquier otro país extranjero. La importancia de los símbolos, ya saben ustedes. Como la ubicación en la roca del director del Instituto Cervantes, pues su estatus diplomático equivale a reconocer que va a residir en el extranjero.

El huevo es el fomento de la comunicación entre ambos lados de la verja, la reactivación de un aeropuerto (se le dotará de una nueva terminal) construido ilegalmente sobre tierra robada en el istmo de Gibraltar, la apertura de un nuevo Instituto Cervantes en "el extranjero" y la puesta al día de las pensiones británicas de 6.000 españoles que perdieron su puesto de trabajo con el cierre de la verja en 1969, que en realidad viene a ser una decisión de la Unión Europea derivada de un expediente sancionador abierto a Gran Bretaña.

El fuero es el principio de integridad territorial y el derecho de España a recuperar la soberanía, como consecuencia del mandato descolonizador de las Naciones Unidas y el artículo 10 del Tratado de Utrecht.

El reciente acuerdo ‘tripartito’ -Reino Unido, España y Gibraltar, de hecho en pie de igualdad, un precedente histórico- consiste en entenderse sobre el huevo y aparcar el fuero. ¿Aparcarlo u olvidarlo? Mi amigo Gustavo de Arístegui, portavoz parlamentario del PP en la Comisión de Asuntos Exteriores, se teme lo peor. No es que dé por arruinadas las esperanzas de recuperar la soberanía española sobre Gibraltar, pero cree que se han complicado innecesariamente por un error de formato o estructura de la negociación, más que por los acuerdos en sí.

Lo cierto es que si enganchamos el acuerdo del lunes pasado en Córdoba con la declaración del Gobierno y el Parlamento británico de principios de año sobre el derecho de los gibraltareños a la autodeterminación -ya en una declaración conjunta de noviembre de 2004 se hablaba de ‘pueblo’ de Gibraltar-, hay motivos para dudar. Es imposible no relacionarlo. O no constatar que el Reino Unido y "las autoridades de Gibraltar" aparcan ahora el espinoso asunto de la soberanía, pero sólo después de haber dado un pasito más en cuestiones de fuero.