Las primeras imágenes de Fidel Castro convaleciente de una enfermedad que es secreto de Estado por razones de seguridad, aunque más bien habría que decir que por razones de debilidad (del sistema casi tanto como del enfermo, y eso que ha perdido 20 kilos), fueron en pijama, de eso hace un mes. Desde entonces le hemos visto en unas cuantas fotos más, con modelos distintos, como si fuera el catálogo de una firma de lencería. Las retratos de Castro y sus pijamas sustituyen a los partes médicos, como si de sus patrones pudiéramos deducir el alcance de su recuperación, como si de sus colores fuéramos capaces de adivinar su estado de ánimo.
Pero a las dictaduras ni siquiera el pijama les confiere proximidad. El primer retrato junto a Hugo Chávez fue un ejercicio de puesta en escena, con los dos dirigentes con la misma camisa-pijama, roja como su alma, apelmazada como su retórica. Juntos de la mano y comiéndose un yogur, semejaban un remake de Rock Hudson y Doris Day en Pijama para dos.Luego hemos visto a Fidel con un chándal deportivo que parecía vestido para ir al hipermercado (lo que pasa es que en Cuba no hay) más que para correr los cien metros. Más tarde hemos podido descubrirlo en una mecedora con pijama azul oscuro, calcetines y unas chanclas, porque las pantuflas le habrían dado aspecto de abuelo del Imserso en temporada baja. Las últimas imágenes han sido obtenidas durante la cumbre de Países No Alineados, una plataforma nacida cuando el mundo estaba dividido en bloques y que hoy resulta una rareza fuera del tiempo. Más o menos como el propio Castro, que fue aclamado como presidente de un movimiento al que le quedan menos telediarios que al líder cubano.
A Castro se le pasó el tiempo y nadie duda que el régimen concluirá con él, por más que intente convertir su república en una especie de monarquía a medida donde la sucesión correspondería a su hermano, que es quien oficialmente le sustituye en esta convalecencia en fotos. Fidel le ha dado la mano con una bata de seda que oculta un pijama azul claro a Kofi Annan, con quien según las crónicas estuvo una hora, lo que demuestra que no anda fino, porque lo suyo eran las veladas inacabables, de verborrea brillante, donde seducía por agotamiento. De hecho, al presidente de las Naciones Unidas le regaló un ejemplar de un libro titulado Cien horas con Fidel, que es (por lo bajo) lo que necesita el dirigente cubano para explicarse.
Acostumbrado a aparecer a todas horas con su guerrera militar y sus botas, ese Fidel Castro de pijama y chanclas parece humanizarle. Será porque nada nos iguala más a todos que la enfermedad, será porque en batín los Masters del Universo no se distinguen de un click de Famobil.

Es que la vejez y la enfermedad le quitan la dignidad a cualquiera.