Mi llegada a El Cairo la semana pasada coincidió con un alud de protestas en Egipto y el resto del mundo musulmán a causa de los comentarios del Papa Benedicto XVI vinculando implícitamente islam y violencia, sobre todo en lo relativo a la yihad.En una visita a su Baviera natal, la cabeza de la Iglesia católica citó a un emperador bizantino del siglo XIV a propósito del fundador de la fe musulmana: "Muéstrame lo que Mahoma ha traído de nuevo y encontrarás sólo cosas malvadas e inhumanas, como su orden de difundir por medio de la espada la fe que predicaba".
Para averiguar cómo se recibían las palabras del Pontífice en las mezquitas, las calles, los cafés, las aulas y las camarillas, me puse en contacto con un hombre llamado Kamal el Said Habib, un destacado dirigente radical y antiguo emir de una rama de la Yihad Islámica egipcia, una organización paramilitar que desempeñó un papel fundamental en el asesinato del presidente Anuar el Sadat en 1981. Yo había escrito un perfil sobre él a finales de la década de 1990, cuando salió de la cárcel en 1993 tras una condena de diez años. Sabía que sería un buen indicador del pulso de la opinión pública árabe, sobre todo entre los islamistas militantes, en medio de la tormenta que se avecinaba.
Para gran sorpresa mía, Kamal me invitó a asistir con él a las oraciones del viernes en la mezquita Al Azhar, en el corazón del casco viejo de El Cairo, a pesar de que sabía que no soy musulmán, que no soy un creyente. También me advirtió de que habría protestas después del sermón y de que podían convertirse en choques violentos con las fuerzas de seguridad egipcias.
Cuando Kamal y yo llegamos a Al Azhar - una de las construcciones fatimíes más antiguas existente (completada en 972) y uno de los centros más respetados del saber islámico-, la zona estaba acordonada por centenares de agentes de uniforme y de paisano. Había decenas de policías antidisturbios listos para entrar en acción en autobuses y camionetas militares. Dudé un momento antes de entrar por la bien vigilada puerta de entrada (de los barberos) construida en el siglo XVIII, donde antaño solían afeitarse los estudiantes.
Dejé los zapatos en un puesto improvisado regentado por un anciano, y luego Kamal y yo pasamos a un gran patio porticado con trescientas columnas de mármol coloreado intrincadamente esculpidas y que parecían encajar sin fisuras formando asombrosos diseños. No cabía duda de que Al Azhar (la Espléndida) hacía honor a su nombre. Nos dirigimos hacia la sala de la plegaria y nos pusimos delante de todo, junto al imán de la mezquita, el jeque Salah al Din Nassar.
Vestido con el atuendo de Al Azhar (una holgada túnica azul y un turbante blanco y rojo), el jeque Nassar pronunció un sermón sobre la urgente necesidad que tenían los musulmanes de estar unidos. "Unidad es igual a poder", dijo con voz aguda. "Si los musulmanes cierran filas y se unen, nadie en el mundo se atreverá a atacarlos ni a insultar su religión y a su Profeta. Quienes acusan al islam de intolerancia y violencia son unos ignorantes o están llenos de animadversión", continuó el jeque Nassar sin mencionar al Papa Benedicto XVI.
"No, el islam no se extiende por medio de la espada", dijo tocando suavemente el micrófono. "Uno de los principios fundamentales del islam es que no hay coacción en la religión: tú tienes tu religión y yo tengo la mía". Los fieles asintieron con la cabeza.
En cuanto el jeque Nassar concluyó su sermón con "la paz sea sobre vosotros", los gritos de "Abajo el Papa, abajo el Vaticano" resonaron de un extremo a otro de la mezquita. Centenares de manifestantes se lanzaron al exterior con pancartas que proclamaban que el Vaticano estaba en guerra con el islam. Los congregados coreaban al unísono: "¿Dónde estáis musulmanes? El Papa lanza una cruzada contra el islam".
Contemplé cómo los islamistas, a los que decenas de miembros del servicio de seguridad bloqueaban el acceso a las calles, daban vueltas y vueltas ante la puerta coreando detrás de un joven: "Oh, Mubarak, ¿dónde estás? ¿Dónde estás? La religión de Mahoma es también tu religión".
Vale la pena destacar que los islamistas radicales, los Hermanos Musulmanes, así como los independientes, estaban igual de furiosos - cuando no más- con los gobernantes árabes. Afirmaban que no defienden la fe ni la nación. Iraq, Palestina y Líbano se citaban como ejemplo de colusión entre los gobernantes árabes y sus "amos occidentales".
Pregunté a un joven adolescente llamado Hussein, de rizados cabellos oscuros y penetrantes ojos negros, la razón de su protesta. "Me siento herido - dijo-, porque nuestro Profeta es difamado y no lo defiende ninguno de nuestros dirigentes". Hussein afirmó que no pertenecía a ninguna organización política. "Sólo soy un creyente", dijo.
Otro aspecto que merece la pena subrayar es que los oradores recordaban a sus oyentes que deben evitar a toda costa la violencia. "Nuestra resistencia debe ser pacífica", gritó Magdi Hussein, dirigente de un grupo islámico ilegal, apretando con fuerza el micrófono. Era un alivio, en muchos sentidos, ver a los islamistas radicales haciendo gala de un comedimiento y una madurez política de los que habían carecido antes.
"¿Espera una reacción violenta a los comentarios del Papa?", pregunté a Kamal, que participaba activamente en las protestas. Respondió que existe un verdadero peligro de que los jóvenes musulmanes se radicalicen por la acumulación de agravios y que se unan a grupos militantes como Al Qaeda. También mostró preocupación por el hecho de que los árabes cristianos pudieran ser objeto de ataques por parte de musulmanes indignados que los confundan indiscriminadamente con la Iglesia católica.
Kamal me dijo que los musulmanes no ven el comentario del Pontífice de modo aislado. Tras la declaración del presidente Bush de una "guerra de la civilización" contra los "fascistas islámicos", los comentarios del Papa proporcionan justificación religiosa a la matanza occidental contra el islam y los musulmanes.
En medio de las protestas, conseguí entrevistarme con el jeque Nassar y otros clérigos de Al Azhar, en su despacho, que estaba lleno de textos islámicos clásicos y hermosamente decorado con versículos coránicos. El jeque Nassar, un distinguido hombre de setenta y tantos años, con rasgos oscuros, recibe un sueldo del Gobierno egipcio y por lo tanto tiene que ser cuidadoso en sus prédicas. "Ya basta", dijo golpeando los dedos sobre la mesa. "El Papa habla de tolerancia. ¿Acaso insultar el islam y a su Profeta es una muestra de tolerancia? Nosotros, los musulmanes, respetamos y reconocemos al pueblo del Libro (los judíos y los cristianos) y a sus profetas", me sermoneó.
Cuando Kamal y yo dejamos ese espectacular santuario, dimos un largo paseo por las estrechas callejas de El Cairo viejo. "La invectiva del Papa es muy peligrosa, porque juega con fuego, con la religión", dijo Kamal sin que le preguntara nada. "Un choque de religiones es lo más peligroso y lo más difícil de aplacar. Todos perderán". Una respuesta fascinante proviniendo de un antiguo militante que había creído en el choque de civilizaciones.
Por desgracia, frente a los peligros de la vida egipcia cotidiana, de las aguas residuales, las inundaciones, las calles sin asfaltar, las joyas arquitectónicas a punto de venirse abajo, la contaminación y el tráfico infernal, se me hizo dolorosamente evidente que esos egipcios y musulmanes pobres necesitan ayuda económica y armonía social, no que se insulte sus sacrosantos símbolos religiosos. Dada la desesperada situación social y política del país, es muy fácil que las cosas entren en una espiral y se desboquen.
Resulta positivo que el Papa se haya disculpado por fin por sus hirientes comentarios, pero el daño moral e interconfesional tardará años en ser reparado.

Escribe un comentario