La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

20 Septiembre 2006

¿Selección nacional o liga de las estrellas?, de Julio Carabaña en La Vanguardia

Uno de los hechos más importantes sacados a la luz por los famosos informes PISA es que en España escasean los alumnos de alto nivel. Los informes PISA permiten comparar la capacidad lectora, matemática y científica de los alumnos de 15 años de más de 40 países. Los alumnos españoles obtienen medias ligeramente inferiores al conjunto con mucha más igualdad. Tanta igualdad se debe a que tenemos pocos alumnos con resultados bajos y pocos alumnos con resultados altos. En el nivel superior de matemáticas hay (PISA 2003) un 1,4% de los españoles, porcentaje semejante al de los países mediterráneos, de EE. UU. o Rusia. Pero inferior al de los países del centro y norte de Europa, en torno al 5%, y muy inferior al de Japón o Corea, con el 8% de los alumnos.

¿Qué importancia tiene este hecho para la investigación científica? Es evidente que los alumnos españoles de quince años no serían una buena cantera de investigadores. ¿Lo serán a los veinticinco, cuando les llegue el momento? Muy optimista hay que ser para esperar que el bachillerato o la universidad vayan a multiplicar el número de estudiantes de aprendizaje alto. Y si bien siempre se puede prestar más atención a los mejores alumnos como han prescrito las leyes desde 1970, es más bien de temer que ni reduciendo la duración de las carreras vaya a aparecer a los 25 años una elite que las pruebas de PISA no han detectado de hecho a los quince años.

Con esta reducida elite, menguada por la baja natalidad y difícil de acrecer con medidas políticas, tenemos sin embargo la pretensión de ponernos al nivel de los países europeos que aspiran a ser la economía más competitiva del mundo basada en el conocimiento. ¿Cómo hacer compatibles tan altas aspiraciones con tan pobres recursos humanos? Podríamos inspirarnos en el fútbol, donde tenemos una selección nacional mediocre y equipos del más alto nivel. Podríamos reclutar a nuestros investigadores a todo lo largo del ancho mundo. Podríamos superar la tendencia al casticismo científico y abrir nuestras universidades y organismos de investigación a la inmigración de cerebros. El modelo no sólo parece funcionar bien en el fútbol.

Estados Unidos no tiene una elite autóctona mucho más potente que la española. Pero tienen la mejor ciencia porque atraen de todas partes a las mejores cabezas.

Más incluso que otras ramas de la producción, la investigación científica y técnica está hoy inserta en una división internacional del trabajo que penaliza las restricciones proteccionistas a la importación de mano de obra. Incluso si nuestros alumnos fueran los mejores, deberíamos fomentar la inmigración de talento. Probablemente los inmigrantes desbaratarían nuestras actuales estrategias de formación de personal. Habrá que acostumbrarse, aunque sea duro, a conceder a un desconocido la beca que pretende nuestro alumno más prometedor, a confiar a un forastero la plaza por cuya dotación tanto hemos luchado o a entregar a un extraño la dirección del laboratorio que con tanto esfuerzo hemos construido. Pero si queremos mejorar nuestra ciencia es tan importante invertir más como invertir mejor. Para gastar bien el dinero de los contribuyentes, tenemos la obligación de buscar a los mejores estén donde estén, y no sólo en casa.

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