A semejanza del principio cuántico según el cual toda observación modifica lo observado, también es cierto que todo sondeo modifica el resultado. En mayor o menor medida, en una dirección u otra, o en tantas que llegan a neutralizarse. Eso, nadie lo sabe ni lo sabrá jamás, porque este conocimiento produciría cambios impredecibles en lo ya conocido. De ahí que el hombre, por sesudo que se crea, sea un animal semi o pseudorracional. Lo que de veras nos singulariza, si a Sócrates osara corregir, es que nuestra especie es la única no inocente. El verbo nunca es inocente. Los números tampoco. De ahí las religiones, la moral, los medios, los sondeos.

No hay sondeo inocente. Ni lo hay que no cumpla las tres leyes siguientes. Primera, el efecto modificador en lo sondeado es directamente proporcional, no a la precisión de la observación, sino a la onda expansiva de su altavoz. Por lo que, enunciado, éste y los siguientes, en homenaje al querido Salvador Cardús, ya puedes mantener secreto un sondeo, que los publicados te lo van a cambiar. Segunda, cumpla o no cumpla, que en general incumple, los requisitos, los protocolos que convierten un sondeo electoral en científico o lo dejan en mera opinión disfrazada de objetividad numérica, no hay sondeador que no cocine sus datos con el objetivo primordial de satisfacer al cliente, o sea quien le paga. Si es un partido, trata de acercarle tanto como le es posible al orgasmo electoral (habiendo preparado una explicación que le deje como el mejor mago, por si en el recuento sobreviene impotencia o flaccidez). También de orientarle en la campaña, y de ahí que se vean, en caso de cumplir este objetivo, abocados a influir en el comportamiento del electorado en la medida en que la confirmación o variación de la campaña sea capaz de cambiar algunos votos. Pero si el cliente es un medio de comunicación, el gran objetivo del cocinero no es la verdad o el acierto, porque es consciente de no tener la menor idea del sentido, corrector o confirmador en exceso, en el que va influir la publicación de sus elucubraciones. No cuentan la verdad o el acierto, sino la satisfacción mediata del superego de quien lo encarga y publica. Al mismo tiempo, los porcentajes y escaños deben atribuirse de manera que sirvan de anuncio propagandístico, sólo en una burda media subliminal, de las preferencias de la dirección, o sea la empresa, o sea los consumidores del medio al que se trata de complacer.

Punto y aparte, la tercera ley que se me ocurre reza así: no hay modo de comprobar la exactitud de un sondeo, ya que junto a los demás y según las dos leyes anteriores, la foto fija del sondeo influye tanto si está bien enfocada como si presenta distorsiones de foco, igual las voluntarias como las involuntarias, que también las hay. Colofón, las tres leyes enunciadas tienen una única excepción, los sondeos a pie de urna. Son los únicos que no influyen en el resultado, pues se publican cuando se han cerrado los colegios. Son los únicos que no admiten otra corrección que el resultado, los únicos que se valoran por el gradiente del acierto. Por eso son los que más se aproximan, si bien yerran alguna vez, ya que la capacidad de engaño de los encuestados corre pareja con la insuficiencia de los datos que se manejan.

¿Qué pasa cuando quien encarga el sondeo, conociendo o intuyendo lo anterior, pide encarecidamente que acierte a la empresa de estudios sociológicos - pues de empresas se trata, y su finalidad es el lucro-? Es el caso, entre muy pocos, de La Vanguardia.Falta que los autores y cocineros del sondeo se lo crean, y aún así nunca es al 100%, máximo al 80%. ¿Cómo debe reaccionar el lector? Si le gusta el sondeo, confirmando su voto. Si no le gusta y no tiene voto confirmado, cambiándolo por la segunda opción. Pero teniendo en cuenta que el voto inteligente y calculador corre más riesgo de salir por la culata que el convencido.