La semana pasada contemplaba con asombro en uno de los especiales del domingo que reparten con el periódico, una muestra de cosméticos especiales para niñas de diez a quince años. A alguno de ellos se le mencionaba como el ideal para la primera cita. No tengo hijas, así que me sorprendió saber que nuestras niñas sean aleccionadas desde tan tierna infancia para perfeccionar su feminidad. O mejor, para que sostengan el patrón clásico de ella.
Al mismo tiempo algunas administraciones educativas no tienen reparo en entender que la oferta de ciertos centros de enseñanza, cuya base es la educación segregada por sexos, es subvencionable aun cuando la Constitución atribuya a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social.
El principio de igualdad está puesto en cuestión en todo tipo de sociedades, incluso en aquellas que nos denominamos democráticas. El origen social, la posición económica, la raza, la confesión religiosa- son parámetros sobre los cuales se construyen diferencias jerarquizadas que convierten en papel mojado el principio fundamental de que todos nacemos iguales. Pero, la discriminación por sexo añade a cada una de esas categorías un plus de deslegitimación. Pobres o ricas, blancas o negras, católicas o musulmanas, todas las mujeres sufrimos la sensación de haber nacido con el sexo equivocado cuando reclamamos el pleno goce de nuestros derechos.
Y como no sólo se trata de la igualdad ante la ley, que también; la tarea de desmontar las estructuras que mantienen la desigualdad ha de ser compartida por toda la sociedad. Que nuestras criaturas, niñas y niños, se relacionen desde el pleno convencimiento de que son seres humanos iguales nos exige una reflexión sobre las pequeñas (o grandes) cosas que desde la infancia nos empuja a diferenciarlos para pervivir unos roles que la historia nos desvela como el origen de la desigualdad.
Rosario F. Hevia. Magistrada.

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