Los focos de la atención mediática están totalmente centrados en las cuitas de Montilla y si será capaz o no de culminar la gran apuesta de su partido para consolidarse al frente de la Generalitat. Sólo hace falta echar un vistazo a lo que aparece en los periódicos o a lo que se oye en radio y televisión para comprobar que parece que todo gira en su relación con Maragall y la traumática salida de éste del primer plano de la actualidad. Con Artur Mas parece que no vaya la cosa. La tensión de este largo verano en la familia socialista le ha ido de perlas al dirigente de CiU para ir colocando su discurso y presentarse ante el electorado con una imagen seria y constructiva frente al ruido generado por el tripartito. El hombre ungido para ser el sucesor de Pujol se ha consolidado definitivamente en este papel gracias al protagonismo que generosamente le brindó Zapatero con su acuerdo en el Estatut. Ni su dilatada labor en cargos del Govern o en la oposición municipal barcelonesa, ni siquiera su triunfo en las elecciones del 2003 han supuesto tanto aval para su persona como la foto de la Moncloa. Hoy ya nadie le discute entre los suyos y si alguien tiene dudas sobre lo que piensan algunos de los principales empresarios del país, sólo habría que ver el aspecto y los comentarios que suscitó su presencia el lunes pasado en la conferencia que dictó en la Cambra de Comerç.

Ante el desconcierto que tienen algunos votantes socialistas por el cambio Maragall-Montilla y el interrogante que supone siempre la apuesta de una ERC que ya no puede ofrecer una nítida equidistancia, Mas tiene todo el viento de cara para lograr una clara victoria en las próximas elecciones. Así parecen pronosticarlo todas las encuestas, tanto las públicas - el racómetro de RAC1-, como las que tienen los partidos.

Lo peor para Mas es que, teniendo todos estos condicionantes a favor, no se puede permitir el más mínimo fallo. Esta vez no puede perder. Sólo en caso de que se reeditase el tripartito en unas condiciones muy forzadas tras una victoria nítida de CiU, Mas estaría en condiciones de exigir su continuidad al frente de la coalición con toda la fuerza moral del mundo. Ahora bien, una derrota clara le dejaría muy tocado. Mas parte de un mal resultado electoral en el 2003. Sin paliativos. La debacle socialista y el hecho de quedar cuatro escaños por encima del PSC le permitió que el resultado pasase más inadvertido. Sin embargo, cabe recordar que obtuvo 46 escaños, diez menos que el peor resultado logrado por Pujol desde el Gobierno. Salvo los 43 escaños de la primera legislatura en 1980, Pujol fue una máquina de éxitos: 72 en 1984; 69 en 1988; 70 en 1992; 60 en 1995 y los reseñados 56 en 1999.

Por tanto, Mas no puede permitirse otro resultado negativo de esta índole. La coalición ha aguantado bien en la oposición estos tres años y no se ha descompuesto por la mitad como pronosticaban sus rivales. Sin embargo, ahora llega realmente la hora de la verdad. Es difícil que CiU resista una nueva derrota y todos aquellos que han aguantado estoicamente dentro de la coalición la moda del relevo generacional romperán su silencio. Montilla se la juega el 1-N pero Mas aún se la juega más.

Los católicos también votan Montilla está lanzando toda clase de mensajes conciliadores a la Iglesia catalana. Lo primero que hizo tras ser nominado candidato fue visitar Poblet y lo primero que hizo tras dimitir de ministro fue ir a Montserrat. Aquí se descolgó con una defensa de la religión porque comporta "valores esenciales en nuestra sociedad, como la justicia social y la solidaridad". Debe ser casual que este acercamiento coincida con la peor época de relación entre CiU y la Iglesia catalana por la fuerte andanada que les propinó Jordi Pujol en Prada.

Nunca con Esquerra Los principales dirigentes del PSOE dan por hecho que Montilla no reeditará un pacto con Esquerra. "O gobierna en solitario o lo hace con CiU". Esta es la música que se lanza a los cuatro vientos por todos los rincones de España. La insistencia de este discurso parece más encaminada a hacer ver al PSC que el PSOE no aprobaría otro tripartito que no en estar verdaderamente convencidos de la voluntad de Montilla.

El PP y la inmigración El PP va a organizar durante esta precampaña unas jornadas en Barcelona dedicadas a la inmigración. No es casual. Piqué ha visto como la evolución de los socialistas en este tema - el hoy ministro Clos dijo que le hubiera gustado encerrarse en la iglesia del Pi- le puede reportar muchos votos en los barrios que se sienten más presionados por la cifra de inmigrantes.