La Coctelera

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19 Septiembre 2006

Lengua hablada y lengua escrita, de Miquel Siguan en La Vanguardia

La Vanguardia de hace unos días informaba de que en el vecino Marruecos está ocurriendo un cambio lingüístico importante. Todos sabemos que en Marruecos se habla el árabe, y ahora dejo de lado que una fracción importante de la población tiene como lengua habitual el bereber, para precisar que con el nombre de árabe se entienden tres lenguas, o tres variedades de una misma lengua, claramente distintas. Una es el árabe clásico, el árabe en que está escrito el Corán; otro es el árabe culto, la modernización del árabe clásico para adaptarlo a las necesidades de la vida moderna, lengua que se enseña en las escuelas y que utiliza la Administración y la mayoría de las publicaciones impresas, y habitual entre los niveles superiores o más instruidos de la población; no obstante, la mayoría de la población habla el árabe vulgar conocido como dialecto o como dariya.Yla novedad es que se está revalorizando el dariya,que empiezan a difundirse publicaciones en esta modalidad de lengua y que hay escritores que se interesan por utilizarla. ¿Hasta dónde llegará esta reivindicación de la forma popular de la lengua? ¿Ocurrirá algo parecido a lo ocurrido en Grecia hace un tiempo?

Cuando a finales del siglo XIX Grecia recuperó su independencia frente a los turcos, los griegos se encontraron con que tenían dos lenguas, la cataverousa,la lengua antigua que había conservado la Iglesia ortodoxa en sus ceremonias y sus textos, y la demotici,la lengua que había evolucionado a través de varios siglos sin enseñanza escolar sin textos escritos y que era una lengua exclusivamente oral. Con la independencia la cataverousa,la lengua culta, se convirtió en la lengua oficial, vehículo de todas las actividades administrativas y culturales y medio de expresión de las personas más instruidas mientras la demótica seguía siendo la lengua hablada por la mayoría de la población, Pronto sin embargo empezó un proceso de reivindicación de la lengua popular que acabó imponiéndose, y hoy la cataverousa es sólo un testimonio histórico.

A primera vista uno estaría tentado de pensar que en Marruecos ocurrirá algo parecido, pero es fácil advertir diferencias importantes. Mientras que la cataverousa no tenía apoyos externos, el árabe culto no sólo es la lengua de la cultura en Marruecos, sino que es también la lengua común en otros países de lengua árabe como Egipto. Y el árabe culto no sólo es la lengua de los productos culturales producidos allí, es también la lengua de las telenovelas. De manera que cualquiera que sea el éxito de la dariya es difícil imaginar que elimine al árabe culto.

Como nuestra situación lingüística es tan distinta de la actual de Marruecos o de la que vivió Grecia, el tema parece tener sólo un interés erudito, pero, de hecho, es una manifestación de un fenómeno más profundo y general y que nos afecta a todos, la progresiva revaloración de la lengua vulgar, o de la lengua viva si se prefiere, frente a la lengua culta, mucho más formalizada o, más profundamente todavía, la progresiva devaluación de la lengua escrita frente a la oral.

Desde la introducción de la escritura y más todavía desde la difusión de la imprenta, las normas de una lengua, su vocabulario y su gramática, son básicamente las normas de la lengua escrita y más exactamente de la lengua escrita tal como la han plasmado los grandes escritores. Este papel central de la escritura y su norma formó la base de la enseñanza de la lengua, y aun de la enseñanza en general; enseñar era en primer lugar, y en buena medida sigue siendo, enseñar a leer y a escribir. Este papel singular de la lengua escrita es lo que hoy vemos atacado desde diferentes vertientes.

La primera y la más antigua es que implica una concepción jerarquizada de la sociedad y que la lengua escrita, al menos en parte, implica convenciones gratuitas. Convenciones son por supuesto muchas reglas ortográficas, pero no sólo éstas. Hasta hace unos años no figuraban en los diccionarios palabras groseras y que no se pronunciaban entre personas educadas ni se escribían en los libros. Mas, en general, han sido los propios escritores los que han renunciado a ser ejemplos de lenguaje culto para reflejar el lenguaje real de la calle.

A esta corriente igualitaria se añadió el progreso técnico. La diferencia básica entre lenguaje oral y lenguaje escrito es que el lenguaje oral no llega más allá de donde llega la potencia de la voz ni se mantiene en cuanto deja de emitirse, mientras que el escrito puede alcanzar los confines del mundo y mantenerse indefinidamente. Edison inventando el teléfono y el disco fonográfico acabó con esta singularidad, hoy el lenguaje oral llega a todas partes y está mucho más presente que el escrito, la mayoría de nuestros conciudadanos pasan mucho más tiempo oyendo la radio o la televisión que conversando con sus conocidos o que leyendo, con lo que es el discurso radiado o televisivo lo que se convierte en modelo de lenguaje. A primera vista, la informática avanza en una dirección opuesta, nos facilita la comunicación escrita a distancia; sin embargo, es fácil advertir que la lengua escrita que utilizamos en nuestros mensajes tiende a desprenderse de las reglas de la escritura para acercarse al lenguaje oral.

Y añadamos todavía una cuarta razón. Mientras en las sociedades tradicionales la mayoría de los individuos vivía en ambientes monolingües o a lo sumo bilingües, hoy, cada vez más, hemos de movernos en contextos plurilingües y es evidente que si es relativamente fácil hacerse capaz de comunicar en varias lenguas, es muy difícil dominar las normas del lenguaje escrito en cada una de ellas.

Sería erróneo deducir de lo que vengo diciendo que en el futuro hablaremos lenguas sin normas; al revés, continúa siendo cierto que para comunicarnos hemos de compartir un mismo sistema de normas, pero en cambio sí que está cambiando el alcance y el significado de las normas. De lo cual se deduce que se acercan cambios importantes tanto en la manera de concebir las lenguas como en sus relaciones entre ellas y, por supuesto, en la manera de enseñarlas.

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