La novela Niños en el tiempo de Ian Mc-Ewan empieza como empezó la desgracia de los Kampusch. Kate, una niña, desaparece en un supermercado. Su padre es un exitoso escritor de libros infantiles, pero todas sus seguridades intelectuales y vitales, así como los vínculos con su esposa Julia, se van al traste tras la desaparición de la niña, secuestrada o asesinada. La búsqueda de Kate se convierte, a lo largo de la novela, en una revisión de la propia existencia; y aunque tiene un final poético, que expresa la voluntad de encarar el futuro con esperanza, transmite en el lector una vivencia muy precisa y profunda del vacío y la precariedad de la vida contemporánea.
¿Por qué el sufrimiento de Natascha, la niña vienesa que desapareció en 1998, tiene un poder de sugestión tan elevado en un mundo como el nuestro en el que mueren, ante el sofá televisivo, decenas de niños cada día a causa de las guerras y desgracias de todo tipo? Quizás porque expresa un temor casi atávico, que comparten todos los padres. "Cuando amas a alguien - dice McEwan- es inevitable vivir el miedo a perderlo. Y este miedo forma parte del amor y es a la vez su medida".
El miedo y las fantasías que lo alimentan: el pánico ante el dolor que podría sobrevenirle al niño bajo la tiranía de un secuestrador; a los golpes y heridas, a la violencia continuada y sádica; el pánico a imaginar su desvalido sufrimiento entre las obscenas y sucias manos de un adulto que puede torturar sin descanso, asesinar, esclavizar durante años como, en efecto, hizo con Natascha el solitario ingeniero austriaco Wolfgang Priklopil.
El impacto del caso no ha desembocado, de momento, en un relato de fantasías obscenas y terroríficas, ni en el morboso detalle de las tremendas crueldades sufridas. Más bien hemos descubierto algo sorprendente y paradójico: el retrato de una joven que regresa del otro lado del espejo de nuestros miedos mucho mejor que bastantes de nuestros queridos y sobreprotegidos niños. Natascha, en efecto, se ha comportado hasta el momento con una gran naturalidad, con una magnífica consistencia interior. Destilando un carácter sólido y sutil. Expresándose con envidiable talento lingüístico. Manifestando un control muy alto de la situación; un control que sorprende, no sólo atendiendo a su dura y excepcional experiencia de tantos años de esclavitud, sino incluso pensando en una joven de su misma edad y condición con una infancia normal, educada en una familia normal, asistiendo a un colegio normal y jugando con niños normales de una ciudad europea normal.
"Llámeme Kampusch", pidió al periodista que la entrevistaba, para trazar una frontera entre la intimidad personal y la súbita popularidad que, involuntariamente, ha obtenido al escaparse del angosto agujero en el que la metió el suicida Priklopil. No exhibe Natascha esta impúdica sed de fama que muestran tantos niños nuestros en los concursos televisivos, tantos jóvenes cantantes de tres al cuarto, tantos obscenos adolescentes que desnudan sus intimidades ante las cámaras del Diario de Patricia como quien orina sus sentimientos ante el público. No hay que fiarse de las apariencias, ciertamente, en el caso de Natascha. Quizás se trata un montaje, como sospechaba Vicent Sanchis, director del diario Avui en una tertulia de Antoni Bassas. Atrapada en las durísimas fauces de la avidez periodística mundial, la historia de Natascha puede acabar de mala manera. La presión de los medios, sumada a la que ha recibido desde la infancia por su secuestrador puede ser, ciertamente, explosiva. Resistible tan sólo por una personalidad gigantesca.
El extraordinario control de la situación que, de momento, muestra Natascha puede ocultar una extrema fragilidad. "No te extrañe que, pasado un tiempo, reaccione de manera descontrolada o que intente suicidarse", me comenta un psicólogo. ¿Cómo podría sorprendernos que el final de la pesadilla de una niña abra la puerta a otros sueños más insoportables para los adultos? Pero las primeras palabras de Natascha han coincidido con la inauguración del curso y nuevas y deprimentes noticias sobre el penoso estado de nuestro sistema educativo. Y, en este contexto, es difícil no maravillarse ante la precisión léxica de Natascha, que ha estado tantos años sin asistir a la escuela. ¿Cómo reprimir, por otra parte, la maravilla que produce la entereza y la resistencia de esta joven que regresa del infierno, si los maestros no cesan de comentar, desolados, que sólo una ínfima minoría de progenitores inculca a sus hijos los mecanismos imprescindibles para sobrevivir en la vida diaria gracias, por ejemplo, al esfuerzo y la resistencia ante la dificultad?
Florian Klenk, del Die Zeit,ha escrito una crónica insuperable sobre el caso Natascha. Búsquenlo en internet, merece la pena. Describe, por ejemplo, el barrio en el que ella nació: "Los chavales pasean con perros de pelea y se saludan el uno al otro con un ¡Adiós, hijo de puta!". Más tarde pregunta a las antiguas compañeras de colegio qué es lo que Natascha se ha perdido: "Tiendas de campaña en el Ziegelteich, fumar porros en los parkings, recorrer las discotecas de la zona, patinar por el viejo Danubio".

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