En los sueños parafederales del PSOE y del PSC, la aprobación del nuevo Estatut debía poner fin, congelar o suspender durante un cuarto de siglo (por lo menos) las reclamaciones nacionalistas catalanas. Si se piensa tal cosa, es que se desconoce la historia del catalanismo político y que se da por sentado que la gente confunde con sumo agrado la realidad con un texto legal. Zapatero creía erróneamente, cuando pactaba con Mas, que adquiría un seguro contra futuras demandas catalanas. Pero ni CiU ni nadie puede ofrecer este tipo de seguridad. Y pronto han saltado las alarmas. El tira y afloja tiene ahora como objeto la gestión del aeropuerto y la cifra de las inversiones en infraestructuras que debe hacer aquí el Gobierno central, de acuerdo con el porcentaje que Catalunya aporta al PIB español. Ha sido la Cambra de Comerç de Barcelona quien ha denunciado que Madrid invertirá menos de la mitad de lo previsto.

¿Quién esperaba un camino de rosas? Cuando algunos defendíamos el voto afirmativo en el referéndum ya advertimos que, al igual que ocurrió con el Estatut de 1979, todo dependería finalmente de la negociación con los gobiernos españoles de turno. Tarde o temprano, acabaríamos en eso que muchos dábamos por agotado en noviembre de 2003: "El peix al cove", el grifo, el regateo típico de Pujol. Ahora, a puertas de las elecciones, estamos en lo mismo. Y me viene a la sesera una teoría que atribuyen a Narcís Serra, según la cual el problema fundamental del PSC es no haber encontrado un papel original a la hora de relacionarse con el socialismo español, sobre todo cuando éste gobierna y se hincha. Esto lleva a los socialistas catalanes al desconcierto y al seguidismo obligado de CiU, ensayando una tarea para la cual los nacionalistas siempre serán preferidos en la Moncloa. Entonces, el PSC queda fuera de juego en el puente aéreo. Este esquema es el que favoreció a Mas en la negociación del Estatut.

Josep Pallach, el líder socialdemócrata que murió antes de las primeras elecciones y que parecía llamado a un papel estelar, tuvo el sueño de un socialismo catalán soberano y capaz de hablar de tú a tú con Madrid. Su objetivo era muy claro: "Conseguir la libertad de nuestro pueblo - escribió- y enderezar en un supremo esfuerzo la historia española que en mala hora se torció y que ha ido cayendo por las pendientes de la tristeza y el desastre".

Dentro de este noble propósito se esconde, quizás, el secreto para plantear de otro modo batallas como la del aeropuerto o las inversiones. Pero Montilla no coincidió precisamente con Pallach. En esto, el de Cornellà sí es clavado a Ma ragall.