Primero fue el borde de Medel. A finales de los años ochenta, mientras Barcelona era gobernada por los arquitectos, Madrid olía a brillantina. Mario Conde ya había dado la señal de asalto desde las almenas de Banesto y los chicos de la movida, glutamato ye-yé, todo va dabuten, se buscaban la vida en los garitos financieros. Tierno estaba muerto y a su sucesor, Juan Barranco, más conocido como Juanito Precipicio, la ciudad se le escapaba de las manos. Joaquín Leguina, presidente autónomo y novelista, teorizaba el crecimiento cero de la comunidad, mientras en los solares de Sanchinarro, Las Tablas, Carabanchel, El Cañaveral y los Berrocales ya germinaban las plusvalías. Como el lector puede suponer, duró poco el gran estratega. En fin, al califato de González se le comenzaban a arrugar las alfombras, cuando el concejal de tráfico Valentín Medel tuvo la idea de construir un bordillo en la calzada de Serrano.
Pretendía el socialista blindar el carril bus de un Madrid donde el tráfico era ya muy liberal, en la acepción más hispánica del término. Es decir, selvático. Era la calle Serrano un mal lugar para aquella prueba piloto, puesto que en ella moraba el diario ABC.El ABC de Anson, no el de ahora, que cada día repartía estopa y finos halagos en unas páginas de actualidad gráfica muy estudiadas. Allí triunfó Jordi Pujol como español del año.Allí nació el borde de Medel, motivo de jolgorio en todos los rellanos del barrio de Salamanca y coartada de una moción de censura que arrojó finalmente a Barranco por el precipicio. Desde entonces, Madrid está en manos de los liberales.
El borde de Medel, sin embargo, parece que no era una mala idea, puesto que el alcalde Ruiz-Gallardón la ha retomado en forma de tiburón. Unas piezas de plástico que se asemejan a la aleta de un escualo protegen ahora el carril bus, para mayor cabreo de los taxistas.
El borde fue motivo de chanza en círculos selectos de la Barcelona olímpica. Parecía un signo de atraso e incluso de barbarie; no el bordillo en sí, sino aquella forma de hablar. Aquel periodismo deslenguado. Entonces todo era muy fino y diseñado en Barcelona. Veinte años después, algunas cosas han cambiado: Madrid se ha acelerado sin pérdida de sarcasmos, y en Barcelona los lenguajes de la política y el periodismo, cada vez más entrelazados, se han endurecido (y más que se va a endurecer), sin alcanzar aún la cota ansoniana, esa picante desfachatez.
Para que ello ocurriese haría falta una sobredosis de Quevedo y una derrota aplastante de la tradición irónica catalana, de alguna manera conectada con Cervantes. No nos engañemos, el sarcasmo madrileño viene de antiguo. Además de confundir brusquedad con atraso, otro equívoco catalán consiste en atribuir al influjo falangista el lenguaje desvergonzado de una franja importante de la actual derecha. Es verdad que Sánchez Mazas y compañía eran de armas tomar, pero también ellos pasaron por Quevedo: "Yo te untaré mis obras con tocino, / porque no me las muerdas, Gongorilla,/ perro de los ingenios de Castilla".
El barroco, por tanto, sigue enmarcando la brega madrileña, que no española, aunque comienza a ser mucha la fatiga que provoca la higiénica distinción entre ambos conceptos. El PSOE pretende ser un barroco ligero, con volutas de Bernini y atractivos banners de internet, esas pastillas de colorines en las que el mensaje cambia muy rápidamente: hoy somos flexibles con la inmigración, mañana anunciamos deportaciones; ora defendemos a Gas Natural, campeón nacional, ora nos cuadramos ante la Wehrmacht, siempre imparable. Los partidos modernos han de ser líquidos, cuando no volátiles. El PP, por el contrario, está de un barroco espeso. El Gobierno no ha comenzado muy bien el curso, pero la oposición se halla atrapada por la terrible lucha entre los medios de comunicación
ARCHVO que le son más próximos. El momento es serio y la pelea es de gallos. Están en juego muchos intereses. Rajoy bascula porque el vencedor aún no está claro: un día reivindica la autonomía política del PP, como le pide ABC , el actual, no el de Anson; y el otro, da pábulo a la teoría conspirativa del 11-M de Acebes y Zaplana, pese a la sospecha de que alguna de las escandalosas revelaciones de los mineros que vendieron la dinamita pueden pueden haber sido realizadas por encargo. Circunstancia que traspasaría la barrera del sarcasmo y nos remitiría a una letrilla de Quevedo, que no fue un golfo, pero sí un pesimista que rozaba el nihilismo: "Que el que escribe sus razones / algo de razón se aleje / y que escribiendo se deje / la verdad entre renglones: / que por un par de doblones / canonice al delincuente".

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