Ningún país queda incólume ante grandes tragedias como la de 1973 en Chile y la de 2001 en Estados Unidos. La capacidad de recuperación depende de cómo cada nación procesó las enseñanzas de la catástrofe humana y política.

Escribo esta columna el 11 de setiembre. Mes simbólico para los latinoamericanos porque varios países celebran este mes el aniversario de su independencia.

Especialmente ese día lo es para los chilenos por el bombardeo del Palacio Presidencial, la muerte del presidente Allende y el inicio de la sangrienta dictadura militar encabezada por Pinochet. También esa fecha es clave para los Estado Unidos, porque se conmemora, y esta vez son emblemáticos cinco años, el ataque a las Torres Gemelas.

Las grandes alegrías y victorias de las sociedades y también sus grandes tragedias y derrotas permiten saltos hacia adelante o involuciones y retrocesos. No quedan los países incólumes ante ellas, algo les pasa que los transforma en buenos o malos sentidos. Siempre se aprende, pero no siempre se aprende bien.

Tomemos como ejemplo de un mal aprendizaje el realizado por los Estado Unidos después del 11 de setiembre de 2001. Se abrían en ese momento dos grandes posibilidades de reacción ante la injustificable y horrorosa agresión sufrida. Por un lado, hacer parte de la tragedia al resto del mundo en el reconocimiento implícito de que si esa agresión no tenía ninguna justificación, por muchos ella era vista como una reacción brutal y desmedida a las agresiones que el propio país norteamericano había infringido al resto de la humanidad y que, por lo tanto, era una tarea común enfrentar el ataque del que ahora se era víctima redimiendo sus propios crímenes históricos y errores.

Hubo un momento en el inicio que ello pareció vislumbrarse. Pero muy luego se impuso la segunda reacción posible, la de la bestia herida que opone unilateralmente a las armas del terrorismo su propia guerra, definiendo como enemigo no sólo a los agresores o a los que se supone agresores, sino a todo el que no se ubica en guerra religiosa contra los ejes del mal.

Así, se envenenó a los americanos con la idea de una venganza y se convirtió en enemigo potencial y a veces más que potencial a quien no se sumaba a su guerra incondicionalmente; se les mintió a los americanos y a todo el mundo sobre las armas en Irak y se violaron los acuerdos internacionales. Lo cierto es que se le declaró la guerra, real en algunos casos, metafóricamente en otros, a todo el mundo.

En relación a nosotros, América latina pasó a ser un mero elemento más en este nuevo posicionamiento frente al mundo usando la presión y el chantaje para obligar a los países a plegarse a la estrategia de la guerra contra los ejes del mal. La tragedia empobreció moralmente a la gran nación. ¿Qué más puede decirse del hecho de que haya reelegido al responsable de esta política que además busca la impunidad de los crímenes que se hayan cometido?

Si uno examina el aprendizaje hecho por las sociedades latinoamericanas de las dictaduras, autoritarismos o guerras civiles, que podemos simbolizar en el 11 de septiembre de 1973 en Chile, más allá de la brutalidad de estos eventos que tuvieron una larguísima duración en algunos casos, la reacción contra ellos, a veces lenta y dificultosa, ha ido mostrando un aprendizaje en gran parte positivo.

Las tragedias y derrotas fueron usadas en muchos casos para una profunda revisión de lo que habían sido las causas de lo ocurrido y para explorar las propias responsabilidades, sobre todo, para abandonar los proyectos que pudieran llevar a la violencia y para intentar construir sistemas políticos democráticos que permitieran la solución pacifica de los conflictos. A veces se produjo un sobre o contraaprendizaje ("no vayamos a volver a las crisis del pasado"), situaciones que se tradujeron en los retardos de la justicia, en la timidez y también ausencia de proyectos colectivos, especialmente en el plano económicosocial, en la no superación de herencias institucionales de la época que se quería dejar atrás. La mantención de amnistías o la simple falta de juicios por los crímenes y violaciones de derechos humanos, en algunos casos, la mantención de modelos económicos que acrecentaron la pobreza y la desigualdad a veces con mínimas reformas que no implicaran redistribución de la riqueza y el ingreso y otras veces sin siquiera ellas, o la vigencia de una Constitución heredada de la dictadura como en el caso chileno, son ilustraciones de estas fallas en el aprendizaje.

Más allá de las tragedias vividas, del mal que se hizo, a partir de ellos en general los países en su lucha contra ello y por superar sus causas y consecuencias parecen haber crecido moralmente. Pero manteniendo deudas importantes tanto con la historia como con algunos grandes sectores sociales. Y es esta deuda la que aflora en los últimos tiempos en América latina, y que se expresa no sólo en la caída de los actores políticos que quisieron mantener esa deuda, sino en la exigencia que ser les hace a los gobiernos progresistas y que apuntan en grueso a completar la tarea de justicia, reformar el modelo económico, especialmente en el papel del Estado y en la dimensión redistributiva, y reconstruir un sistema político que involucre la participación de la sociedad.

Y en los casos extremos ello significa repensar la nación y su proyecto en el contexto latinoamericano, tema insoslayable cada setiembre, desde el siglo XIX, desde 1973 y desde 2001.

Manuel Antonio Garretón. Sociólogo, docente Universidad de Chile.