Es imposible no advertir que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas desempeña un papel crucial en los asuntos internacionales.
Líbano, Irán, Darfur y Corea del Norte están presentes en la agenda del Consejo. En cada uno de esos lugares es mucho lo que está en juego, y el mundo entero aguarda las decisiones que puedan tomarse. Hasta el coro de críticos que proclama que la ONU no sirve para nada debe dar un respiro.
Al Consejo de Seguridad suele resultarle muy difícil tomar decisiones y supervisar su instrumentación, pero si no abordara esas tareas, ¿qué otro organismo lo haría?
La mayor parte del tiempo la atención se concentra en los cinco miembros permanentes con derecho a veto (China, Francia, Rusia, Gran Bretaña y los Estados Unidos), y así debe ser. Cada uno de ellos, nos guste o no, tiene la facultad constitucional de frustrar nuevas propuestas.
Se presta poca atención, en cambio, a los otros diez miembros no permanentes del Consejo, que cambian cada dos años y son reemplazados a razón de cinco por año. Su papel, sin embargo, es muy importante. Para que el Consejo de Seguridad apruebe una resolución, debe contar con el visto bueno de por lo menos nueve miembros, así como con el acuerdo (vale decir, la ausencia de veto) de los cinco miembros permanentes, o P5.
Durante dos años, entonces, un miembro no permanente del Consejo de Seguridad se convierte en algo más que uno de los 192 integrantes de la Asamblea General. Durante dos años los miembros no permanentes del Consejo tienen una responsabilidad poco común.
Por lo tanto, vale la pena, sobre todo dado que la elección de cinco nuevos miembros no permanentes se llevará a cabo a mediados de octubre, analizar si el sistema funciona tan bien como debería. Se trata de un debate que ninguno de los P5 traerá a colación, ya que destaca sus propios privilegios especiales. De todos modos, los demás tienen derecho a hacer preguntas sobre ese proceso solemne, en especial ahora, en momentos en que cada vez hay más indicios de que se violan las intenciones de la Carta de la ONU.
Dos ejemplos bastan. Consideremos la extravagante campaña mundial que orquesta Hugo Chávez, el presidente venezolano, para que su país obtenga un lugar en el Consejo de Seguridad en la próxima ronda de elecciones, una campaña que comprende visitas a países extranjeros, a las que suelen seguir subsidios y préstamos de Venezuela, así como acuerdos con ese país.
En ciertos sentidos, resulta gracioso. Es evidente que Chávez está decidido a desafiar lo que considera una "excesiva" hegemonía estadounidense en los asuntos mundiales, y que piensa que el Consejo de Seguridad es un foro más en el que articular sus posiciones antiestadounidenses radicalizadas. Por otra parte, la Casa Blanca y el Departamento de Estado parecen paralizados ante la campaña propagandística global de Venezuela.
En otro plano, sin embargo, la vehemente campaña de Chávez por la incorporación al Consejo de Seguridad resulta perturbadora ya que, lo sepa él o no, está en flagrante contradicción con el principal criterio por el que un país no permanente puede convertirse en miembro. El Artículo 23 de la Carta de la ONU establece con claridad que puede elegirse a cualquier país para integrar el Consejo de Seguridad, "atendiéndose con especial atención, en primera instancia, a la contribución de los Miembros de las Naciones Unidas al mantenimiento de la seguridad y la paz internacionales y a los demás propósitos de la Organización, así como a una distribución geográfica equitativa".
En otras palabras, dado que todos los miembros del Consejo de Seguridad votarán sobre asuntos de guerra y paz, todos ellos deben estar dispuestos a contribuir al mantenimiento de la paz. Los privilegios conllevan responsabilidades. También hay que destacar que ese criterio prima sobre el ideal de "distribución geográfica equitativa", que se convirtió en el mantra de los países en vías de desarrollo cuyos gobiernos no leyeron la carta.
¿En qué posición, entonces, se encuentran las aspiraciones de Venezuela en relación con esa condición de "primera instancia"? La mejor manera de responder esa importante pregunta es comparar las contribuciones que hizo Venezuela a las operaciones de paz de la ONU en los últimos diez años con los aportes de otros países que no forman parte de los P5: Australia, Brasil, Pakistán y Polonia.
En cada uno de los casos, según el Global Policy Forum, el número de efectivos aportados a las operaciones de paz de la ONU varió de un año a otro, pero el promedio de los totales mensuales en el período 1996-2006 es el siguiente: 597 efectivos australianos, 496 brasileños, 4.002 paquistaníes y 924 polacos. El total mensual de Venezuela, en cambio, es de un promedio de tres. En los últimos cuatro años, Venezuela no aportó ningún efectivo a las fuerzas de paz.
La conclusión es obvia. Chávez debería renunciar a su campaña hasta que su país demuestre que contribuye de manera significativa al mantenimiento de la seguridad y la paz internacionales.
Paul Kennedy. HISTORIADOR, UNIVERSIDAD DE YALE.
Copyright Clarín y Tribune Media Services, 2006. Traducción de Joaquín Ibarburu.

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