Han pasado treinta meses. Los cuerpos de seguridad y la justicia han dedicado dos años a indagar. Hubo una comisión de investigación parlamentaria en la que fueron interrogados todos cuantos tenían algo que decir. Se han redactado 1.600 folios de auto de procesamiento. Todo, para terminar leyendo ayer en La Vanguardia:"Rajoy avala la tesis de que el 11-M pudo hacerse por encargo de ETA". Y todo para que, pasado el tiempo, volvamos a estar como en aquella manifestación bajo la lluvia de Madrid preguntándonos: "¿Quién ha sido?".

Y en la respuesta vamos hacia atrás. Cuando se abrieron las urnas del 14 de marzo, nadie dudaba de la autoría islamista. Cuando se abrió la comisión del Congreso, Aznar, Acebes, Zaplana sólo se atrevieron a insinuar sus sospechas sobre ETA. Pero en los últimos meses, al tiempo que se cerraba la instrucción del juez Del Olmo, noticias y entrevistas con algunos de los principales procesados españoles, consiguieron instalar la duda en una parte (no sabemos cuánta) de la sociedad. Al mismo tiempo, el PP le ha perdido miedo al escenario y se ha lanzado al ataque en la misma línea. La semana que termina ha sido la peor.

El resultado es demoledor. El Gobierno ofrece la imagen de un equipo forzado a desmentir a delincuentes y, si no lo hace, le reprochan su silencio. Funcionarios policiales son señalados como agentes de la trama criminal, desleales al mando político y cómplices para manipular o hacer desaparecer indicios. La investigación judicial es sometida a descrédito. Con razón o sin ella, se pone en tela de juicio a las instituciones, desde las que se encargan de la seguridad del Estado a las que hacen informes para organismos internacionales.

De la repercusión de todo esto en la sociedad no tenemos sondeos solventes. Sin embargo, las conversaciones privadas transmiten algo no menos pernicioso: se busca la verdad por parámetros ideológicos. A mayor grado de conservadurismo, mayor creencia de que los islamistas no han estado solos, y Zapatero sería un gran falsario. A mayor simpatía socialista, todo es una gigantesca maniobra para lo que siempre se dijo: inhabilitar los resultados de las elecciones y presentar el atentado como una conspiración para cambiar un gobierno. Ésa es la palabra: conspiración. Ya ha vuelto a salir.

Todo esto, enriquecido ahora por una batalla entre medios informativos que se acusan mutuamente de manipulaciones, mentiras, servidumbres partidistas y oscuras intenciones, dibuja el perfil de una crisis que no hizo más que despuntar. El miércoles se llevó el asunto a la sesión de control del Congreso, y terminó con decepción: Eduardo Zaplana elevó las sombras y las sospechas a nivel institucional, y el ministro Rubalcaba dejó sin responder bastantes de los interrogantes planteados, como dando por hecho que una falsedad no tiene por qué calar en la gente. Se equivoca el señor ministro. La teoría conspirativa avanza. Los abogados de los procesados ya piden que se aplace el juicio. Confían en que el tiempo siga deteriorando la verdad oficial. Y lo único cierto es que un país, ningún país, puede vivir de forma indefinida bajo la sombra de conspiraciones. Y España está condenada a eso. Ésta es la última.

Blair y Aznar

¿Algún alto cargo español se atrevería a decir a Zapatero lo que le han dicho a Tony Blair en el Reino Unido? ¿Alguien le exigiría que pusiese fecha de retirada política? No es previsible. Pero esta dificultad del primer ministro le da, al final, la razón a la astucia de Aznar por no haber querido estar más de ocho años en la presidencia. Es que Aznar siempre tuvo una convicción: "Pasada la segunda legislatura, hasta los tuyos te pierden el respeto".

El callado

Un gobierno cercado por delincuentes. Pues no ocurre sólo con el 11-M. También Julen Madariaga le ha obligado al desmentido urgente de los contactos con ETA. Y aunque duela, el personal cree más al fundador de la banda que a un portavoz oficial. ¿Falta de crédito del poder? En parte. Pero también culpa de Jesús Eguiguren. Sólo él puede restablecer la verdad. Su silencio da credibilidad a los terroristas.

Las formas

La incansable Ana Pastor resucitó en el Congreso el más famoso desplante parlamentario. "Váyase, señor Caldera", le dijo al ministro de Trabajo ante el entusiasmo de su grupo. Naturalmente, Caldera no se fue. Lo más llamativo es que, a las tres horas del desafío, la misma Ana Pastor estaba en el Ministerio de Trabajo. ¿Y saben a quién visitó? A Jesús Caldera. ¿Y la recibió? Claro que la recibió para hablar de dependencia. Y la reunión fue cordial. La política...