CUANDO la Policía Metropolitana de Londres, en el primer tercio del XIX, se instaló en Scotland Yard, de donde tomaría su nombre, tenía serios problemas para albergar con la debida seguridad a los detenidos pendientes de su presentación ante el juez. Robert Peel, el creador de tan eficaz organización policial, buscó un sistema singular para remediar la situación. Contrató a unos cuantos pordioseros que, por unos pocos chelines, se prestaban a ser esposados por parejas con los delincuentes. Podrá parecer raro o anacrónico; pero el método, con ligeras variantes, sigue en plena vigencia. Los vuelos que fleta el Gobierno español para repatriar a Senegal algunos de los muchos inmigrantes ilegales que llegan a Canarias, sin recurrir a los menesterosos hambrientos del chelín, llevan parecido número de vigilantes que de vigilados. He visto, en el cine, aviones para el transporte de presos con más razonable proporción entre policías y conducidos. Incluso las felizmente olvidadas «cuerdas de presos», tan vivas en nuestra Historia y en nuestras letras, se permitían el lujo de que fueran más numerosos los encordados que sus alguaciles.
Creo que se está improvisando en demasía en el tratamiento del difícil problema migratorio. Improvisaron los redactores de las normas vigentes y lo hacen quienes ejercen la vigilancia o cargan con las pocas soluciones que se van abordando. Mientras tanto, y por ello, nuestras Islas Canarias se han convertido en un foco mundial, en la atracción de los desamparados dispuestos a cruzar los siete mares para arribar a un destino desde el que, tras el correspondiente tratamiento médico, serán trasladados a la Península y, con un papel que acredita que no tienen papeles (!), serán puestos en libertad. Ahí está como ejemplo el barco que, con más de doscientos hindúes y paquistaníes a bordo, arribó hace unas horas a Tenerife. Esto es Jauja y sería absurdo que los menesterosos de todas las procedencias no aprovecharan la circunstancia.
España es un país mucho más permeable en sus fronteras que a las ideas. Mejor sería al revés. Cuando yo era niño, y existía un Cuerpo de Carabineros, sólo los maquís conseguían pasar, como por su casa, por las fronteras con Portugal y Francia. Hoy, con mayores medios y con toda la legitimidad que no sustentaba a los perseguidores de los últimos y desfasados guerrilleros de la Guerra Civil, no debiera resultar tan difícil -imposible según parece- el blindaje de las fronteras y, en su caso, la respuesta adecuada a los que las violan. Quienes aspiran a ser españoles, que bienvenidos sean cuando llamen a la puerta, deben empezar por cumplir la legislación vigente. El arrastrado error de asumir las situaciones de hecho no es más que engrandecer el problema y provocar la llegada de más viajeros desesperados con más kilómetros recorridos desde su origen.

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