No es malo que, más de treinta años después de la muerte del dictador, los símbolos que en su día sembró por todos los rincones para recordarnos su omnipresencia desaparezcan. En este sentido, que de la antigua Universidad Laboral se quiten todos aquéllos que no tienen un sentido arquitectónico práctico parece, cuando menos, aconsejable, e incluso que se estudie la posible sustitución de los que sirven de apoyo a otros elementos sin poner en riesgo la integridad del monumental edificio.
Pero poco adelantamos eliminado los símbolos franquistas si toleramos que nos gobiernen con actitudes más propias de la dictadura que de la democracia en la que vivimos. Y actitudes antidemocráticas, casi franquistas, son frecuentes en nuestros políticos, en los que nos gobiernan y en los que esperan gobernarnos.
Cuando un partido en el Gobierno mueve los hilos para que un grupo de empresas que trabajan para ese Gobierno edite un libro como el de «Construyendo Asturias», está teniendo una actitud franquista, puramente antidemocrática, ya que se aprovecha de las circunstancias, del poder que el pueblo le dio temporalmente, para adoptar medidas que yendo en contra de sus propias leyes (la ley de publicidad institucional) le ponen en ventaja respecto a quienes, al cabo de unos pocos meses, competirán con él por un nuevo período de poder.
Cuando el máximo responsable de ese Gobierno dice que no hay nada extraño, que el único responsable de la edición es un particular (de Leganés, por cierto) que actuó por iniciativa propia, está uniendo a una actuación dictatorial un insulto a los ciudadanos, a los que tiene que considerar muy tontos para pensar que pueden creerse sus palabras. O los cree muy tontos, o le importa un comino lo que puedan pensar.
El desprecio al ciudadano era una actitud típica de la dictadura. En realidad, la historia de Areces está plagada de actitudes dictatoriales. A principios de los noventa, durante su segundo mandato en la Alcaldía de Gijón, los por entonces tres grupos de la oposición, Partido Popular, Unidad Gijonesa e Izquierda Unida, quisieron presentar una moción en el Pleno para tratar un tema relativo al Campo Valdés. Areces rechazó de plano la moción y, al ser advertido de que los tres grupos sumaban quince concejales frente a los doce del partido socialista, su respuesta fue rápida: «No importa. Eso son dos días de titulares en la prensa; al tercero ya se está hablando de otra cosa».
No se puede olvidar que Areces accedió a la Alcaldía de Gijón en la Universidad Laboral, en una asamblea que por su organización pasó a la historia como un ejemplo de lo que no debe ser una asamblea democrática, pese a lo que sólo fue capaz de ganar por catorce votos.
En la Universidad Laboral está montando Areces lo que fue el gran sueño de su vida, una televisión que pagada por todos sirva para rendirle pleitesía y consolidarle en el puesto en que tan a gusto se encuentra.
¿Quitar un yugo y unas flechas lava la imagen de aquella asamblea del 87?
¿Quitar unas pinturas con cuatro falangistas de los que ya no se acuerda nadie justifica el enorme gasto de la televisión autonómica y su presumible uso como arma publicitaria, no ya institucional, sino presidencialista?
En el Ayuntamiento de Gijón coleccionan desde hace tiempo sentencias en contra. Primero fueron las que declaraban ilegales unas contrataciones que se habían hecho por el sistema de concurso-oposición cuando la ley decía claramente que debían celebrarse como oposición. Unos cuantos sindicatos, cómplices de las oposiciones anuladas por los Tribunales, se atrevieron a decir: «"No es ético" impugnar en el Juzgado las ilegalidades en materia de contratación de personal cometidas por el gobierno local tras haberlas pactado con los propios sindicatos».
¿Querían decir que si una ilegalidad se pacta entre quienes manejan el cotarro ya es legal? Si esto es así, ésta es una actitud claramente antidemocrática.
De la aplicación de estas sentencias no se ha sabido nada. Tenía razón Areces cuando decía que una noticia dura tres días en la prensa y al cuarto se habla de otra cosa. Sería conveniente que los sindicatos implicados, sobre todo los que denunciaron los hechos y a quienes las sentencias dieron la razón, aclararan en qué quedó este tema. De no hacerlo, podemos pensar que se haya utilizado la fuerza de unas sentencias favorables para conseguir no ya lo que decían las sentencias, sino otras prebendas.
Más recientemente se han conocido unas sentencias judiciales a favor del Partido Popular por haberle rechazado la discusión en el Pleno de unas mociones. Según los responsables municipales, las sentencias en contra no tenían importancia, puesto que quienes las habían presentado ya no estaban en el Ayuntamiento, y además eran sobre temas menores. Es posible que las sentencias no tengan consecuencias prácticas, pero los Juzgados les están diciendo a quienes gobiernan nuestra ciudad que han tomado unas determinaciones que van en contra de la ley y que han impedido a la oposición expresarse en el Pleno. Eso sí tiene importancia y son dos actitudes dictatoriales en una, ya que por una parte se silencia a la oposición ilegalmente, y, por otra, cuando los Tribunales fallan en su contra se les ningunea.
Izquierda Unida, que ha contestado con dureza a las declaraciones en las que la consejera de Cultura decía que no se iban a retirar los símbolos franquistas para no mutilar el edificio de la Universidad Laboral, apoya, sin embargo, las actitudes antidemocráticas anteriores, al menos de forma implícita, ya que, pese a las broncas que mantienen de tarde en tarde, sustenta en el poder tanto al Gobierno autonómico como al local en Gijón. ¿Quiere esto decir que consideran más importantes los símbolos que las actitudes?
Del Partido Popular no merece la pena ni hablar; basta dar una vuelta por Oviedo o Villaviciosa, las dos ciudades más cercanas que gobiernan en la actualidad, para ver que a ellos los símbolos franquistas les parecen una parte entrañable del paisaje y basta leer por encima la prensa diaria para ver que sus actitudes van parejas con los símbolos que siembran sus calles.
Está bien que exijamos la retirada de los símbolos del franquismo, de todos los recuerdos de una época negra que, aunque nos parece muy lejana, quizá no lo esté tanto, pero sin olvidar que nuestros políticos han hecho de la democracia una herramienta a su medida, a su conveniencia, que se han instalado en el poder hasta hacer de un cargo electo una profesión, muy bien remunerada, por cierto. Estas actitudes son más importantes que los símbolos y las toleramos. Mientras nos peleamos por unas piedras más o menos, ellos se ríen.

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